domingo, 15 de mayo de 2016

Adiós

Bogotá D.C., 16 de mayo de 2016.


Hola, 

Aquí estoy, de nuevo, esperando que sea la última vez. Hay tantas cosas por contar, pero tan poco tiempo, que espero no aburrir con estas letras, escritas con prisa y como por azar.

Fue un tres de diciembre del año 2008 cuando concebí la idea de dejar plasmados en algún lugar los sentimientos y las situaciones, los "¿qué habría pasado si?" de mi existencia, pequeños fragmentos que quedaban en la mente, como trozos de cristal, a medida que trataba de alejarme del mundo, escondido entre libros, mientras me estrellaba con la realidad, por creer en ellos.

A partir de esa fecha di los primeros pasos en esa aventura de escribir, a la cual, quizás, no vuelva a tener acceso, por lo menos no con la misma intensidad, con el mismo sentimiento de aquellos días, en los que las letras se escribían solas, como si mis manos fueran instrumentos de alguna entidad superior a mi entendimiento. 

Después de esto, salieron a flote algunas notas, cuyas líneas ya no recuerdo, cuyas palabras, cuando las leo, me recuerdan vagamente momentos felices, las menos de las veces y momentos de nostalgia y melancolía que el día de hoy siento difusas, lejanas, como el paisaje que queda atrás cuando viajas. 

Fue de estas notas y de aquellos que conocí por el camino, que nació la idea de crear este espacio: un espacio para mí, para ti y para todos, donde las sensaciones cambiaran, donde la realidad, de alguna forma, se transformara para ser mía, para jugar con las palabras, con las historias, con el amor que alguna vez estuvo ahí y que, al mismo tiempo, nunca estuvo.

Ahora que miro hacia atrás, veo que fue un veintidós de noviembre, casi un año después, cuando esto empezó. Recuerdo levemente, sin mucha profundidad, que lo más difícil era, como ahora, elegir el nombre. Tenía que sonar sublime, original, tan extraño como yo mismo y como mis pensamientos. Tan interior y tan escape, que sólo encontré este título: Utopía experimental.

Tras mucho pensarlo, decidí que, a fin de cuentas, nadie saldría dañado de aquí, más que yo mismo... y así empezó.

En este momento, cuando veo el primer escrito aquí publicado, pienso en lo mucho que me engañé durante los últimos siete años, pensando que la inspiración dependía de mí: no es cierto, no para este espacio, no para ti, ni para los demás. Veo también, con orgullo, que tampoco erraba, al final sí, la inspiración depende de mí, para lo demás, para la vida, para mi desarrollo personal.

Los últimos años han sido, al igual que los otros, un constante aprendizaje. Debo decir que, como en aquella noche de diciembre de 2008, agradezco a todos aquellos que han estado ahí, en algún momento de mi vida, quienes han hecho su aporte para ella, y también para este lugar - sin lugar: la Utopía.

Cierto es que este espacio no fue precisamente el lugar de las cadenas de oro y el perfecto gobierno del que Moro habló. Pudiera decirse que son más las decepciones que aquí se encuentran, que las alegrías. Que todo cuanto hay aquí no es más que una cadena de frustraciones que, año tras año, han ido llenando lo que serán algunas páginas sin mayor valor literario, pero con gran valor sentimental. Sin embargo, aquí se encuentra una parte de mi vida, de mi creatividad, mi sentimiento y mi imaginación y eso hace que cada vez que vengo a buscar algo para tratar de entenderme, sienta siempre, tras esa locura y esa tristeza, una alegría inmensa y un orgullo, pues aquí están mis letras, mi forma de expresar todo aquello que está tras cada entrada, ese experimento de sentido, esa búsqueda propia que prometí al redactar el objetivo de este blog.

Hay aquí, por supuesto, muchas decepciones. La búsqueda de la palabra precisa, de la inmortalidad y también del público, de la belleza, de la precisión jamás lograda y de la verdad, una verdad, como todas, a medias, difuminada por el ansia de explotar, de dejar salir al mundo un sentimiento, una idea, un plan.

Tras todo este tiempo he descubierto que, a pesar de todo, este blog tiene nombre de mujer. Una mujer innombrable que inspiró muchas de todas las reflexiones que aquí constan. No quiere decir esto que sea sólo ella quien aquí está; hay otras tantas, más importantes, quizás, más amadas, más reales. Pero... por fortuna o infortunio, aquí está, en las más de ellas.

A medida que pasó el tiempo y las nonas, los idus y las calendas me han dejado, de alguna forma estuvo allí, ejerciendo influencia en los escritos, junto con Cortázar, Wilde y Bioy Casares; junto con Benedetti, Kundera y Pamuk. 

Así, cada escrito refleja una situación en torno al mundo y en torno a ella: un ideal formado tras años de soñar y esperar a que el amor llegara, sin salir a buscarlo. Esperando, como en muchos libros, a que llegue, como anillo al dedo, después de esperar. La verdad, por cierto, es que el destino, si está ahí, actúa de formas extrañas. El amor llega, pero no va solo, hay que trabajar y hacer mucho más.

Al final, quizás, espero poder ver su foto, dejando atrás todo lo que ha pasado, dejando tomar a las palabras su lugar en la historia, llegar a su verdad, sin que esa sensación incómoda de dolor e impotencia se apodere de mi estómago y mi pecho. Aspiro a poder volver a hablar, ya sin escapes, sin cartas narcisistas, como la que forma estas líneas, dejando el rencor atrás.

Entonces seremos libres, seré libre y lo que hay aquí podrá volar, ir a esa inmortalidad con la que soñaba mientras el corazón se me hacía trizas, o cuando recordaba esas salidas, esos momentos de alegría, de calma, de tranquilidad que formaron y ayudaron a formar cada uno de los relatos, cada una de las historias que forman la mía propia y que están en este blog.

Tal vez aún no esté listo para ese momento, pero soy consciente de que, a estas alturas del partido, hay cosas que deben dejarse ir. En este caso es la Utopía la que queda a la deriva, libre para estar ahí, hasta cuando quiera, hasta cuando pueda, hasta cuando deba estar. Es hora de empezar a vivir en la realidad y la mejor forma es dejar atrás ese pasado que pesaba cuando intentaba hacer algo más.

Gracias por todo.

Adiós.

viernes, 14 de agosto de 2015

Signos

Quizás era la forma en que lo miraba, o tal vez su sonrisa, escondida tras esa mirada impávida. Nunca lo sabría, pero estaba seguro de que había algo, de que existía una conexión que los unía más allá del sutil cruce de miradas.

Aunque trataba de evitarlo, no paraba de pensar en qué podría ser aquello que le generaba aquella sensación de extraña seguridad cada vez que se acercaban, cada vez que se encontraban. No podía describirlo, pero lo sentía de una forma tan fuerte que, tras cada roce involuntario, sentía cómo sus pieles se erizaban y, de alguna manera, sus almas se gritaban en silencio una necesidad indescriptible de tocarse, de permanecer juntas.

Sin embargo, había algo que siempre evitaba dar un paso más allá. Una inseguridad exagerada que lo cubría por completo tras cada declaración de amor entre líneas. Veía, impotente, cada palabra acomodada secretamente en cualquier cosa que le escuchaba. Comprendía la forma en que cada palabra era pronunciada, como si allí hubiese más de un mensaje. Buscaba un signo.

Así, iba pasando el tiempo. Pasando el tiempo iban los dos, cada vez que se encontraban. Pensaba en la necesidad de sentir el cálido tacto de su piel sobre la suya, sin saber cómo acercarse, con temor al fracaso, de volver a amar. Un ligero roce, tomar su mano... acercarme, acercarnos... Signos...

Seguía buscando signos, que se negaba a encontrar. Y siguió pasando el tiempo, el sol, la lluvia y... Un corazón delator, una pasión desenfrenada que los llevó al parque en medio de la lluvia. Como si la ciudad se extendiera con cada gota que caía, corrieron hasta esconderse bajo el primer árbol que encontraron y se sentaron a descansar. Qué hermosos sus ojos bajo la lluvia. Un abrazo tibio y el agua resbalando por sus pómulos, sus miradas fijas: El signo. Acto seguido, un beso tierno, una sonrisa, un hermoso guiño en sus ojos.

Signos, dijo ella. Signos, dijo él.

martes, 28 de julio de 2015

Encuentros con ella

Todas las veces sucede igual. De pronto, voy por la calle y la veo pasar, de casualidad, por allí, mostrando esa gran sonrisa tras unas gafas que de alguna extraña forma le siguen quedando bien. Veo brillar sus ojos y, lentamente, como quien no quiere la cosa, poso mi mirada sobre la suya, como quien va buscando lo que espera encontrar. 

Ella se acerca, con cada paso tan suyo como sólo podría ser, mientras yo, torpemente, procuro no caer al suelo, mientras intento, tímidamente, acercarme a su existencia, que, de alguna forma, irradia color al mundo gris.

Se dibuja su sonrisa y mis ojos, como dormidos, sólo la pueden contemplar; mi sonrisa, a medio esbozar, intenta mostrar torpemente la alegría que me colma cada vez que la veo cerca, pero a lo sumo se acerca a la calma que siento cuando, momentos después, me abraza y besa, con una ternura infinita.

Lo que pasa después, por supuesto, depende del lugar, de la situación, pero siempre es igual. Queda, como siempre, un ligero dejo de felicidad.

viernes, 24 de julio de 2015

Recesos

Ahora que me fijo con atención, aquí hubo un receso. Escribo esta palabra por no poner una más cruel o no poner una expresión más indignante, como bloqueo de escritor (si cabe la expresión) o falta de inspiración. Fue poco más de un año en que este pequeño cúmulo de fantasías, de "experimentos de sentido sobre decisiones pasadas" tuvo la posibilidad de estar, sin más, a la deriva. ¿Razones?, quizás desinterés, probablemente miedo. Miedo al cambio, temor de mí.

Claro, son sólo sueños. Pero son sueños que, en algún momento, se presentaron como una realidad, como ucronías despistadas provenientes de un ideal. Fantasías de un Pigmalión perdido por su Galatea durante más de cinco años. Sentimientos traicionados sobre palabras e imágenes mostradas con el ánimo de gritar en silencio una verdad que entonces no era capaz de vislumbrar.

Sueños que, tras la caída de la estatua de su pedestal, perdieron su sentido, quebraron las manos del escultor que se esconde tras sus historias, del traicionado que no quiere regresar.

Fue algo más de un año de un pequeño mundo a la deriva, sin su creador, sin su capitán... Despúes, la decepción. Con octubre se fue una carta que marcó la decisión de no continuar, pero el temor de cerrar, como quien guarda la esperanza, la "obra" que logró crear. Una esperanza de un regreso que ya no sucederá, una bitácora de recuerdos de la estatua en su pedestal. Galatea en metamorfosis, demasiado humana para ser verdad: vicios y defectos, mentiras, traiciones, ansiedad. Galatea definitivamente humana, sin posibilidad de regresar.

Un año y un tanto de andar sin rumbo, obra y autor, tratando de recordar qué motiva a un escritor, cómo se escribe y... lo más difícil, cómo volver a empezar, después de haber perdido el rumbo.

Después, una dosis de realidad. Galatea prostituida, una historia más para olvidar. 

Ahora, para terminar, Perséfone vuelta sombras, un cadáver putrefacto que viene el invierno a dejar. Una nueva oportunidad, tras un largo tiempo deambulando en la propia obscuridad.

Quizás, también es bueno, a veces, descansar.

viernes, 17 de julio de 2015

Perséfone

De pronto, el silencio retumba en mis oídos y no veo forma de escapar. Siento el frío invadiendo cada poro, y el olor de tierra mojada se mezcla con el gusto del vino que no termina de añejar. Dentro de mí, voces luchan desesperadamente por escapar, por salir y terminar con la presión de guardar aquel silencio mezclado con sangre y lágrimas, que sigue derramándose sobre la habitación en que solíamos estar.

Un ruido sordo me acompaña en cada paso; debo escapar, pero cada camino que encuentro se encuentra cercado por un guardián: un silencio; unas voces, culpables, que tratan de huir a un más allá; un silencio de sangre y lágrimas, un gusto a vino y el olor a tierra mojada, que se entrelazan y se unen en la más profunda oscuridad: el grito culpable del que debe callar. La muerte. 

Sigue allí, desvanecida, mientras evito pensar, ver su delgado cuerpo de mujer, saberme suyo por un momento de éxtasis que no se repetirá. Una calma insoportable se aproxima como niebla, mientras su figura se esfuma, lentamente, y se funde con esta oscuridad que pronto terminará por consumirme, por volverme ruido sordo y silencio, tierra mojada y vino; voces y silencio, sangre y lágrimas, las mismas que aún alcanzo a ver sobre su rostro cadavérico, sobre sus cuencas vacías, solitarias como quien la mira, como quien la amaba... Como yo, que ahora la pierdo, con cada palabra, con cada silencio.

Su cuerpo, ya putrefacto, se aliviana, se vuelve humo y tiene olor de almendras. No cabe duda de que se va, se pierde en la nada que quedó tras los acordes tristes del piano que alguna vez tocó. Apenas es posible entrever su silueta, que desaparece lentamente entre las palabras calladas de aquellas voces. Sangre y lágrimas se apagan, y gota a gota, crecen la oscuridad y el silencio.

Un negro profundo invade la habitación y ya no es posible verla. Sólo queda el vago recuerdo de su cuerpo desnudo y blanco sobre el piso. El olor a tierra y vino se ha desvanecido con la última de sus miradas tristes, vacías. No hay más ante mí que el fantasma de sus cuencas, su espalda desnuda y blanca. Y su silencio, jamás podré olvidar su silencio.

Aún debo escapar, pero ya no desespero. Una calma insoportable se ha apoderado de este espacio, que descansa como un cementerio. Un silencio apaciguado ha invadido mi cuerpo y sólo me recuesto. No hay más salidas ni parece haber algún escape. Las voces han callado y no queda nada más que esperar.

Entonces, ella vuelve.

viernes, 20 de marzo de 2015

La realidad: una historia más

No era algo personal, era sólo que allí no había nada más y... siempre debe haber algo. No lo percibió, sino mucho tiempo después, al descubrir que sólo estaban los dos y que, no por destino, sino por exclusión, la vida era una constante persecución. Unos días era cazador y... los siguientes, presa. Y así pasaban sus tardes de miradas alejadas y vacías, pensando en que lo que ayer era guerra, hoy se convertía en amor, enredado en un círculo vicioso y viciado de la monotonía de aquella realidad. Y, de alguna forma, tenía que terminar.

Después llegó el mundo. Apareció como una pequeña mancha de azul que se convirtió, para él en cielo, en mar. Y lentamente se dividieron dando lugar al blanco, al verde y también al rojo, cuyos conceptos también se desarrollaron a medida que veía pasar el tiempo y el constante y lento devenir de esa nada convertida en algo a la que llamaron mundo, que llamaron tierra, cielo, mar, fuego. Y con cada paso imperceptible de ese algo desarrollado nació la emoción, y la persecución fue para ella guerra y fue para él amor. Pero cambiaban y otras veces era pasión, era odio, era dolor.

Con cada acontecimiento nacían las palabras y, de las palabras, las ideas. Después las letras, las vidas, las muertes y la imaginación, que entraba desapercibida en su mente cada vez que veían que llegaban las personas y que él no las tenía, sólo las veía. Se alejaban. Se alejaban cuando trataba de acercarse y lo veían. Se iban con ella que estaba allí, creciendo con la idea de belleza, de representación, de mitología, de teología y de Dios. Empero, allí no hubo nada más.

Escenarios vacíos de vida, sólo objetos, autómatas humanos adornando el lugar. Sólo ellos dos allí, presa de sus cuerpos, de sus sentimientos y de la exclusión. Como agua y aceite, juntos pero no revueltos, sin forma alguna de escapar. La eternidad en su nada, siempre solos los dos.

Después de muchos mundos, de la vida, de las palabras... La realidad: Un hombre escribiendo su mundo en un blog. No hay nada más, salvo una imagen, una mujer, una historia más.

viernes, 13 de marzo de 2015

Nueva percepción

Hola de nuevo.

Quizás estas líneas sean poco coherentes con otras tantas que se han escrito, en el mismo sentido. Cuando todo va mal, sólo puede ser tristemente peor. Y así ha sido, hasta hace un par de años. Julio de 2013 será el punto que marque la ruptura entre lo que fui y lo que seré. Considéralo un presente.

Han pasado tantas cosas que estos meses caen como décadas en los que cada día del calendario se siente como una pequeña eternidad, llena de utopías y anacronismos en los que aún me siento a pensar cuando no hay más. Pareciera ayer que íbamos de la mano pensando en llevar una vida juntos, que jamás nos separaríamos y que, después de todo, siempre estaríamos allí, el uno para el otro.

La realidad es que el engaño de nuestros sentidos se torna cada vez más evidente, como tus detalles obscenos, tus simpatías absurdas y el conflicto de tener que tenerte al lado, como quien lleva su piedra en el zapato.

No había, entonces, mucho por decir(nos), desde el principio se vio el final y las líneas que un día fueran venas por las cuales fluía la sangre de tu inspiración se secaron para convertir mi escritura en arena y erosión. Mis palabras, un desierto sin oasis en que no había nada sino tú, una imagen idealizada de un pasado inexistente, aflorando entre las piedras de una única ocasión: una noche, una noche toda llena de murmullos y canciones repetidas que marcaban un final. ¿Coincidencias?, No, sólo la imposibilidad de lo inevitable: La vida, en su máximo esplendor.

Ahora... ahora eres una planta atada a tu lugar de nacimiento, echando raíces en el último rincón del mundo incivilizado del que provienes, como quien no tiene más qué hacer y decide quedarse en su estanque, a salvo del mundo exterior, perdiendo la perspectiva del horizonte.

Yo no soy un hombre libre, pero trato de hacer frente a mis cadenas. A lucirlas y a utilizarlas para atacar a quien me oprime. Unas veces mi pasado, otras tantas tú, como fantasma de aquel tiempo irrenunciable que alguna vez fui yo.

Ahora, camino bajo la mirada de las parcas, esperando la oportunidad para escapar y condenarme a la libertad de crecer, de ir a algún lugar en el que pueda ser, simple y plenamente por un tiempo, para después volver y echar raíces donde nunca nada crecerá, pero después de haber visto el mundo, estar en ese más allá.

Quizás no llegue con alhajas doradas, ni con riquezas. Pero habré cumplido un sueño más grande que mi sueño en vos: Por fin seré yo. 

Hola y adiós.

Hola, de nuevo.

Parece que, otra vez, estamos frente a frente. No quisiera decir que te extraño, pero... al parecer no hay otra forma de expresarlo: me haces falta.

Podría decir que ha pasado una eternidad desde la última vez que nos vimos, aunque realmente no haya sido tanto tiempo: uno, dos años, quizás. Pero has cambiado, he cambiado y ya nada podrá regresarnos a lo que éramos, aunque nada nos permita dejar que ser lo que somos.

Llevaba tanto tiempo esperando una comunicación tuya, que he perdido la esperanza de tener algún contacto y por eso te escribo. El trabajo no permite algo más que salir a caminar, bajo obligación, por un par de calles, siempre iguales; la ciudad pierde su encanto cuando se reduce a pocas cuadras y un reparto que nunca cambia: trajes grises, caras serias, mentes de concreto. Haces tanta falta que ya no salen las palabras y este no es más que un impulso desesperado en una noche de insomnio. Pero tu ausencia y mi silencio sólo confirman que no regresarás, que tendré que buscar razones y trabajar con asiduidad y perseverancia... No puedo negar que tengo miedo y, empero, aquí estamos, frente a frente, ¡Inspiración!

Siento un inmenso miedo al cambio, pero creo que no hay otra forma de continuar. He de seguir mis pasos y dejarte ser libre, sin más. Debo hacer mi camino más allá de tus dictados, tus susurros escondidos tras las gotas que caían sobre mi ventana, las lágrimas deslizándose por mis mejillas y la frustración de ser quien soy.

Considera estas líneas como un adiós.


miércoles, 11 de marzo de 2015

Una dosis de realidad

Utopía.
Regreso a la idolatría fantasmagórica
de tus ojos perdidos en otros ojos,
no los míos, no los del mundo;
los de un alguien que no será alguien,
alguien que sólo será, si algún día llega a ser.

Regreso a la tierra perdida del escape,
al tiempo de la sinrazón
y la ironía de ver
que no hay más por decir
y que no hay más por ver,
salvo lo esperado:
correr hacia la nada
esperando encontrarlo todo.

Regreso a la realidad,
de su ausencia, de su propia realidad
idealizada en instinto superfluo,
en arcaico sentimiento
de absurda tristeza,
de saber que no hay más,
si a eso se refiere.

De saber que todo sabe a mierda
y que no vale nada más soñar
ni decir.
Aún sentir es una farsa
para quien alguna vez pensó,
que salir sería la opción
para volver a estar ahí,
en el mundo de los sueños,
donde cada noche
dio a su amor un beso,
que jamás habrá de recibir.

Regreso.
Las parcas están sentadas,
están mirando,
pero no lo dejan ir.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Inocentada.

El amor entró por la ventana y dejó una nota que decía "pásala por inocente", pero era veintinueve de diciembre y ya no podía ser una broma.

lunes, 20 de mayo de 2013

Acercamiento al realismo, primer intento.

Aquel día simplemente dejó de moverse. Estaba muerto. La reacción de los parientes cercanos era tan extraña que, inluso, escuché aquella particular expresión que con los avances de la medicina creía obsoleta: "murió de repente". Los médicos dijeron que murió por causas naturales. También a mí me resultaba extraño, pero no pensaba en decirlo porque me seguían pagando para servir el café y un par de tragos de brandy con leche, para el frío. A medida que llegaba la gente la sala iba poniéndose a reventar, a duras penas podía pasar con la bandeja y distinguir algunos comentarios: "era tan joven", "¡pero si era todo bondad!", "¿qué será de su mujer?", "pasó a mejor vida" y tantos otros que suelen escucharse cuando hay difunto. Después de las despedidas acostumbradas y más de una lágrima falsa, la gente empezó a salir, dejando la sala medio vacía, primero y finalmente con la familia y los que quedábamos del servicio. Un hombre, vestido de pantalón café y una chaqueta de cuero negro, desteñida y gastada, con cara de pocos amigos se acercó, saludó a la familia y luego salió a fumarse un cigarrillo. Una mirada de sorpresa y miedo cubrió la sala, ahora vacía. La señora preguntaba a sus hijas y algún cuñado si le conocían, pero, por los gestos y la oscuridad de las miradas, evidentemente nadie sabía nada. Habiendo terminado mi labor, también salí. Allí estaba el hombre...

Al salir, me preguntó si conocía al patrón, tenía un acento extraño, parecía venezolano. Le contesté, como siempre que me lo preguntan, que era mi primer día de trabajo e hice algún comentario estúpido sobre lo triste de la situación. Al hombre le cayó en gracia, porque subió su cabeza y movió los labios haciendo asomar una sonrisa, mientras despedía una bocanada de humo que se perdía con la noche. Después me dijo que venía a pagar una deuda contraída días atrás con el señor, quién lo había sacado de un gran apuro, hacía exactamente una semana. Traté de recordar qué había sucedido aquella vez:

En la mañana había dicho que devolvería un par de libros en la biblioteca, ubicada en el centro de la ciudad. Desde la casa, la travesía demoraría, a lo sumo, cuarenta minutos, que más de una vez habíamos cronometrado. Debía volver a casa a medio día, por lo cual me encomendó tener la mesa lista para servir el almuerzo tan pronto como llegara. En vista de que ya eran más de la una, la señora de la casa me pidió hacerle una llamada, puesto que, decía ella, me hacía más caso a mi. Me dijo que se demoraría un poco, que por favor no nos preocupáramos y que mandara a pasar a la mesa a quienes estuvieran en la casa. Nadie se preocupó, de vez en cuando solía hacer eso, para salir a dar largos paseos o porque se encontraba con algún conocido e iban a tomar café, cuando no a empinar el codo.

No había pasado nada. El hombre me dijo que de todas formas saldaría su deuda, ya que el patrón tanto le había ayudado, que no podía dejar así las cosas, como si no le importara. Estuve al pendiente, entregó un cheque a la señora y comentó alguna cosa. Ella lo miró perpleja.

Al llegar a casa, escuché la conversación telefónica con el abogado. Decía que no recordaba que él le hubiese dicho algo sobre ayudar a un venezolano perdido en la ciudad. Menos aún que era a cobrar un premio de la lotería, pero que se lo comentaba para el caso en el que entrara como parte de la herencia, a lo cual siguió una pregunta sobre lo que es o debe ser una sociedad conyugal. Me causó curiosidad lo del venezolano...

Esa tarde, al llegar a casa, el patrón había mencionado algo sobre ayudar a un extranjero, que le pareció venezolano, dijo, por el acento. Me contó, porque su esposa no estaba interesada. "La señora no piensa sino en comprarme esas corbatas, después de llenar su arsenal de perfumes y bufandas que no piensa utilizar", decía. Así mismo relató que después de salir de la biblioteca había visto a un hombre pidiendo ayuda, seguramente para buscar una dirección, pero que nadie le prestaba atención, seguramente porque "no llevaba la mejor facha". 

"Como no llevaba más que la vida ente la billetera", siguió contando, "decidí preguntarle qué necesitaba. Resulta que buscaba una oficina de abogados de no muy buen prestigio, como me enteré después". Decía que había comprado "una tombolita de la semanal que hacen aquí en la capital", que su patrón le había enviado supuestamente sus documentos a la asociación venezolana aquí en la capital y que le había ofrecido "treinta milloncitos riales nacionales por el lotecito", pero que la secretaria le había dicho que fuese con los abogados y les pagase cuatro millones para que lo demandara, porque esa valía muchísimo más.

Al ver mi cara de desconcierto el patrón prosiguió su historia explicándome que se refería a una fracción de la lotería que había jugado el día anterior y que, para que pueda ser cobrado, han de presentarse los documentos, razón por la cual, para él, debía demandarse al patrono por la retención de aquéllos.

"Después de eso me pidió el favor de que le preguntara a algún transeúnte si sabía dónde quedaba la famosa oficina, pero se me adelantó, porque él mismo le fue diciendo a una señora que pasaba por allí, si conocía el lugar, a lo cual la señora replicó comentando la dirección en que se encontraba. Luego me dijo a mí que, si tenía algo de tiempo, les acompañara. No tuve problema en hacerlo. Sin embargo, cuando estábamos a unas cuadras de distancia, la señora me hizo caer en cuenta de que no era necesario ir hasta allá, puesto que el premio podía cobrarlo otra persona. Dijo ella, si tienes tiempo, entonces vamos los dos y le colaboramos. Con algo de desconfianza, acepté, finalmente no llevaba plata y, con la pinta que llevaba, difícilmente pensarían que la tenia. Entonces nos pusimos en marcha, no sin antes decirle al señor que este tipo de premios habían de cobrarse en el edificio de la beneficencia de la lotería Capital. El señor ofreció darnos dinero, pero ninguno de los dos aceptó. Yo sentía mucha desconfianza de la señora, puesto que me parecía demasiado amable como para alguien que vive y conoce el centro de la ciudad. En cambio, el señor me parecía, quizás demasiado ingenuo, tal vez por habernos contado que llevaba los cuatro millones de pesos consigo y en efectivo, además de tratar de ofrecernos dinero cada vez que quería saber algo".

Al terminarse la conversación, la señora me llamó y me preguntó si había algo que me hubiese comentado su esposo con relación a un venezolano. Respondí que la semana pasada algo me había comentado, pero que no tenía la mayor importancia, puesto que simplemente había sido un acto de buena voluntad con alguien que estaba en problemas (palabras éstas que aprendí al pie de la letra, tras la conversación con el patrón aquella tarde...). Ella me pidió contarle qué había sucedido y, como no tenía ningún problema con ello, decidí eliminar los detalles que podrían asustarla.

"Al llegar al edificio de la lotería Capital, me entró algo de miedo, porque el billete de lotería podía ser falso. Habíamos llegado al acuerdo de guardar silencio, claramente, acerca de la tenencia del dinero y la fracción de la lotería, mientras no estuviésemos seguros de hablar de ello. Le habíamos pedido al señor que nos dijese a quién se lo había comprado, en caso de que preguntaran, pero en ningún momento se nos ocurrió pedir una gota de hipoclorito, para verificar si era o no falso. El caso es que debía yo presentarme como el ganador del premio, para así poderlo cobrar y luego usaríamos la cuenta de la señora para guardar el dinero, mientras se solucionaba la situación del hombre. Esto no me generaba confianza, pero era preferible a que después me llamaran de Impuestos para hacerme una auditoría.

Al entrar, claramente, me pidieron los papeles, luego verificaron el billete y me entregaron el premio. Fuimos escoltados hasta el banco, donde se depositó y el venezolano nos dijo que nos habría de dar parte a cada uno, por el gran favor que le habíamos hecho. A mí no me importaba, me bastaba con haber ayudado, además de que no me gusta el dinero regalado. La cosa es que él se empecinó en que teníamos una deuda y que, tan pronto como se normalizara la situación, me buscaría para pagarme. Sólo se quedó con mi nombre y creo que no va a aparecer".

Tras haber escuchado la historia, la señora preguntó si no sabía algo más sobre el tema. La verdad era que el patrón vivía muy despreocupado, sobre todo en ese tipo de cosas y del tema no se volvió a hablar. Sin embargo lo había visto algo preocupado...

Tras unos días y algunas visitas del abogado, se dijo que no había problema con aquél dinero, que la historia concordaba con lo que el patrón me había dicho y que, como parte de la herencia que me correspondía, de acuerdo con lo que le había comentado repetidas veces, me darían el dinero que dejó el venezolano. 

Poca cosa me correspondió, más le valía no volver a aparecer al maldito venezolano; bastante problema fue hacer parecer al billete como verdadero. Ya tendría tiempo para cobrarle...

lunes, 29 de abril de 2013

Tratando a la sombra roja, de Alejandra Pizarnik



TRATANDO A LA SOMBRA ROJA

su soledad maúlla
ceros y ceros
vertiente de olores ingenuos
retina ante desconocido
las brisas sonantes
retornan picando
su ser de sonrisas
y dientes abiertos
reír en la noche soleada
del vigoroso participio




A setenta y siete años del nacimiento de Alejandra Pizarnik, su poesía maullando, riendo en la noche soleada del vigoroso principio de su aquiescencia acabada por el miedo de otras voces, sus voces inmortales escondidas tras los trozos de infinito de sus pupilas pulverizadas de tanto mirar la rosa; su alma esperando a que ella y la que fue se encuentren sentadas en el umbral de su mirada...

"explicar con palabras de este mundo 
que partió de mí un barco llevándome"

martes, 16 de abril de 2013

Final e inicio


También un final puede convertirse en un inicio. Mientras veía cómo te alejabas, quizás para siempre, levanté la cabeza para ver el cielo azul que ahora se me escapaba de las manos, que se teñía del gris de la tormenta que se acercaba a mí, tras cada paso que andabas. Llegó un punto en el que apenas distinguía tu silueta y, tratando de aferrarme a algún recuerdo, me daba cuenta de cómo te borrabas con las gotas que caían sobre mi cabeza. Después lloré.

Quizás, pensé, debía correr hacia ti, esperando a que sucediera el milagro de que me amaras; pero decidí partir, no había más por hacer, jamás volveríamos a ser. Cada recuerdo frenaba mi caminar, pero debía seguir andando, tal vez hasta encontrarme, quizás hasta olvidarme de ti.

Así, pasé por las calles viendo la forma en que cambia la arquitectura de la ciudad, pasé de las casas republicanas del siglo XIX a los edificios empresariales y a las casas adaptadas como universidades, hasta desembocar en un montón de casas, pobremente construidas, con terrazas, que alcanzan la altura de tres o cuatro pisos.

Tras andar algunos pasos más, llegué al límite marcado por la autopista, plagada de automóviles saliendo de la ciudad, y vi la interminable fila de autobuses recogiendo a las personas que cada fin de semana salen de la ciudad. ¡Qué sorpresa!, allí estabas... Otra vez.

jueves, 7 de marzo de 2013

Recuerdos



Recuerdos de momentos
que nunca existieron
Que jamás volverán.
De caminos encontrados
Y mentiras que mueren
Disfrazadas de verdad.

Días de lluvia
En que cruzábamos
Los parques de la mano
Fingiendo que nos amábamos
Hasta la eternidad.

Abrazos encontrados
Entre las sábanas
De la alcoba invernal,
Noches de desvelo,
De gritos controlados
En besos callados,
Espaldas arqueadas,
Copas de vino,
Lujuria y vanidad.

Amaneceres rojos
De tanto amar, buscando,
Entre las sábanas muertas
Del cénit infernal
La cima de volcanes
a punto de estallar,
el céfiro de un beso
cansado de avanzar
a la profunda nada
del canto celestial.

El tiempo detenido
Cansado de anidar
A la espera de la parca
Sentada en su telar
Se acerca cual serpiente
Dispuesta a terminar
Lo que hoy y en esta tarde
Cual pecado juzgarán.

Recuerdos, oh, recuerdos
Que más nunca volverán

Tengo la mente cansada
De tanto recordar,
Momentos que nunca fueron
Pero no regresarán.

Recuerdos, recuerdos
Que nunca jamás serán.

martes, 12 de febrero de 2013

Poema estancado.

Hoy no estoy para escribir
es uno de esos días en que
las palabras no fluyen, se estancan...
pero...
cuando se estancan
algo pasa
allá, muy adentro
en el fondo de mi estómago
surgen imágenes
surreales
sobre cosas que no pasarán
cosas que ya pasaron
aquellas sobre las que no quiero volver a pensar.

Puede que no esté para escribir
pero siempre estoy para imaginar,
para llenar mil páginas
de falsos recuerdos
de pútridas fantasías
en las que pasamos brindando
por caminos oscuros
con vino barato.
Tú tomándome la mano
arrastrándome a la felicidad,
yo resistiéndome con una sonrisa,
pero dejándome llevar.

Quizás no sea más que un sueño
pero siento que salgo a volar
me libero de la presión
de tener que soportarme
otro momento,
que no necesito nada
nada más que esa maldita sensación
de mariposas en el estómago
y tus ojos mirándome ciegamente
hasta que sienta que vayan a explotar
de tanto mirarme
de calarme tan hondo tus pupilas
que no quede
sino esa parte de mí que eres tú
que es una luz reflejada
sobre tus ojos, pintados de azul.

 Mil palabras sin sentido
convertidas en estrellas,
en amores divididos
por el sexo y la traición,
tradiciones encontradas
en besos muertos,
una canción desesperada
y veinte poemas de amor.
El insomnio de mis noches
reflejado en las páginas
de tus noches de pasión,
en la soledad de un libro
olvidado en los estantes
del sexo de una noche
y una botella de ron.

Hoy no estoy para escritura
que se mueran mis palabras
si hay dos besos tuyos
con lengua y efusión.

jueves, 24 de enero de 2013

El fin de la inspiración

¿Sabes?, en esa época escribíamos impulsados por el temor de que descubrieran lo que significaba aquello que expresaban nuestras palabras, no por dinero o fama, lo hacíamos por ese impulso secreto y atractivo que tiene el misterio, lo prohibido... Nadie debía saber lo que sentíamos y nuestra lucha era por llegar a los que se sintieran como nosotros, pasando desapercibidos. En aquel entonces escribíamos por necesidad, no por placer.

Es una lástima que de repente todo se acabe, ella volvió, tras tanto tiempo en el extranjero y con ella los besos y las caricias, las noches alocadas, los bares caros y los tragos baratos de una barra libre en la mitad de la noche. Las conversaciones perdieron su significado y... bueno, ya no tuve que pensar en escribir, no lo necesitaba. Tristemente fue la época más feliz de mi vida, aunque también la más deprimente: no podía hilar una miserable frase porque vivía a plenitud, pero eso me causaba descontento. A lo sumo hice un par de sonetos que han de estar en algún lugar de su cuarto.

Recuerdo bien que no eran así las cosas cuando se fue. En aquel entonces estábamos aún soñando, jurándonos lealtad eterna y amor romántico, leyendo versos de Goethe y Benedetti; ella era Laura y yo Santomé. No importaba nada, todo era hermoso, hasta la distancia, que se mostraba como una prueba del destino para lo que sería un amor de novela. Nos dolía saber que nos alejábamos. Su mirada triste me conmovía hasta las lágrimas. Pero habríamos de salir avantes y era lo más importante.

Allá iba Laura, la que admiraba mi simple coraje de quererla...

Cada noche, abríamos el chat para contarnos las historias cotidianas y las estúpidas observaciones que teníamos durante el día, jugábamos a armar juegos de palabras con lo que el otro decía y también nos enviábamos fotos de alguna reunión, de alguien nuevo en la familia, de lo que pasaba y de lo que no... siempre jugando a mostrar una sonrisa disfrazada de las palabras más hermosas de nuestros diccionarios... o eso creía...

Cada noche iba a dormir dejándole un poema, una carta, un cuento, un par de palabras que salían de lo más profundo de mi corazón-cerebro para hacerla feliz. Pero la distancia empezaba a matarme, extrañaba sus besos, su mirada brillante, su mano sobre mi cabello. No era lo mismo sentir el viento si no estaba a mi lado.

Intenté comentarlo con mis padres, pero decían que al sentirme así actuaba con egoísmo, que debía dejar que las cosas corrieran por su cauce natural y que lo mejor era que esperara; reprochaban mi actitud, despreciaban mi soledad. Entonces empecé a escribir, no sólo a escribirte, sino a hacerlo para mí, para calmar mi necesidad: para desahogarme y lograr algo de tranquilidad. Para poder dormir sin ti.

Veía que cada cosa que escribía era bella y lo empecé a mostrar. Mis amigos me alentaban a crear más, sentía que las palabras salían como si una voz me las dictara. Aparecían como imágenes, o como susurros en mi oído derecho; mis manos se deslizaban solas por el teclado y era yo el instrumento de alguna divina voluntad, de la que salían cuentos, poesías, escenas o frases ligeramente ingeniosas. De repente no importaba nada más... por eso comencé a mostrarme.

Aunque la seguía extrañando, había hallado alegría en mi soledad. Había hecho de mi tristeza un remedio eficaz, una forma de vida, una artimaña contra la soledad, contra la desdicha de saber que pasaría tiempo antes de volvernos a encontrar. Publicaron algunas de mis cosas en revistas de estudiantes, en periódicos culturales y en un par de publicaciones especializadas, las personas empezaban a reconocerme...

Luego ella volvió. Nos vimos en el aeropuerto. Había tanta gente que apenas vi lo cambiada que estaba: llevaba un peinado nuevo. Tras una semana de silencio me escribió, me invitó a verle. Nos encontramos en un bar. Había cambiado tanto que apenas recordaba cómo era; me costaba pensar que era la misma persona que se había despedido llorando, jurando que jamás me dejaría de amar...

Terminamos, dijo que la relación a distancia había sido un completo fracaso, que había conocido a otros, que quería explorar y explorarse, conocer sus límites, tener nuevas experiencias, pero que jamás me iba a olvidar (claro que no lo dijo con esas palabras, como muchas, ocultó su verdad y dejó lo nuestro diciendo que seguiríamos siendo amigos, que si necesitaba algo no dudara en avisar...). A esto siguió un nuevo período de melancolía, nostalgia  y soledad. Era tal mi tristeza que quería dejar de soñar, dejé de vivir por un tiempo, me alejé de la ciudad y comencé a divagar. Cada noche me sentaba en la escalera de la casa a pensar en lo que había hecho mal y de cada reproche una historia empezaba a estructurar. Así fue como llegué a escribir todos los días, sin parar. Había noches en que pasaba en vela, días en que no comía, en que dejaba de trabajar por exorcizar todo el dolor que sentía. Fueron historias que perdurarán.

Después de un tiempo volvimos, aún no sé cómo y a veces me pregunto el por qué. Evidentemente no fue lo que yo esperaba. Todavía soñaba con esas tardes saliendo a pasear, con las películas en casa y con las cartas bajo la puerta contándonos los sueños. Pero para ella no había más que fiestas, comidas caras y desabridas, y un sexo tan malo que dejaba sin ganas de más. Se notaba que ya no existía un ambiente propicio entre los dos. No hubo más poesía para ella, ni palabras dulces... 

Mi mediocre felicidad fue el desencadenante de la más profunda depresión en que había estado sumido a lo largo de tanto tiempo: dejé de escribir y moría por ello. Luego de volver a terminar, intenté regresar a ese inicio, a tomarla de inspiración para mis personajes, a sacar de mí todo lo peor para hacer lo mejor de mi escritura, pero no funcionó, era como si con ella se hubiese ido todo el deseo o la inspiración. Como si no hubiese algo para contar... Cabe añadir que, tras todo ese tiempo, logré darme a conocer entre algunas personas, sabían lo que escribía y les gustaba; incluso a mis padres les terminó por agradar. Así que tampoco tenía algo para ocultar.

Tras estos acontecimiento mi prosa decayó, empecé a vagar buscando el aroma prohibido de la inspiración; que pensé encontrar en mi miseria y buscándola dejé atrás todo lo que me rodeaba. Pensando en que me veía influido por los autores que leía dejé de leer, creyendo encontrar en la naturaleza las palabras para describir y describirme... grave error.

Después me encontraron, pero estoy seguro de que los busqué y me dejaron acá, en medio de estos jardines con gente que grita y que sabe más de la vida que yo. Trato de aprender de lo que escucho. Lo único malo son tantos antidepresivos y esas pastillas recubiertas de plástico duro y con líquido por dentro, ácido valproico, que por su tamaño se hacen difíciles de tragar...

¿Sabes?, cuando no sufro del dolor en el estómago, o el causado por el estreñimiento, temblor en las manos o una forzada y anestesiada indiferencia frente a todo, completamente racional, trato de volverme a encontrar, quizás así logre escribir, una vez más.

sábado, 19 de enero de 2013

Te vas

Te vas
Te vas y yo me quedo
con un puñado de sentimientos
atorados en la tráquea,
formando un nudo gordiano
que tergiversa mis palabras.

Sigo tus pasos con la mirada
conservo el sabor de tus labios en el alma
y me entrego al sinsabor de la vida cotidiana:
gente paseando perros
preguntas vanas
y una lágrima que se esconde en el silencio,
que yace bajo las sábanas.

Mil dríades inmortales
que hieren con sus espinas,
que taponan y desgarran
lo que resta de mis días.
Un sueño eterno y roto
¡Oh!, sutil melancolía,
nostalgia inmunda
herejía de sentimientos
que, contradictorios, se terminan...
Unos pasos que se alejan
una eternidad vencida.

Te vas
Te vas y... sin remedio
me quedo en el comienzo
de un camino sin andar.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Encuentro


Después de tanto tiempo se habían reencontrado. Al parecer seguían siendo los niños tímidos y orgullosos que se vieron muchos años antes en aquel hermoso y recóndito lugar. Estaba en las afueras de un café del centro de la ciudad, lugar preferido por él para los encuentros; vestía un gabán marrón, zapatos negros, algo desgastados, pantalón negro sin planchar y con el cabello sucio, fumaba un cigarrillo; ella, corriendo para no perder la cita, de jeans, chaqueta de cuero y tenis blancos, algo sucios.

Hacía un sol de cuatro de la tarde, la luna se asomaba por entre las nubes. El cielo, azul, estaba calmo, para perderse mirando hacia arriba. Ella se acercó algo agitada, a duras penas saludó y permaneció en silencio, tomó aire y simplemente se quedó allí, sin decir palabra, mientras él terminaba el cigarrillo. Él, sin saber qué hacer, pensaba en las palabras precisas, aprovechando el lapso de tiempo en el que cae la colilla al suelo y la apaga con el pie. Pasados unos segundos la saludó. Ella devolvió el saludo y, más calmada, le preguntó cómo estaba, a lo cual él respondió que se encontraba bien, para después devolver la pregunta. Bien, respondió. Hubo otro silencio, que fue interrumpido por su invitación a entrar al café.

Una vez adentro tomaron cappuccino, él porque gustaba de la costumbre, ella porque gustaba de su sabor. Hubo otro silencio, él intentaba acercarse a su mirada, mientras ella la bajaba y se ruborizaba. Intentaron mantener algún tipo de conversación, los temas no afloraban, las palabras quedaban como suspendidas en el aire y el viento las llevaba a otro lugar. La conversación se tornaba agonizante, cuando ella preguntó si tenía algo para contar. Él respondió: "hay tantas cosas y tan poco tiempo...". Algo ocurrió, pareciera que en la memoria un fantasma despertara y viajara hasta sus ojos para limpiar el polvo de sus iris y estos empezaran a brillar. En la mente de ella aparecían esos recuerdos de la conversaciones y las cartas que le mandaba, esa forma tan particular para expresarse, tan precisa y anacrónica, esa en la que nunca dejó de pensar. Cuéntame, dijo. Él, sin prisa, pero sin pausa, eligió como inicio algunas de sus anécdotas más recientes, sin escatimar en detalles, refirió todo su recorrido desde la última vez que habían hablado hasta el momento en que notó que ella bajaba la mirada y tornaba el ambiente melancólico y nostálgico de la ciudad en un silencio hermoso, como de campo, cosa que le recordaba, mencionó, el día en que se conocieron, hacía más de media vida.

Sus ojos no paraban de brillar y sus oídos estaban encantados de escucharle, él terminó preguntándole qué había sido de su vida. Ella comentó algunas cosas, algunas historias. Sus palabras parecían insinuaciones sutiles, casi imperceptibles, que él consideraba como fantasías derivadas de la tergiversación de su realidad, de su historia y de esas mariposas que volvía a sentir en su estómago, restaurando la ilusión rota años atrás. Cuando ella terminó y las palabras volvieron a esconderse detrás de los silencios, él le preguntó, de nuevo, cómo estaba.

Ella bajó la mirada, se ruborizó y la alzó un momento, tímidamente, como si fuera una bandera blanca, llena de ese brillo tan propio, que recuerda al ónix. En medio del silencio, él lentamente se acercó, con su índice levantó ese rostro hermoso, que no pudo alejar su mirada, pero que los acercó hasta el fondo de los ojos. Aspiró su aroma, ese perfume tan dulce y suave, sintió su piel de durazno y se perdió en sus labios rojos, tan tiernos, tan cálidos... Mientras la besaba llegó a él una reminiscencia que no le pertenecía. Se veía con traje negro, con jeans y camiseta roja, con abrigos, bufandas, sombreros, gorras, paraguas, con la escena repitiéndose y terminando de la misma forma, un beso largo y tiernamente apasionado.

Después ella lo abrazó y le dijo que lo amaba, más que a ningún otro. Él se perdió en su propia mirada, que se tornó lejana, vacía y también dijo que la amaba. Pero las historias deben terminar de alguna forma y fue con una pregunta como él terminó la suya, "¿En realidad me amas?", dijo agonizante, viendo llegar al hombre con el que, se rumoraba, había estado ella toda su vida, que se acercaba, mientras él caía de rodillas al piso, sintiendo como la vida se escapaba en el olor de almendras amargas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Quimera de un caminante

La mañana es gris:
llovera.

Me sentaré en una
banca del parque
y esperaré,
para ver a la gente
correr desesperada.

Observaré el momento
en que sacan los paraguas
y se arropan la cabeza
para evitar que la lluvia
los vaya a enfermar.

Yo seguiré esperando
sintiendo el golpear del agua
sobre mi ropa
llevándose consigo
mi memoria:
invitándome a soñar.

Y... cuando esté empapada,
empezaré a caminar
acompañado del agua
por las calles vacías
de la gran ciudad.

Veré los autos
con vidrios empañados,
vagabundos buscando
calor de hogar,
niños, saltando
en los charcos,
que me sonreirán,
que se burlarán.

No importa,
me gusta caminar,
estar mojado
al andar;
despertar del mundo
abyecto,
del cruel lugar
del que escapa
la felicidad.

Me gusta ir solo,
acompañado
de la lluvia...
pero está despejando
el cielo.

¡Es hora de trabajar!

viernes, 30 de noviembre de 2012

Agonía de las gotas de lluvia sobre mi ventana

Caen las gotas de agua
sobre la ventana...
las escucho
y quiero tocarlas,
pero está cerrada
y afuera... el frío
tal vez me mate:
no tengo abrigo.

¿Sentirán frío?
¿O será miedo?
porque las oigo
arrastrarse
y escucho su quejido.

Quiero tocarlas,
sentirlas, amarlas
pero son inalcanzables
y se acaban,
se acaban
se acaban...

Seguro tendrán miedo
y sus manos temblarán
o... ¿por qué vendrían
a esta realidad?

Aquí no hay nada,
es un pésimo lugar.

Pobres, pobres gotas
escapando hacia acá,
al mundo
de miseria y catástrofe
¡Destino fatal!
¡Nunca vivirán!

Nacieron muertas,
consumidas
por la idea de gustar,
por querer encajar.

Se aferran a la ventana
sin quererse resbalar...
y las veo, las siento
son mías, mi pensamiento.

Pero están podridas
como este lugar,
como mis sueños