Utopía: Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación. La vida, desde siempre, ha sido una búsqueda constante de lo que debe ser, dentro de este blog, se pretende hacer una búsqueda propia, aunque las reflexiones se den en el campo de la interioridad del autor, de sucesos en la vida de un soñador más, que llevarán a consideraciones de lo que debió ser.... experimentos de sentido sobre desiciones pasadas....
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domingo, 29 de diciembre de 2013
Inocentada.
El amor entró por la ventana y dejó una nota que decía "pásala por inocente", pero era veintinueve de diciembre y ya no podía ser una broma.
martes, 16 de abril de 2013
Final e inicio
También un final puede
convertirse en un inicio. Mientras veía cómo te alejabas, quizás para siempre,
levanté la cabeza para ver el cielo azul que ahora se me escapaba de las manos,
que se teñía del gris de la tormenta que se acercaba a mí, tras cada paso que
andabas. Llegó un punto en el que apenas distinguía tu silueta y, tratando de
aferrarme a algún recuerdo, me daba cuenta de cómo te borrabas con las gotas
que caían sobre mi cabeza. Después lloré.
Quizás, pensé, debía correr hacia
ti, esperando a que sucediera el milagro de que me amaras; pero decidí partir,
no había más por hacer, jamás volveríamos a ser. Cada recuerdo frenaba mi
caminar, pero debía seguir andando, tal vez hasta encontrarme, quizás hasta
olvidarme de ti.
Así, pasé por las calles viendo
la forma en que cambia la arquitectura de la ciudad, pasé de las casas
republicanas del siglo XIX a los edificios empresariales y a las casas
adaptadas como universidades, hasta desembocar en un montón de casas,
pobremente construidas, con terrazas, que alcanzan la altura de tres o cuatro
pisos.
Tras andar algunos pasos más,
llegué al límite marcado por la autopista, plagada de automóviles saliendo de
la ciudad, y vi la interminable fila de autobuses recogiendo a las personas que
cada fin de semana salen de la ciudad. ¡Qué sorpresa!, allí estabas... Otra vez.
jueves, 24 de enero de 2013
El fin de la inspiración
¿Sabes?, en esa época escribíamos impulsados por el temor de que descubrieran lo que significaba aquello que expresaban nuestras palabras, no por dinero o fama, lo hacíamos por ese impulso secreto y atractivo que tiene el misterio, lo prohibido... Nadie debía saber lo que sentíamos y nuestra lucha era por llegar a los que se sintieran como nosotros, pasando desapercibidos. En aquel entonces escribíamos por necesidad, no por placer.
Es una lástima que de repente todo se acabe, ella volvió, tras tanto tiempo en el extranjero y con ella los besos y las caricias, las noches alocadas, los bares caros y los tragos baratos de una barra libre en la mitad de la noche. Las conversaciones perdieron su significado y... bueno, ya no tuve que pensar en escribir, no lo necesitaba. Tristemente fue la época más feliz de mi vida, aunque también la más deprimente: no podía hilar una miserable frase porque vivía a plenitud, pero eso me causaba descontento. A lo sumo hice un par de sonetos que han de estar en algún lugar de su cuarto.
Recuerdo bien que no eran así las cosas cuando se fue. En aquel entonces estábamos aún soñando, jurándonos lealtad eterna y amor romántico, leyendo versos de Goethe y Benedetti; ella era Laura y yo Santomé. No importaba nada, todo era hermoso, hasta la distancia, que se mostraba como una prueba del destino para lo que sería un amor de novela. Nos dolía saber que nos alejábamos. Su mirada triste me conmovía hasta las lágrimas. Pero habríamos de salir avantes y era lo más importante.
Allá iba Laura, la que admiraba mi simple coraje de quererla...
Cada noche, abríamos el chat para contarnos las historias cotidianas y las estúpidas observaciones que teníamos durante el día, jugábamos a armar juegos de palabras con lo que el otro decía y también nos enviábamos fotos de alguna reunión, de alguien nuevo en la familia, de lo que pasaba y de lo que no... siempre jugando a mostrar una sonrisa disfrazada de las palabras más hermosas de nuestros diccionarios... o eso creía...
Cada noche iba a dormir dejándole un poema, una carta, un cuento, un par de palabras que salían de lo más profundo de mi corazón-cerebro para hacerla feliz. Pero la distancia empezaba a matarme, extrañaba sus besos, su mirada brillante, su mano sobre mi cabello. No era lo mismo sentir el viento si no estaba a mi lado.
Intenté comentarlo con mis padres, pero decían que al sentirme así actuaba con egoísmo, que debía dejar que las cosas corrieran por su cauce natural y que lo mejor era que esperara; reprochaban mi actitud, despreciaban mi soledad. Entonces empecé a escribir, no sólo a escribirte, sino a hacerlo para mí, para calmar mi necesidad: para desahogarme y lograr algo de tranquilidad. Para poder dormir sin ti.
Veía que cada cosa que escribía era bella y lo empecé a mostrar. Mis amigos me alentaban a crear más, sentía que las palabras salían como si una voz me las dictara. Aparecían como imágenes, o como susurros en mi oído derecho; mis manos se deslizaban solas por el teclado y era yo el instrumento de alguna divina voluntad, de la que salían cuentos, poesías, escenas o frases ligeramente ingeniosas. De repente no importaba nada más... por eso comencé a mostrarme.
Aunque la seguía extrañando, había hallado alegría en mi soledad. Había hecho de mi tristeza un remedio eficaz, una forma de vida, una artimaña contra la soledad, contra la desdicha de saber que pasaría tiempo antes de volvernos a encontrar. Publicaron algunas de mis cosas en revistas de estudiantes, en periódicos culturales y en un par de publicaciones especializadas, las personas empezaban a reconocerme...
Luego ella volvió. Nos vimos en el aeropuerto. Había tanta gente que apenas vi lo cambiada que estaba: llevaba un peinado nuevo. Tras una semana de silencio me escribió, me invitó a verle. Nos encontramos en un bar. Había cambiado tanto que apenas recordaba cómo era; me costaba pensar que era la misma persona que se había despedido llorando, jurando que jamás me dejaría de amar...
Terminamos, dijo que la relación a distancia había sido un completo fracaso, que había conocido a otros, que quería explorar y explorarse, conocer sus límites, tener nuevas experiencias, pero que jamás me iba a olvidar (claro que no lo dijo con esas palabras, como muchas, ocultó su verdad y dejó lo nuestro diciendo que seguiríamos siendo amigos, que si necesitaba algo no dudara en avisar...). A esto siguió un nuevo período de melancolía, nostalgia y soledad. Era tal mi tristeza que quería dejar de soñar, dejé de vivir por un tiempo, me alejé de la ciudad y comencé a divagar. Cada noche me sentaba en la escalera de la casa a pensar en lo que había hecho mal y de cada reproche una historia empezaba a estructurar. Así fue como llegué a escribir todos los días, sin parar. Había noches en que pasaba en vela, días en que no comía, en que dejaba de trabajar por exorcizar todo el dolor que sentía. Fueron historias que perdurarán.
Después de un tiempo volvimos, aún no sé cómo y a veces me pregunto el por qué. Evidentemente no fue lo que yo esperaba. Todavía soñaba con esas tardes saliendo a pasear, con las películas en casa y con las cartas bajo la puerta contándonos los sueños. Pero para ella no había más que fiestas, comidas caras y desabridas, y un sexo tan malo que dejaba sin ganas de más. Se notaba que ya no existía un ambiente propicio entre los dos. No hubo más poesía para ella, ni palabras dulces...
Mi mediocre felicidad fue el desencadenante de la más profunda depresión en que había estado sumido a lo largo de tanto tiempo: dejé de escribir y moría por ello. Luego de volver a terminar, intenté regresar a ese inicio, a tomarla de inspiración para mis personajes, a sacar de mí todo lo peor para hacer lo mejor de mi escritura, pero no funcionó, era como si con ella se hubiese ido todo el deseo o la inspiración. Como si no hubiese algo para contar... Cabe añadir que, tras todo ese tiempo, logré darme a conocer entre algunas personas, sabían lo que escribía y les gustaba; incluso a mis padres les terminó por agradar. Así que tampoco tenía algo para ocultar.
Tras estos acontecimiento mi prosa decayó, empecé a vagar buscando el aroma prohibido de la inspiración; que pensé encontrar en mi miseria y buscándola dejé atrás todo lo que me rodeaba. Pensando en que me veía influido por los autores que leía dejé de leer, creyendo encontrar en la naturaleza las palabras para describir y describirme... grave error.
Después me encontraron, pero estoy seguro de que los busqué y me dejaron acá, en medio de estos jardines con gente que grita y que sabe más de la vida que yo. Trato de aprender de lo que escucho. Lo único malo son tantos antidepresivos y esas pastillas recubiertas de plástico duro y con líquido por dentro, ácido valproico, que por su tamaño se hacen difíciles de tragar...
Tras estos acontecimiento mi prosa decayó, empecé a vagar buscando el aroma prohibido de la inspiración; que pensé encontrar en mi miseria y buscándola dejé atrás todo lo que me rodeaba. Pensando en que me veía influido por los autores que leía dejé de leer, creyendo encontrar en la naturaleza las palabras para describir y describirme... grave error.
Después me encontraron, pero estoy seguro de que los busqué y me dejaron acá, en medio de estos jardines con gente que grita y que sabe más de la vida que yo. Trato de aprender de lo que escucho. Lo único malo son tantos antidepresivos y esas pastillas recubiertas de plástico duro y con líquido por dentro, ácido valproico, que por su tamaño se hacen difíciles de tragar...
¿Sabes?, cuando no sufro del dolor en el estómago, o el causado por el estreñimiento, temblor en las manos o una forzada y anestesiada indiferencia frente a todo, completamente racional, trato de volverme a encontrar, quizás así logre escribir, una vez más.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Encuentro
Después de tanto tiempo se habían
reencontrado. Al parecer seguían siendo los niños tímidos y orgullosos que se vieron
muchos años antes en aquel hermoso y recóndito lugar. Estaba en las afueras de
un café del centro de la ciudad, lugar preferido por él para los encuentros;
vestía un gabán marrón, zapatos negros, algo desgastados, pantalón negro sin
planchar y con el cabello sucio, fumaba un cigarrillo; ella, corriendo para no
perder la cita, de jeans, chaqueta de cuero y tenis blancos, algo sucios.
Hacía un sol de cuatro de la tarde, la
luna se asomaba por entre las nubes. El cielo, azul, estaba calmo, para
perderse mirando hacia arriba. Ella se acercó algo agitada, a duras penas
saludó y permaneció en silencio, tomó aire y simplemente se quedó allí, sin
decir palabra, mientras él terminaba el cigarrillo. Él, sin saber qué hacer,
pensaba en las palabras precisas, aprovechando el lapso de tiempo en el que cae
la colilla al suelo y la apaga con el pie. Pasados unos segundos la saludó.
Ella devolvió el saludo y, más calmada, le preguntó cómo estaba, a lo cual él
respondió que se encontraba bien, para después devolver la pregunta. Bien,
respondió. Hubo otro silencio, que fue interrumpido por su invitación a entrar
al café.
Una vez adentro tomaron cappuccino, él
porque gustaba de la costumbre, ella porque gustaba de su sabor. Hubo otro
silencio, él intentaba acercarse a su mirada, mientras ella la bajaba y se
ruborizaba. Intentaron mantener algún tipo de conversación, los temas no
afloraban, las palabras quedaban como suspendidas en el aire y el viento las
llevaba a otro lugar. La conversación se tornaba agonizante, cuando ella
preguntó si tenía algo para contar. Él respondió: "hay tantas cosas y tan
poco tiempo...". Algo ocurrió, pareciera que en la memoria un fantasma
despertara y viajara hasta sus ojos para limpiar el polvo de sus iris y estos
empezaran a brillar. En la mente de ella aparecían esos recuerdos de la
conversaciones y las cartas que le mandaba, esa forma tan particular para
expresarse, tan precisa y anacrónica, esa en la que nunca dejó de pensar.
Cuéntame, dijo. Él, sin prisa, pero sin pausa, eligió como inicio algunas de
sus anécdotas más recientes, sin escatimar en detalles, refirió todo su
recorrido desde la última vez que habían hablado hasta el momento en que notó
que ella bajaba la mirada y tornaba el ambiente melancólico y nostálgico de la
ciudad en un silencio hermoso, como de campo, cosa que le recordaba, mencionó,
el día en que se conocieron, hacía más de media vida.
Sus ojos no paraban de brillar y sus oídos
estaban encantados de escucharle, él terminó preguntándole qué había sido de su
vida. Ella comentó algunas cosas, algunas historias. Sus palabras parecían
insinuaciones sutiles, casi imperceptibles, que él consideraba como fantasías
derivadas de la tergiversación de su realidad, de su historia y de esas
mariposas que volvía a sentir en su estómago, restaurando la ilusión rota años
atrás. Cuando ella terminó y las palabras volvieron a esconderse detrás de los
silencios, él le preguntó, de nuevo, cómo estaba.
Ella bajó la mirada, se ruborizó y la alzó
un momento, tímidamente, como si fuera una bandera blanca, llena de ese brillo
tan propio, que recuerda al ónix. En medio del silencio, él lentamente se
acercó, con su índice levantó ese rostro hermoso, que no pudo alejar su mirada,
pero que los acercó hasta el fondo de los ojos. Aspiró su aroma, ese perfume
tan dulce y suave, sintió su piel de durazno y se perdió en sus labios rojos, tan
tiernos, tan cálidos... Mientras la besaba llegó a él una reminiscencia que no
le pertenecía. Se veía con traje negro, con jeans y camiseta roja, con abrigos,
bufandas, sombreros, gorras, paraguas, con la escena repitiéndose y terminando
de la misma forma, un beso largo y tiernamente apasionado.
Después ella lo abrazó y le dijo que lo
amaba, más que a ningún otro. Él se perdió en su propia mirada, que se tornó
lejana, vacía y también dijo que la amaba. Pero las historias deben terminar de
alguna forma y fue con una pregunta como él terminó la suya, "¿En realidad
me amas?", dijo agonizante, viendo llegar al hombre con el que, se
rumoraba, había estado ella toda su vida, que se acercaba, mientras él caía de
rodillas al piso, sintiendo como la vida se escapaba en el olor de almendras
amargas.
jueves, 11 de octubre de 2012
Conversación
No nos queda nada, dijo él, somos dos existencias impensables, incapaces de alterar la realidad. ¿Acaso importa cambiarla, es necesario ser algo más que impensable para encontrar la felicidad?, preguntó ella. No lo sé, dudó él, es sólo que… viéndote ahí, fumando tranquila, quisiera salir y decirle al mundo que entiendan la realidad de lo que significa amar: tú y yo acostados, yo mirándote, ambos pensándonos. Tú pensando, cariño, no lo olvides, tú, siempre pensando, dijo ella. Afuera, la lluvia cae lentamente, pasan algunos transeúntes, todos con sombrillas; ella sigue fumando, se termina el cigarrillo. ¿Y si nuestro amor llega al mundo por intermedio de un solitario escritor?, pregunta. Él contesta, entonces, todo está bien, perdámonos en nuestra alegría, en nuestra vida; se acerca a ella, que apaga el cigarrillo sobre el cenicero de mármol, la abraza y se juntan sus labios en un beso largo y tierno, se siente como un primer beso. Quizás porque es el primero de su felicidad.
viernes, 14 de septiembre de 2012
Somnus (o la muerte del soñador)
Fue extraño verlo allí, sobre una camilla, con su rostro azul, vistiendo una bata de las que siempre odió, esas de hospital, de color azul como su rostro; aunque, debo confesarlo, no me extrañó en lo absoluto ver sus ojos desorbitados; siempre se lo habían dicho, tenía los ojos muertos y por eso le temían.
Al recibir la llamada, pensé en cualquier cosa, menos en una voz tan lúgubre como pasos en una iglesia vacía preguntando si lo conocía. Tuve que esperar a que insistieran en la pregunta para contestar: jamás me acostumbraría a su nombre, al del documento; para mí siempre sería Somnus. Contesté que, en efecto, le conocía, sin tacto alguno me dijeron que llamaban de la morgue, tendría que ir a hacer el reconocimiento del cadáver...
Salí, con apuro, sin arreglarme, tomé el primer taxi que paró, subí sin siquiera saludar y recibí un descortés, ¿pero qué?, ni que alguien se le hubiera muerto... Usted no sabe, señor, dije con algo de enojo, usted no sabe nada, ojalá sepa llegar a la morgue. El tipo palideció y el brillo de malicia en sus ojos se desvaneció, su gesto pasó de macabro a triste, agachó un poco la cabeza, como viendo entre el timón y dijo, sí, voy a apurarle para ver si llegamos pronto. En medio del ruido del motor descompensado y el aire enrarecido por las ventanas cerradas, el frío y la lluvia, recordaba las conversaciones con Somnus, las tardes tomados de las manos, dando vueltas, mientras él me hacía pensar en las caras de la gente, que miraba extrañada; su forma tímida de acercarse a mis labios y el calor de sus abrazos, las caricias torpes y su manía de disculparse a cada momento por su falta de tacto para ejercer de vivo, como solía decir. Con cada curva brusca resultaba en un extremo de la silla raída y vieja, y mi mente saltaba a sus escritos, a su forma de ver la vida, siempre en los detalles más insignificantes, a sus silencios de horas y a su contradictoria desesperación, nacida de su falta de interés por salir a hacer cosas cotidianas y su tedio producido por su incapacidad de mantenerse quieto.
Ya llegamos, dijo el hombre con voz callada. Desperté de mi letargo, miré al tipo con algo de sorpresa y recordé qué estaba haciendo. Pagué, salí del auto y me dirigí hacia el edificio, que parecía un manicomio, pregunté por el nombre que me habían dado y me hicieron seguir a través de algunos pasillos y una escalera, hasta llegar a una especie de cámara en la que hacía un frío de espanto. Allí estaba el hombre que me había llamado, lo supe al escuchar su voz, ahora más jovial, pero no por eso menos lúgubre y sombría, acercó a mi presencia una camilla tapada con una manta plástica de color azul, que procedió a quitar, mientras me contaba que esa semana había poco trabajo y que se aburría, así que jugaban dominó con el portero y salía a fumar, porque el frío se siente más cuando no se labora.
Allí estaba, en efecto, el cuerpo que habitaba Somnus. Sentí ganas de abrazarlo, de besarlo y de gritar, pero a él no le habría gustado, así que me limité a llenar el formulario y a mirarlo: esta vez sería la última. Antes de despedirme y volver a casa, el hombre me preguntó si quería saber de qué había muerto. No, contesté, yo ya sé de qué murió; el hombre, inquietado, me miró a los ojos y preguntó:
-¿Ah, sí? ¿Y de qué murió?
-Él era un soñador, murió por exceso de realidad.
lunes, 20 de agosto de 2012
Alicia en el país de los desamores
-Hoy sólo hay lágrimas que se esconden tras las hipócritas miradas, las infelices palabras y la mediocre felicidad con que te saludaré si me llegas a hablar, si me llamas, si alguien quiere acercarse a mi mundo.
Sólo hay lágrimas junto con las huellas de mis pasos por ese camino que no puedo encontrar. Alicia, hoy no hay conejo blanco, fue sólo una quimera, un espejismo que te llevó hacia la malvada reina roja, que es el amor. Sólo te resta llorar, Alicia, estás atrapada dentro de tu cuerpo, dentro de tu mente y dentro de tu alma; eres tu propia cárcel, mi hermosa Alicia, sólo tú tienes la llave.
-Esperaré hasta que te encuentres, Alicia, esperaré, pero no te tardes, que hasta el verdadero amor se cansa de esperar.
viernes, 27 de julio de 2012
La última cita
Para Phoenix, el día de su natalicio, de su resurgir de entre las cenizas.
Ella despertó, escuchó el ruido de la calle, los buses que a lo lejos depiertan a la montaña, los gritos de transeuntes desesperados por llegar a ninguna parte; se desperezó, mientras bostezaba cruzó por su mente ese suicida pensamiento que le atormentaba: rosas que hieren. El vacío de su estómago volvió a abrirse, sintió cómo escapaban de nuevo las ansias, transmutándose en mariposas que se golpeaban contra las paredes su estómago. Respiró hondo, recordando las clases de técnica vocal: ... inhala, honda y lentamente... honda y lentamente; ahora sostén la respiración... uno, dos, tres, cuatro... exhala, cuenta hasta ocho... Una vez más... De nuevo...
Tomó la ducha, sintiendo cómo cada gota resbalaba sobre su cuerpo, pasando sobre el discreto tatuaje del ave fénix, percibiendo cómo se llenaba de esa extraña energía, de esa fuerza vital que representa el agua, dejando algunos pensamientos sobre sus poros, para que el agua los arrastrara. Se hacía algo tarde, pero no importaba, con el tiempo había descubierto que la tranquilidad va primero, que hay que sentirse bien para verse bien y que esto lleva su tiempo. No desayunó, tomó un café algo amargo con unas gotas de limón, como lo hacía la abuela, prendió un cigarrillo y lo dejó entre sus labios, sin aspirar, para calentar las palabras, que se escuchaban frías aquella mañana. Salió, vestida con chaqueta de cuero, jeans ajustados, una blusa negra y botas que llegaban arriba del tobillo, estilo característico, después de todo, incluso ésa era una cita más.
La tarde gris mezclaba con el momento, el instante crucial en el que, después de tantos meses, de tanto sufrimiento, de las rosas que hieren, volverían a encontrarse. Las circunstancias no le eran propicias y acrecentaban las náuseas y agrandaban el nudo de su garganta. ... Inhala, cuenta dos... contén la respiración, cuenta hasta cuatro... exhala, cuenta hasta ocho... Repítelo... Una vez más...
Desde que el colibrí dejó de mover sus alas todo era más difícil: las palabras se suicidaban. Eso cruzaba por su mente mientras se acercaba al café en el que habían acordado encontrarse. Inhala... mantén la respiración... exhala... Inhala... sostén... exhala... inhala, contén, contente, exhala, inspira, aspira, inspira, aspira, inspira, inspira, ¡inspira!, ¡inspira!, vuelven los recuerdos de los paseos por la calle, los besos tiernos, los insultos con voces ridículas y las peleas fingidas por la calle, las peleas serias de miradas asesinas, crueles, los silencios taciturnos, quietos, imposibles, las alas del colibrí en noches de desesperación, las clases de canto con su insoportable inhala, sostén, exhala, inspira, contén, aspira, espalda recta, los dedos atascados sobre el piano, los acordes malogrados, las eucaristías excepcionales, el coro femenino cantando cánones, Pachelbel en las noches, los besos, las rosas, las espinas, los versos, la música, el tiempo, su tiempo, el Tiempo, el aletear enérgico del colibrí, las lágrimas, las sonrisas, las tristezas, las alegrías, la nostalgia, la melancolía, la iglesia, el cementerio, la tumba, la lápida, el colibrí...
Inhala... Uno, dos... Mantén la respiración... Uno, dos, tres, cuatro... Exhala... Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho... De nuevo... Otra vez... Y otra vez.
Ahí está él, sus ojos brillan, como todas las otras veces, intenta abrazarla, pero ella no lo permite, ladea su cabeza, pone su mejilla, él intenta llegar a sus labios, ella se niega, voltea su cabeza, él intenta tomarla de la cintura y fracasa.
-Ya no más.
-Pero, pero... por favor... no entiendes.
-Entiendo perfectamente, estamos acá para dejar todo en claro.
-Te amo.
-Ya lo has dicho antes, pero no lo has demostrado...
-He cambiado.
-Sí, te ves diferente.
-No, no de esa manera, he cambiado.
(Su mirada se vuelve tierna, pero ella lo conoce, respira lentamente, recuerda los ejercicios de canto).
-¿Para qué me llamaste?
-Te necesito, hoy más que nunca.
-Al igual que otros tantos inviernos.
-Por favor, no sabes cuánto te necesito. Las noches se me hacen interminables, me despierta la sensación de vértigo y soledad, me carcomen los celos y tiemblo de pensar que alguien más se apoderó de tu cuerpo, que te entregaste a otros, mejores que yo. (De sus ojos brotan lágrimas y su brillo se vuelve inmarcesible. Inhala, mantén la respiración, exhala, una y otra vez, hasta que contengas las mariposas)
-Tuviste tu oportunidad... y no fue sólo una, cada vez que tienes un problema acudes a mí, cuando te dejan y sientes la miseria del despecho, acudes a mí para darte fuerza y cariño que no he visto recompensado. Pero, ¿sabes?, a pesar del dolor agradezco saber qué clase de tipo eres. Ha sido duro, pero hoy tengo las alas del colibrí, hoy soy el ave que renació de las cenizas. He decidido enfrentar esta situación para darla por terminada. Para mí ha quedado todo claro, no te necesito, tengo miles de cosas más por vivir. Adiós. (Baja la mirada de él, mientras los ojos de ella brillan de forma inmaculada. Se levanta y deja el dinero del café sobre la mesa, después se va).
El sol de las cuatro de la tarde aparece en todo su esplendor y un cielo azul con pocas nubes ilumina su sonrisa sobre la acera, la vida, ouróboro espiralado, ha concluido su camino para dar inicio a otro. El discreto tatuaje de su espalda representa la vida que ahora empieza
sábado, 2 de junio de 2012
Quimera
Despues de muchos años, al encontrarse en el café, ella dijo: entonces digamos que fuimos novios. Cerró los ojos y, al despertar, ella estaba acostada a su lado: ya eran esposos.
martes, 8 de mayo de 2012
sábado, 5 de mayo de 2012
Retrato
Definitivamente había algo en ese hombre que no nos gustaba. Quizá fuera el hecho de que, desde el día en que llegó, nunca decía mucho, sólo saludaba, respondía a lo que le preguntaban, sin intentar hacer algún tipo de observación, y de vez en cuando hacía algún comentario sobre lo que hacíamos en la casa, como qué herramienta servía, qué libro leer o algunos consejos sobre cómo hacer rendir más la comida. Nunca iniciaba una conversación y de vez en cuando su mirada se perdía, como si mirara hacia dentro...
Solía vestir prendas de color oscuro, salía con gabán y sombrero: era fácil de identificar. Se despertaba temprano en la mañana, tomaba un café, esperaba al desayuno y, tras cruzar una que otra palabra acerca de cómo estaba el día, o sobre los libros que recomendaba o le recomendaban, volvía a su cuarto. Las pocas veces que dejó la puerta entreabierta logré ver, a esa hora de la mañana, que leía o escuchaba música que jamás en la vida había escuchado.
Nunca hubo quejas de él, ni problemas. No bebía, a veces fumaba, tenía una pipa algo vieja y gastada, y solía hacerlo afuera, para no molestarnos con el olor; empero, había algo de él que no me gustaba, quizá fuera su forma de ser tan extraña, tan callada y esa mirada que se quedaba quieta examinando cada detalle. Aguna cosa debía ocultar, no era como los demás inquilinos, que hacían ruido, peleaban, hablaban, inventaban rumores...
Sobre todo nos molestaba que no lograra decidirse. Siempre estaba analizando las cosas buenas y malas de cada opción y, las pocas veces en que no lo hacía, entonces decidía inopinadamente, con expresiones que rayaban con la grosería. Tenía esa horrible tendencia a gritar cuando se le repetía más de dos veces una pregunta, diciendo, a renglón seguido, que había contestado las veces anteriores y no había sido escuchado.
Me molestaba su mirada, que se tornaba iracunda cuando nos alejábamos y le dejábamos solo cuando comía, como si, en medio de esa armadura de silencio y monosílabos necesitara compañía. ¿Que acaso no podía hablar?, hubiese bastado con un par de palabras para que no se alejaran de él, para que le hicieran compañía; pero él se resignaba a mirar de esa horrible forma y seguir, siempre en silencio.
Nos parecía muy raro que, alguna vez, llegara de la mano con una señorita y le brillaran los ojos, a pesar de no darle un beso, ni hablar de cosas fuera de lo común, como si en cada estúpido detalle de la ropa, las mariposas, las nubes, hubiese algo mágico; pero más extraño aún era que, cuando estaba con ella, su voz se tornaba potente, impetuosa y hasta se le oía gritar una que otra cosa sin sentido, como si cuando estuviese con ella no necesitara ser él, o se convirtiera en otro.
Un día, sin más, se fue. Llegó la calma a la casa, no hubo más rumores, más peleas, ni más silencios. Del hombre sólo quedó un papel amarillento con unos garabatos que parecían decir "se acabó todo este sufrimiento, no me duele dejarte, amor" y fue en ese momento en el que me dí cuenta de que realmente lo odiaba, porque al leer ese papel pude sentir lo que él sentía y saber que, de no ser por él, la vida aquí sería peor.
Sobre todo nos molestaba que no lograra decidirse. Siempre estaba analizando las cosas buenas y malas de cada opción y, las pocas veces en que no lo hacía, entonces decidía inopinadamente, con expresiones que rayaban con la grosería. Tenía esa horrible tendencia a gritar cuando se le repetía más de dos veces una pregunta, diciendo, a renglón seguido, que había contestado las veces anteriores y no había sido escuchado.
Me molestaba su mirada, que se tornaba iracunda cuando nos alejábamos y le dejábamos solo cuando comía, como si, en medio de esa armadura de silencio y monosílabos necesitara compañía. ¿Que acaso no podía hablar?, hubiese bastado con un par de palabras para que no se alejaran de él, para que le hicieran compañía; pero él se resignaba a mirar de esa horrible forma y seguir, siempre en silencio.
Nos parecía muy raro que, alguna vez, llegara de la mano con una señorita y le brillaran los ojos, a pesar de no darle un beso, ni hablar de cosas fuera de lo común, como si en cada estúpido detalle de la ropa, las mariposas, las nubes, hubiese algo mágico; pero más extraño aún era que, cuando estaba con ella, su voz se tornaba potente, impetuosa y hasta se le oía gritar una que otra cosa sin sentido, como si cuando estuviese con ella no necesitara ser él, o se convirtiera en otro.
Un día, sin más, se fue. Llegó la calma a la casa, no hubo más rumores, más peleas, ni más silencios. Del hombre sólo quedó un papel amarillento con unos garabatos que parecían decir "se acabó todo este sufrimiento, no me duele dejarte, amor" y fue en ese momento en el que me dí cuenta de que realmente lo odiaba, porque al leer ese papel pude sentir lo que él sentía y saber que, de no ser por él, la vida aquí sería peor.
martes, 10 de enero de 2012
Casandra
Los padres estaban desesperados, 6 años de psicólogos y psiquiatras que no daban resultados, cambios de jardines y colegios tan frecuentes como el cambio de ropa los tenían en una situación tan tensa que no sabían ya qué hacer: a su niña le gustaba jugar con la soledad.
Todo empezó cuando un día, luego de gritar por toda la casa, de haber hablado sin parar y de pedirle que guardara silencio, así como de enviarla a la escuela más estricta de la ciudad, por aquello de la disciplina; ella se alejó. Por supuesto los primeros días fueron de la más fantástica alegría: no hubo gritos en la casa, no hubo niños en casa destrozando los muebles, corriendo por los corredores y poniendo en peligro los jarrones por los que tanto habían ahorrado el poco dinero que quedaba luego de pagar las cuentas de las diez casas, tres locales comerciales y la "pérdida" de Fido, el perro viejo y gordo que solía subirse a la cama en las mañanas de Domingo. Con el paso de los días, se dieron cuenta que gustaba de estar sola, ya no saludaba, no comía, ni hacía sus deberes, la situación de la niña era crítica: ¿Qué clase de educación le estaban dando?
Fue así como los padres entraron de forma intempestiva donde la maestra que leía cuentos a su clase. Haciendo uso de la mayor igualdad que les caracterizaba, lograron el traspaso de la macabra profesora hacia el lugar más alejado que fue posible, puesto que, como era obvio, el problema estaba en la clase de formación académica que se le daba a la pequeña princesa. Como si fuesen coincidencias del estilo de Julio Medem o de Milan Kundera, una lágrima ubicua brotó de ojos diferentes, era el llamado de la Soledad.
La situación no cambió por un cambio de maestro, ni de dos, ni de diez, el problema, caro estaba, era de la escuela. Entonces la odisea educativa dio su inicio, una mágica travesía que, a través de los ojos de la hermosa mujercita apareció como una infinidad de mundos y personas, culturas y perversioens diferentes, mientras los padres tiraban su dinero, inconscientemente, tratando de alejar la soledad de la vida de su hija amada.
Cada día era una nueva aventura, cada escuela tenía un mundo de mil puertas abiertas por las qué escapar, páginas de un diario de la segunda guerra mundial, infantes magos y sus aventuras en un año de escuela, un viaje de cinco semanas en globo y, de forma excepcional, dos o tres personas a quienes podía llamar amigos... En fin, no había necesidad de más, allí estaba todo lo que deseaba. Empero, a sus padres los diagnósticos de depresiones, autismo, misantropía y pesismismo les revolvía el estómago y era esto lo que los impulsaba a reprimir la felicidad que se encuentra al estar dentro de sí, creando un mundo maravilloso que jamás podrá existir en una triste realidad.
El tiempo fue pasando y la belleza de los detalles fue acrecentándose, como la mirada de las flores bajo el sol de los venados, o los cuadros surrealistas, el minimalismo musical y la ópera; mientras los padres luchaban incansablemente por buscar una cura contra la melancolía que nacía de los problemas del mundo, las palabras fuertes frente a situaciones cotidianas, el odio hacia todo aquel que le obligaba a pensar de forma igual a la del común. Así, en medio del olor a hospital y los divanes, la niña aprendió a escribir y en ello halló esa chispa que la elevaba hacia ese mundo que había creado, y, más importante aún, le permitía enseñarlo al mundo.
Evidentemente no había cosa distinta a un rechazo general en lo que hacía, cada vez que sus padres leían las pocas palabras impresas con el corazón y la razón actuando conjuntamente para lograr el fin de plasmar su alma en un papel, y así aprendió a sufrir. Las historias entonces tomaron un matiz nostálgico, triste, y la música le llegó tan hondo en su alma, que fue sueño, y, como en la filosofía de la historia de Hegel, fue extravagante. Los ritmos del rock, la psicodelia y el jazz fueron inspiración para sus historias, que se mezclaban con los estilos de los autores que iba leyendo y que la llevaban hasta nuevos lugares. El blues aportó la melancolía, que es su significado, a las historias, que cada vez eran más tristes y más hermosas,
Sin embargo, a pesar de que sus fronteras interiores se ampliaban con cada canción, poema, novela, película, obra de teatro y conversación con gente desconocida en lugares no pensados, como el transporte público o la calle en los días de lluvia, se mantenía presente el problema de hablar con conocimiento, y a veces intuyendo el futuro, sin ser tenida en cuenta. Esta situación, tan repetitiva como depresora, hizo que aceptara que, después de todo, el hombre es y seguirá siendo un lobo para el hombre, que no hay una razón para una revolución fundada sobre ideas claras, porque más fácil es que un hombre crea una gran mentira que una pequeña; y sólo la llevó al grado de abstracción más alto jamás logrado: una absoluta soledad.
Ya no hubo palabras que salieran de su boca, o letras grabadas en papel, en las paredes; tampoco hubo gestos, todo era una total indiferencia. Los padres, que no podían tolerar esta situación, decidieron someterla a las más avanzadas terapias. El psiquiatra ordenó carbonato de calcio, su situación era grave, y funcionó. Se vio una mejoría en su estado de ánimo, ya hablaba, si bien no era una conversación fluida, ni interesante, como otrora, pero, quedaba un rezago de esa horrible indiferencia en su mirada. Pronto, los medicamentos llegaron a dosis que, de ser sobrepasadas, podrían llevarla a una adicción que sería más perjudicial para su salud que su estado de locura permanente y, desde la última vez que habían acudido donde el doctor, clínica. Los padres, devastados, decidieron internarla en el manicomio. Su situación se fue tensando, hasta que la responsabilidad sobre el estado de salud de la niña, ahora señorita, recayó sobre uno y otro de los padres, como en un juego de ping-pong.
Al dejarla allí, como por arte de magia, ella exclamó: Vieron la paja en el ojo ajeno y no se percataron de la viga en el propio... mientras era arrastrada por unos enfermeros que más parecían guardias de taberna. Los padres no volvieron a visitarla; incluso en su locura seguía siendo intransigente y grosera... Sólo volvieron para recibir la noticia de que Casandra había muerto. Las lágrimas brotaron y la compasión llenó los corazones de los padres que perdían a su única hija. Con las pocas cosas que le permitían tener en su habitación, les entregaron una hoja de papel en la que transcribía una de sus "conversaciones con la soledad", como lo refirió el doctor. La hoja fue desechada, puesto que un loco jamás podrá ser un genio.
sábado, 7 de enero de 2012
Espera.
-¿Sabes que no regresará, verdad?
-Así es.
-¿Entonces por qué sigues esperándola?
-No la espero, sólo quiero mirar el cielo de la noche otros diez años.
-Así es.
-¿Entonces por qué sigues esperándola?
-No la espero, sólo quiero mirar el cielo de la noche otros diez años.
jueves, 29 de diciembre de 2011
martes, 20 de diciembre de 2011
El hombre de la guitarra
Una canción había sido la esperanza que lo impulsó a dejar todo atrás para volver a empezar, una canción suya y un hombre con una libreta, que jugaba a buscar ideas mientras caminaba. Fue él quien lo animó a llevar a cabo su plan de ir y conocer las maravillas de ese mundo que, pensaba por aquel entonces, no había sido hecho para él.
Los primeros días de viaje fueron duros, el hambre y la miseria los acompañaban a cada instante, una guitarra y un par de poemas eran su forma de sobrevivir. Largas horas que se arrastraban, como sus pies sobre el pavimento hacían que cada recuerdo se volviese más sagrado, mejor conservado. Muchas veces se enfrentaron al delirio de regresar, de anhelar lo que voluntariamente habían querido dejar atrás. Pero nunca se abandonaron a la vana esperanza, siempre una sucesión de acordes, una canción, o un par de versos, un poema, los volvía a traer al camino que iban haciendo a cada paso. Las noches, en cambio, eran idilio; la luz de la luna, que los acompañó las más de las veces, hacía que todo valiese la pena, que las imágenes más preciadas, una mujer de ojos negros y tez blanca, delgada, se viera mejor en la mente del músico; una casa tranquila, con cientos de libros y la estufa encendida, calentando el café que llena con su suave aroma la habitación en que duerme el perro sobre la alfombra, se sintiera cercana, para el poeta.
Con el paso de los meses las cosas fueron mejorando. Los clubes nocturnos fueron lugares en los que recibieron acogida, cantando, tocando y recitando. La gente se emocionaba y, de vez en cuando, alguna lágrima salía de los ojos tristes de aquellas mujeres, para después desaparecer tras el maquillaje exagerado que atraía a quienes dejaban algunas monedas sobre el estuche. Otras veces eran recibidos en casa de viejos bohemios de cuerpos desgastados por la soledad y la nostalgia de amores de una noche.
Una vez, luego de algunos años, mientras cantaban al medio día en la plaza de algún pueblo lejano, un hombre decidió contratarlos. Pasaba por allí, se detuvo y esperó a que la muchedumbre se alejara para dejarles algunas monedas. Pero hubo algo que lo mantuvo algo más de tiempo, hasta que los errantes empezaron a empacar sus pocas pertenencias. En ese momento les habló y les ofreció grabar su arte en la capital. Así fue como empezaron los conciertos, los libros, las entrevistas y la fama. Así fue como quedaron atrás las noches de luna y los sueños de conquistar alguna doncella errante, como ellos, por los cruces de caminos. Terminaron, del mismo modo, los días lluviosos y el mendigar un poco de pan y de techo.
Sin embargo, las ilusiones de aquellos días, los recuerdos del alejado pueblo, persistieron y se hicieron más fuertes, a pesar de ser felices, o tristes. Fue así como un día, después de tanto tiempo, decidieron regresar.
El recuerdo de ella era hermosamente triste. Le había hecho la canción más hermosa del mundo, porque era tan suya, que sentía haber dejado en ella su corazón. Aquella tarde se había arreglado y había tomado su guitarra, para acercarse a su balcón y cantarle, luego del crepúsculo, aquella declaración de amor. Estaba seguro de que existiría un futuro a su lado, de tardes sentados en la vieja silla que apuntaba hacia el occidente, punto en el cual verían correr las tardes cuando estuviesen viejos y no hubiese algo más por qué luchar, no hubiesen preocupaciones que afrontar. Ella estaba allí, en la salida del balcón, con sus ojos de ébano brillando como nunca, como siempre lo había imaginado. Ese gesto de amor puro que se presentaba en su rostro le hizo perder el miedo que hacía revolotear las mariposas alojadas en su estómago y cortó de raíz el nudo gordiano que había en su garganta. Fue así como, con la seguridad de amar, se acercó y cantó; sintió que su voz era más poderosa ese día, que era invencible y se entregó a la música. Pero ella ni se inmutó y, al darse cuenta, su corazón se estremeció, el nudo de su garganta le ahorcó y las náuseas se apoderaron de su ser. Sentía ganas de vomitar, sintió un calor infernal invadiendo todo su cuerpo, las manos se pusieron temblorosas y el sudor frío cubrió su cuerpo. Se estaba asfixiando en su propio cuerpo, en su propio amor...
Después de algunos momentos, en que la taquicardia estuvo dominando la situación. Vio cómo el hombre que había sido acusado de causar la ruina del pueblo, y que se jactaba de hacer lo que le venía en gana con todo y con todos, la abrazaba, mientras miraba por la ventana a su hermana de forma grotesca. Con el asco que le producía ese gesto, tragó saliva y procuró controlar su respiración, para evitar vomitar. Se escondió tras los árboles que rodeaban aquella casa y esperó para ver qué sucedía. Desde ese lugar privilegiado, ubicado al lado de la casa y con árboles de grandes ramas, subido a unos metros del suelo, vio cómo el hombre la besaba, cómo ella no tenía problema en verlo, porque, por supuesto ella lo había visto y escuchado, y le sonreía. Después, mientras el hombre se iba y ella regresaba a su casa, al pasar al lado del árbol en el que se encontraba subido, le dijo que no volviera, si no quería salir lastimado por su novio, quien no dudaría en matarlo si lo encontraba haciéndole la corte. En su mente corrió un río de recuerdos en los que vislumbró la verdad: ahora era todo más claro. Tantas veces haciéndolo esperar, tantas cartas ambiguas, tantas historias confusas: ella nunca lo quiso. Sin embargo él la amaba, como a nadie antes había amado.
Decidió abandonar el pueblo, pero dudaba, cuando se encontró con el profesor de la escuela que, como siempre, iba anotando garabatos y palabras en su libreta. Cuando lo vio, como si tras esos lentes que denotaban algo de ceguera a pesar de su corta edad, el profesor le dijo que deberían salir a recorrer el mundo. Había escuchado algunas de sus canciones y le gustaban, y él necesitaba de un compañero para su viaje, la aventura de su vida, decía. Le dijo que lo pensaría y el profesor comentó que al amanecer pasaría por la vieja casona, en la que su abuelo le había regalado su primera guitarra, que hoy llevaba al hombro. Así fue como empezó su viaje.
Después de tantos años, había regresado al lugar del cual jamás había querido acordarse. Luego de pasar por quijotescas aventuras, encontró la cordura en el mismo lugar donde la había dejado, en ese pueblo del pasado del cual había salido con la intención de no volver.
El pueblo estaba tal como lo recordaba. Las viejas casonas con sus grietas y sus fachadas sin pintar, que denotaban gran despreocupación por las apariencias. La gente, algo más vieja, pero siempre igual, la escuela sin terminar, que llegaron con la misión alemana que aspiraba a llevar la civilización a los lugares más recónditos, pero que por causa del clima no pudo más que empezar y luego se perdió, con la esperanza de regresar, alguna vez a tan hermoso lugar. Tras haber recorrido todo el lugar, y sus alrededores, dio con la casa de ella... Una vez más, sintió el peso de la historia y volvieron los recuerdos a tomar vida. Se paró un par de minutos y avanzó, la suerte estaba echada.
Caminó hasta la entrada y allí, en la banca que daba hacia el occidente, estaba ella, mirando el horizonte que él soñaba encontrar en ella, muchos años atrás. Ella, como si lo percibiese, se volteó y buscó su mirada. Sus ojos brillaban y, lentamente, se levantó, se acomodó las vestiduras y caminó hacia él. Lo besó en la mejilla y le preguntó por tantas cosas, que no sabía cómo responder. Hablaron hasta entrada la noche y él se enteró de que aquel hombre de aquella noche, el tipo robusto y calvo que estaría dispuesto a matarlo de ser necesario, según el recuerdo que tenía de las palabras de ella, la había dejado por su hermana y que, desde ese entonces, a pesar de que muchos habían pasado por sus aposentos, no había alguien como él, el hombre de la guitarra y la hermosa canción, que tuviese por ella sentimientos tan puros. Él le comentó que no la había olvidado y que su amor había traspasado las barreras impuestas por el tiempo y la distancia, empero, ella no era la persona de la que él se había enamorado.
Entonces se levantó y salió de la casa, mientras ella se quedaba sentada en la banca que daba al occidente.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Dos miradas
¿Era mejor antes, o ahora? Aún estaba ciego por la impresión, necesitaría de tiempo para contestarle.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Reminiscencia de un amor imposible
Cuando le invitaron a la reunión de egresados, pensó dos veces su asistencia: la primera vez, porque nunca fue tan sociable y posiblemente, al llegar, nadie lo recordara, así como tampoco él recordaría a muchas de los que seguramente asistirían. La segunda, recordó que, a pesar de que aún se hablaba con la mayoría de sus amigos, no estaban todos en el mismo lugar desde que salieron, antes del grado, a darse su propia despedida. Finalmente se decidió a ir impulsado por esta segunda vez, pero, más aún, porque, desde que se había regresado al país, no había podido hablar con Laura estando frente a frente.
Laura no era una mujer con un físico escultural, tenía el cabello de color negro, ondulado, la tez blanca, de estatura promedio y unos ojos de fuego, de mirada penetrante, que siempre impactaban. Siempre le había gustado y, a pesar de que sospechaba que ella lo sabía, nunca se había atrevido a decírselo. Era esa timidez característica que le hizo siempre pasar desapercibido para muchos, esa que le había impedido explotar su potencial en todo ese tiempo, y aún en esos momentos, en los que estaba donde estaba por gracia de otros, que lo habían lanzado, que lo habían ayudado de sobremanera. Laura, en cambio, era la persona más sociable que conocía, su conversación era fluida y alegre, distinta de la suya, incapaz de mantenerse fuera del ámbito académico, estricto, investigativo y siempre con un dejo político que le había hecho ganarse uno que otro apodo que le molestaba. Ella era su complemento, pensaba siempre, o por lo menos algún tiempo.
La reunión fue tan aburrida como esperaba que fuera. Evidentemente no muchos se acordaban de él y era molesto tener que contestar a preguntas sobre quién era él, porque, a pesar de que tenía un cargo importante, siempre sucedía que la gente se olvidaba de él con facilidad. Como no había llegado tan temprano como hubiese querido, tuvo que deambular algún tiempo antes de encontrarse con sus conocidos, con sus amigos. Finalmente, en una mesa cerca de la ventana, los encontró, todos estaban allí, Santiago fue el primero en saludarlo y, con sus siempre atinadas bromas, le sacó una sonrisa.
Santiago nunca se desempeñó como profesional en su área, se había dedicado a escribir y así se iba bastante bien. Todos sabían, incluyéndolo, que su destino era la literatura y la filosofía, desde temprana edad había mostrado tener lo necesario para hacerlo. Era también un gran conversador y capaz de tomar una conversación sobre política y hacerla agradable. Andrés, en cambio, vivió y aún vivía a su sombra, puesto que se conocían desde niños y tenían los mismos intereses, pero Santiago siempre fue superior, incluso en hablarle a Laura.
En la memoria de Andrés siempre viviría ese momento en el que dejó de considerar a Laura su alma gemela. Se habían propuesto los tres salir a caminar y tomar un café, como le gustaba a Santiago, pero Andrés, que conocía mejor a Laura, propuso que fueran al museo, cosa que fue aceptada por los otros dos. Entraron en él y Andrés se quedó con la mirada fija en Los Amantes de Magritte, ese cuadro surrealista en el que una pareja se besa, pero sus caras no se pueden ver porque están tapadas con algún tipo de tela, que además cubre la totalidad de sus cabezas. Como si el tiempo fuese eterno, él se quedó allí, percibiendo la obra en todo su esplendor, pensando en tantas cosas que le generaba ese cuadro...
Al voltear, vio que Laura y Santiago se besaban. Su corazón se paralizó y tuvo que luchar con las lágrimas que trataban de salir, desesperadamente. Laura le pidió perdón, no era educado que se besaran delante de él, decía. Andrés dijo que no se preocupara, que no era nadie para impedir la felicidad de dos almas que se reencuentran, como es el amor para Platón, mientras en su mente aparecía esa imagen de Bioy Casares en el cuento En Memoria de Paulina, en la que el protagonista habla con Paulina y ella le dice "esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados", refiriéndose a Julio Montero, un escritor que aspira a ser conocido; el personaje entonces siente que se aleja de ella y piensa que Montero es el personaje menos parecido a ellos, a menos de que se equivoque y realmente él y Paulina no tengan ningún parecido. Luego de eso, se despidieron, era un viernes, así que no se verían sino hasta el lunes siguiente.
Laura aún no había llegado, pero quizá sólo a él le importaba, los demás ya hablaban de lo que estaban haciendo en aquel momento, muchos habían tenido familia y trabajaban por sus hijos, Santiago escribía y contaba con algo de nostalgia las historias que habían quedado de las épocas de estudiante, otros habían continuado sus estudios y se dedicaban a la investigación y Andrés, por último, había decidido irse por el camino de la docencia, mientras que hacía uno que otro trabajo como asesor, cosa que le había valido el puesto en el gobierno que ahora tenía. Le molestaba hablar de ello, sobre todo porque no gustaba de la monotonía de la oficina y siempre quiso que le pagaran por leer, pero nunca lo había conseguido. Las anécdotas iban y venían, así como muchas otras historias, chistes, bromas y de pronto, sin que nadie la esperara, ella entró y se sentó al lado de Andrés, pero, a más del enrojecimiento en su cara y el palpitar rápido del corazón, no era algo sobrenatural que se sentaran juntos, al fin y al cabo que no soportaba sentarse al lado de Santiago.
Laura llamó esa noche algo preocupada, se escuchaba triste. Andrés le preguntó qué le sucedía, ella le dijo que se había quedado sin su Santiago. Él se sintió tan confuso como Mario Vargas Llosa escribiendo la trompeta de Deyà, en el fragmento que habla del divorcio de Julio Cortázar, nunca se esperó que la que consideraba la pareja perfecta fuera algún día a separarse. Tanto para Laura como para Andrés fue un golpe fuerte, ambos duraron un tiempo invadidos por la melancolía, mientras Andrés escapaba de la realidad tratando de olvidar amores perdidos e ilusiones rotas antes de nacer: siempre tuvo dos amores en la vida y nunca nada llegó a hacerse realidad.
Una vez, en una conversación con Santiago, le confesó: fue la monotonía, nos cansamos de ser siempre los mismos. De no ser por Camila, quizá estaría siendo infeliz eternamente con Laura. Andrés seguía confundido y se limitaba a escuchar, que era quizá lo único que realmente había aprendido hacer, más por su imposibilidad para hablar que por gusto. De todas formas siempre estuvo en contacto con los dos, pero no importaba qué tan cerca estuviese de ellos, porque serían inalcanzables, ella porque era una mujer hermosa, sociable y con muchos pretendientes mejores que él, Él (Santiago), porque era superior en todo lo que hacía, desde el saludo, hasta los trabajos, exámenes, amores. Vivía con la decepción acariciándole la espalda, pero era un dolor mudo, que no podía tener oídos que le escucharan, y esa era su más grande decepción.
Laura le preguntó cómo estaba, puesto que nunca habían perdido contacto y hablaban con cierta frecuencia, no había que ahondar en detalles o, mejor aún, sólo era necesario contar esos pequeños detalles que se escapan a las historias generales. Le dijo que estaba bien, y simplemente entró en detalles sobre ciertos aspectos de lo que habían hablado el día anterior por teléfono, como que en su trabajo las cosas iban bien y que había encontrado, por primera vez en muchos años, un café tan bueno como el que tomaban en sus tiempos de universidad, o le contaba del cielo de alguna de las ciudades a las que tenía que ir para dictar conferencias que pagaba la universidad en la que estaba trabajando.
A medida que el tiempo iba pasando, llegaba la comida, las copas de vino y, como el que ha sido, no deja de ser, al término de la ceremonia fueron a recordar los tiempos del bar. Una vez allí, muchos dieron rienda suelta a lo que quedaba de su juventud, tomando cuanto les ponían sobre la mesa y otros tomaban algunas copas. Incluso algunos salían a fumar como lo hacían en aquel entonces. Como, incluso dentro de los grupos de amigos existen ciertas preferencias de algunas personas por otras, la mesa se fue dividiendo. Los fumadores estaban afuera, los que gustaban de la política en el centro de la mesa, los filósofos, entre ellos Santiago, se fueron hacia un rincón. Estaban los melómanos, cerca de la barra, donde discutían y pedían canciones al barman y, luego de otros tantos, estaban Andrés y Laura de una mesa hacia otra, como siempre había sido su costumbre.
Ese día Andrés había recibido una paliza argumentativa en un debate con Santiago acerca de algún libro que dejaba muchas cosas para interpretar, parecía que las palabras se limitaran a buscar un medio para salir a decirle que estaba equivocado y el medio fuera la voz potente y llamativa de Santiago. Afortunadamente, ese vicio conciliador de Andrés lo había librado bien de la burla general y la humillación en que pudo haber terminado esa tarde. Sin embargo, al final, cuando se habían despedido y quedado en leer el libro para la semana siguiente en el café literario que solía organizar Santiago y en el que la mayoría de los del grupo se habían conocido, Laura le dijo que prefería su punto de vista al de Santiago.
Finalmente, compartiendo su soledad entre tanta gente, volvieron a hablar, después de todo se entendían muy bien, compartían esos secretos y esas ilusiones que no pueden más que contarse a pocas personas... El tiempo fue pasando y ellos fueron una isla en medio de tanta gente que hablaba de tantos temas.
Esa tarde le había llamado llorando. Una vez más las ilusiones estaban quebradas, como las de él, infortunadamente no quería hablar, así que la conversación fue tan corta que sólo cruzaron un par de palabras y un par de mensajes, para verse en algún momento. Llegado el día, tomaron café. Andrés no había almorzado, pero no importaba porque pensaba que ella valía más que su almuerzo. Charlaron toda la tarde y hasta entrada la noche, bajo el toldo y la luz de esa luna plateada que alumbraba sobre el café, y el frío soplo de Eolo que arreciaba por entonces, comentaron sus experiencias y a Laura le parecía que la vida se acababa, pero aún la esperanza estaba porque tenía un apoyo, un hombro en el cual dejar la decepción para volver a empezar.
De tanto hablar y pasar por tantos temas, llegaron al pasado, y con él, las ganas de caminar se apoderaron de los amigos de años atrás, un camino de nostalgias y melancolía se aprovechaba de sus palabras y las enfocaba hacia algo que en algún momento deberían afrontar. Le preguntó si sabía que gustaba de ella, respondió que si, o por lo menos que lo intuía. Luego hubo silencio, la lluvia empezó a caer despacio, con la dulzura de la brizna. Después fue más fuerte, pero no importaba, porque en sus cabezas aparecía André Bretón gritando que eran un destino y no tenían tiempo para respirar, tampoco para detenerse. Un semáforo los detuvo y él rompió el silencio: ¿Y si la historia pudiese cambiar, te atreverías? Y ella contestó con un beso, mientras se marchaba.
La reunión fue tan aburrida como esperaba que fuera. Evidentemente no muchos se acordaban de él y era molesto tener que contestar a preguntas sobre quién era él, porque, a pesar de que tenía un cargo importante, siempre sucedía que la gente se olvidaba de él con facilidad. Como no había llegado tan temprano como hubiese querido, tuvo que deambular algún tiempo antes de encontrarse con sus conocidos, con sus amigos. Finalmente, en una mesa cerca de la ventana, los encontró, todos estaban allí, Santiago fue el primero en saludarlo y, con sus siempre atinadas bromas, le sacó una sonrisa.
Santiago nunca se desempeñó como profesional en su área, se había dedicado a escribir y así se iba bastante bien. Todos sabían, incluyéndolo, que su destino era la literatura y la filosofía, desde temprana edad había mostrado tener lo necesario para hacerlo. Era también un gran conversador y capaz de tomar una conversación sobre política y hacerla agradable. Andrés, en cambio, vivió y aún vivía a su sombra, puesto que se conocían desde niños y tenían los mismos intereses, pero Santiago siempre fue superior, incluso en hablarle a Laura.
En la memoria de Andrés siempre viviría ese momento en el que dejó de considerar a Laura su alma gemela. Se habían propuesto los tres salir a caminar y tomar un café, como le gustaba a Santiago, pero Andrés, que conocía mejor a Laura, propuso que fueran al museo, cosa que fue aceptada por los otros dos. Entraron en él y Andrés se quedó con la mirada fija en Los Amantes de Magritte, ese cuadro surrealista en el que una pareja se besa, pero sus caras no se pueden ver porque están tapadas con algún tipo de tela, que además cubre la totalidad de sus cabezas. Como si el tiempo fuese eterno, él se quedó allí, percibiendo la obra en todo su esplendor, pensando en tantas cosas que le generaba ese cuadro...
Al voltear, vio que Laura y Santiago se besaban. Su corazón se paralizó y tuvo que luchar con las lágrimas que trataban de salir, desesperadamente. Laura le pidió perdón, no era educado que se besaran delante de él, decía. Andrés dijo que no se preocupara, que no era nadie para impedir la felicidad de dos almas que se reencuentran, como es el amor para Platón, mientras en su mente aparecía esa imagen de Bioy Casares en el cuento En Memoria de Paulina, en la que el protagonista habla con Paulina y ella le dice "esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados", refiriéndose a Julio Montero, un escritor que aspira a ser conocido; el personaje entonces siente que se aleja de ella y piensa que Montero es el personaje menos parecido a ellos, a menos de que se equivoque y realmente él y Paulina no tengan ningún parecido. Luego de eso, se despidieron, era un viernes, así que no se verían sino hasta el lunes siguiente.
Laura aún no había llegado, pero quizá sólo a él le importaba, los demás ya hablaban de lo que estaban haciendo en aquel momento, muchos habían tenido familia y trabajaban por sus hijos, Santiago escribía y contaba con algo de nostalgia las historias que habían quedado de las épocas de estudiante, otros habían continuado sus estudios y se dedicaban a la investigación y Andrés, por último, había decidido irse por el camino de la docencia, mientras que hacía uno que otro trabajo como asesor, cosa que le había valido el puesto en el gobierno que ahora tenía. Le molestaba hablar de ello, sobre todo porque no gustaba de la monotonía de la oficina y siempre quiso que le pagaran por leer, pero nunca lo había conseguido. Las anécdotas iban y venían, así como muchas otras historias, chistes, bromas y de pronto, sin que nadie la esperara, ella entró y se sentó al lado de Andrés, pero, a más del enrojecimiento en su cara y el palpitar rápido del corazón, no era algo sobrenatural que se sentaran juntos, al fin y al cabo que no soportaba sentarse al lado de Santiago.
Laura llamó esa noche algo preocupada, se escuchaba triste. Andrés le preguntó qué le sucedía, ella le dijo que se había quedado sin su Santiago. Él se sintió tan confuso como Mario Vargas Llosa escribiendo la trompeta de Deyà, en el fragmento que habla del divorcio de Julio Cortázar, nunca se esperó que la que consideraba la pareja perfecta fuera algún día a separarse. Tanto para Laura como para Andrés fue un golpe fuerte, ambos duraron un tiempo invadidos por la melancolía, mientras Andrés escapaba de la realidad tratando de olvidar amores perdidos e ilusiones rotas antes de nacer: siempre tuvo dos amores en la vida y nunca nada llegó a hacerse realidad.
Una vez, en una conversación con Santiago, le confesó: fue la monotonía, nos cansamos de ser siempre los mismos. De no ser por Camila, quizá estaría siendo infeliz eternamente con Laura. Andrés seguía confundido y se limitaba a escuchar, que era quizá lo único que realmente había aprendido hacer, más por su imposibilidad para hablar que por gusto. De todas formas siempre estuvo en contacto con los dos, pero no importaba qué tan cerca estuviese de ellos, porque serían inalcanzables, ella porque era una mujer hermosa, sociable y con muchos pretendientes mejores que él, Él (Santiago), porque era superior en todo lo que hacía, desde el saludo, hasta los trabajos, exámenes, amores. Vivía con la decepción acariciándole la espalda, pero era un dolor mudo, que no podía tener oídos que le escucharan, y esa era su más grande decepción.
Laura le preguntó cómo estaba, puesto que nunca habían perdido contacto y hablaban con cierta frecuencia, no había que ahondar en detalles o, mejor aún, sólo era necesario contar esos pequeños detalles que se escapan a las historias generales. Le dijo que estaba bien, y simplemente entró en detalles sobre ciertos aspectos de lo que habían hablado el día anterior por teléfono, como que en su trabajo las cosas iban bien y que había encontrado, por primera vez en muchos años, un café tan bueno como el que tomaban en sus tiempos de universidad, o le contaba del cielo de alguna de las ciudades a las que tenía que ir para dictar conferencias que pagaba la universidad en la que estaba trabajando.
A medida que el tiempo iba pasando, llegaba la comida, las copas de vino y, como el que ha sido, no deja de ser, al término de la ceremonia fueron a recordar los tiempos del bar. Una vez allí, muchos dieron rienda suelta a lo que quedaba de su juventud, tomando cuanto les ponían sobre la mesa y otros tomaban algunas copas. Incluso algunos salían a fumar como lo hacían en aquel entonces. Como, incluso dentro de los grupos de amigos existen ciertas preferencias de algunas personas por otras, la mesa se fue dividiendo. Los fumadores estaban afuera, los que gustaban de la política en el centro de la mesa, los filósofos, entre ellos Santiago, se fueron hacia un rincón. Estaban los melómanos, cerca de la barra, donde discutían y pedían canciones al barman y, luego de otros tantos, estaban Andrés y Laura de una mesa hacia otra, como siempre había sido su costumbre.
Ese día Andrés había recibido una paliza argumentativa en un debate con Santiago acerca de algún libro que dejaba muchas cosas para interpretar, parecía que las palabras se limitaran a buscar un medio para salir a decirle que estaba equivocado y el medio fuera la voz potente y llamativa de Santiago. Afortunadamente, ese vicio conciliador de Andrés lo había librado bien de la burla general y la humillación en que pudo haber terminado esa tarde. Sin embargo, al final, cuando se habían despedido y quedado en leer el libro para la semana siguiente en el café literario que solía organizar Santiago y en el que la mayoría de los del grupo se habían conocido, Laura le dijo que prefería su punto de vista al de Santiago.
Finalmente, compartiendo su soledad entre tanta gente, volvieron a hablar, después de todo se entendían muy bien, compartían esos secretos y esas ilusiones que no pueden más que contarse a pocas personas... El tiempo fue pasando y ellos fueron una isla en medio de tanta gente que hablaba de tantos temas.
Esa tarde le había llamado llorando. Una vez más las ilusiones estaban quebradas, como las de él, infortunadamente no quería hablar, así que la conversación fue tan corta que sólo cruzaron un par de palabras y un par de mensajes, para verse en algún momento. Llegado el día, tomaron café. Andrés no había almorzado, pero no importaba porque pensaba que ella valía más que su almuerzo. Charlaron toda la tarde y hasta entrada la noche, bajo el toldo y la luz de esa luna plateada que alumbraba sobre el café, y el frío soplo de Eolo que arreciaba por entonces, comentaron sus experiencias y a Laura le parecía que la vida se acababa, pero aún la esperanza estaba porque tenía un apoyo, un hombro en el cual dejar la decepción para volver a empezar.
De tanto hablar y pasar por tantos temas, llegaron al pasado, y con él, las ganas de caminar se apoderaron de los amigos de años atrás, un camino de nostalgias y melancolía se aprovechaba de sus palabras y las enfocaba hacia algo que en algún momento deberían afrontar. Le preguntó si sabía que gustaba de ella, respondió que si, o por lo menos que lo intuía. Luego hubo silencio, la lluvia empezó a caer despacio, con la dulzura de la brizna. Después fue más fuerte, pero no importaba, porque en sus cabezas aparecía André Bretón gritando que eran un destino y no tenían tiempo para respirar, tampoco para detenerse. Un semáforo los detuvo y él rompió el silencio: ¿Y si la historia pudiese cambiar, te atreverías? Y ella contestó con un beso, mientras se marchaba.
lunes, 14 de noviembre de 2011
La guerra y su tristeza
Afuera llueve, pero no puedo disfrutar de las gotas y el frío, hoy no tengo ganas. Tampoco puedo dormir para verificar si se duerme mejor cuando llueve, porque no tengo sueño. Hace días que no duermo, no porque no me sienta cansado, sino porque mis ojos no se cierran, o lo hacen sólo por unos instantes y hay un pitido en mi cabeza todo el tiempo: el sonido de las bombas deja secuelas.
Cuando esto empezó, a nadie se le ocurrió que podía durar tanto, del mismo modo, quizá por la confianza que hay cuando es uno quien empieza la guerra, que podríamos perder. Vi cientos de personas enlistarse, movidos por lo que llamaban el orgullo patrio, unos, otros por fama y dinero, por mujeres, o el simple sabor de la sangre en el acero y la adrenalina de arriesgar la vida. Con el tiempo, los desfiles por los héroes fueron disminuyendo y, casi en la misma medida, iban aumentando el alistamiento de reclutas sin su consentimiento; cualquier persona después de cierta hora, se convertía en héroe.
Las noticias hablaban de batallas ganadas y de un fin próximo para la guerra, sin embargo, era imposible ocultar la verdad, las casas empezaban a estar deshabitadas, los niños crecían sin padres, los intelectuales corrían al exilio... Sólo unos pocos lográbamos escondernos del honor de luchar por un país que tomó decisiones con las que no estábamos de acuerdo.
El tiempo continuó su camino y, de la nada, empezaron a aparecer tanques y camiones, soldados enemigos rodeaban casas y edificios, pueblos e incluso ciudades enteras. Se veía a los niños correr entre los escombros, buscando algo con qué jugar y a las madres, haciendo lo mismo, buscando qué comer. Ya las noticias no mentían y el gobierno enviaba lo que llamaba su "última esperanza", el cuerpo diplomático, o lo poco que quedaba de él, puesto que muchos habían partido hacia algún otro lugar del mundo cuando todo empezó. No resultó. La rendición y el cese de hostilidades no era una opción, ni siquiera para ser tomada en consideración. Los gobernantes huyeron y, hasta donde supe, puesto que con el paso de los días los medios fueron intervenidos, para después ser sacados del aire, habían sido capturados y llevados a muchas las prisiones del enemigo.
Sumidos en la total anarquía, muchos se convirtieron en soplones, denunciando a quienes conspiraban contra la instauración de un nuevo gobierno, muchas veces con falsas acusaciones y pruebas, la situación lo ameritaba. Yo me limité a huir, a esconderme entre los escombros y cambiar de sitio todos los días, en ese tiempo era peligroso incluso estar con lo que muchos atinaron a llamar el nuevo régimen.
En los últimos meses, cuando ya empezaban a hacerse los arreglos para la posesión del nuevo gobernante, di con un grupo de personas que, como yo, huía, pero que querían ser héroes, eso decían. Estaban bien informados y pensaban que la invasión acabaría en el momento en que el pueblo hiciera frente de forma pacífica ante el país invasor, el que ahora se adueñaba de nuestro suelo. Pensé que se podría creer de nuevo, que existía esperanza, así que me uní a ellos y, el día de la posesión, marchamos quienes quedábamos, unos pocos hombres, algunas mujeres y niños, muchos niños, que, al llegar corriendo a abrazar a los soldados de una patria distinta, fueron recibidos con el calor del fusil y el fuego de las granadas de fragmentación. Los cuerpos caían, uno a uno, mientras las personas, que ahora eran blancos de práctica de tiro, corrían buscando algún tipo de refugio. Quedaron algunas pocas fotos de recuerdo, incluso hay una mía, que me valió la entrada a la lista negra del ejército y el título de terrorista.
Ahora tengo una granada en la mano y pienso morir por una patria ya desaparecida, pero, incluso cuando no se tiene nada que perder, uno puede sentirse triste.
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