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viernes, 17 de julio de 2015

Perséfone

De pronto, el silencio retumba en mis oídos y no veo forma de escapar. Siento el frío invadiendo cada poro, y el olor de tierra mojada se mezcla con el gusto del vino que no termina de añejar. Dentro de mí, voces luchan desesperadamente por escapar, por salir y terminar con la presión de guardar aquel silencio mezclado con sangre y lágrimas, que sigue derramándose sobre la habitación en que solíamos estar.

Un ruido sordo me acompaña en cada paso; debo escapar, pero cada camino que encuentro se encuentra cercado por un guardián: un silencio; unas voces, culpables, que tratan de huir a un más allá; un silencio de sangre y lágrimas, un gusto a vino y el olor a tierra mojada, que se entrelazan y se unen en la más profunda oscuridad: el grito culpable del que debe callar. La muerte. 

Sigue allí, desvanecida, mientras evito pensar, ver su delgado cuerpo de mujer, saberme suyo por un momento de éxtasis que no se repetirá. Una calma insoportable se aproxima como niebla, mientras su figura se esfuma, lentamente, y se funde con esta oscuridad que pronto terminará por consumirme, por volverme ruido sordo y silencio, tierra mojada y vino; voces y silencio, sangre y lágrimas, las mismas que aún alcanzo a ver sobre su rostro cadavérico, sobre sus cuencas vacías, solitarias como quien la mira, como quien la amaba... Como yo, que ahora la pierdo, con cada palabra, con cada silencio.

Su cuerpo, ya putrefacto, se aliviana, se vuelve humo y tiene olor de almendras. No cabe duda de que se va, se pierde en la nada que quedó tras los acordes tristes del piano que alguna vez tocó. Apenas es posible entrever su silueta, que desaparece lentamente entre las palabras calladas de aquellas voces. Sangre y lágrimas se apagan, y gota a gota, crecen la oscuridad y el silencio.

Un negro profundo invade la habitación y ya no es posible verla. Sólo queda el vago recuerdo de su cuerpo desnudo y blanco sobre el piso. El olor a tierra y vino se ha desvanecido con la última de sus miradas tristes, vacías. No hay más ante mí que el fantasma de sus cuencas, su espalda desnuda y blanca. Y su silencio, jamás podré olvidar su silencio.

Aún debo escapar, pero ya no desespero. Una calma insoportable se ha apoderado de este espacio, que descansa como un cementerio. Un silencio apaciguado ha invadido mi cuerpo y sólo me recuesto. No hay más salidas ni parece haber algún escape. Las voces han callado y no queda nada más que esperar.

Entonces, ella vuelve.

viernes, 27 de julio de 2012

El mañana

Me gusta despertar con la incertidumbre del mañana, sin saber si después habrá algo más, sintiendo cómo debo tratar de aprovechar este presente que presenta las presencias abandonadas de los días: mañanas y ocasos, las noches desprendidas de la esencia industrial con que miramos la jornada, para muchos laboral. Me gusta despertar e imaginar, imaginarme en mundos diferentes, los míos, viviendo la utopía; sólo para darme cuenta de su imposibilidad, para seguir imaginando y encerrándome en el círculo vicioso de una soledad psíquica e inverosímil.

Pero hay días en los que me siento triste, tampoco es gratis soñar, la tristeza se presenta con un halo místico y obscuro con cara de realidad, con cara de improbable, de estúpido, con cara de botella de vidrio sobre mi cabeza y sangre, recordándome que habrá muchas cosas que no podré hacer, jamás. Sin embargo aprecio esos días y, debo confesarlo, también los disfruto y los agradezco, son el escape a mi cotidianidad.

Odio el latir de mi corazón y la respiración agitada, el detestable malestar en el estómago que producen las grandes emociones y el sabor a sangre sobre mi lengua cuando me golpean. Pero sobre todo odio la incertidumbre de no saber qué pasará, lo que resulta contradictorio porque me produce un placer cuasi orgásmico la emoción de lo desconocido, la necesidad de saber. Todo resulta siendo un permanente sinsentido, nada importa en la medida en que no tiene una explicación lógica o coherente.

De todas formas, hoy me emociona de manera preocupante y me produce una preocupación emocionante saber qué será de mí en relación contigo: todo se junta y es un amoroso odio el que me produce pensarlo.

Pero mañana... mañana estaré llorando porque te vas sin explicación y saldré a caminar absorbiendo la polución como aire puro y dejaré que mis pensamientos vuelen con los pasos lentos de la ciudad, de los ladrillos y el sonido de aceleradores y frenos, de insultos. Tomaré la seria actitud de esperar un momento y me enfrentaré con el peor de mis demonios: yo mismo. Porque érase una vez la víctima y tuvo que convertirse en victimario, porque érase una vez el victimario y se convirtió en víctima, porque érase una vez la luz y se oscureció, y no importó, la noche seguirá siendo noche aunque la luna se esconda, aunque las estrellas huyan tras los bastidores que son las luces de la ciudad.

Mi mañana es un hoy que se vuelve ayer, mi tiempo es una serpiente en espiral, mordiéndose la cola, mi melancolía es una alegría reprimida de conocer la verdad: mis ojos están rojos de tanto arder, mi corazón es un trozo de tela remendado, mi cabello es libre y desordenado, desordenadamente libre, y mi mirada engendra sueños que nunca serán, por eso sonrío, porque lo que vendrá habrá de ir más allá de mis sueños.

martes, 3 de enero de 2012

La huida

Ella no ha llegado y yo no sé qué hacer. Tal vez por la ansiedad de sueños imposibles y de auroras estrelladas que plantan mi silencio como campos áureos en la primavera, florecen acordes que rompen cristales y congelan ánimos que no son míos.

Yo, disparando a la luna con mi palabra escondida bajo los silencios, mi guitarra escondida en la ocarina, o en la boquilla de la trompeta desaparecida entre los vientos de mis melodías, perseguidas por las voces, la melancolía y la nostalgia contagiadas por el desamor, por el pasado que juega al intento absurdo de arremeter contra mi voluntad. La frase se pierde en las nubes de tu pelo y admira el dilema moral de las noches de ausencia: ¿qué harás? -cantan las voces- Corre, dice el corazón, espera- comenta la razón.

Otra vez me persigue el ángel desaparecido, las noches se hacen largas por el insomnio, las palabras se gastan y sólo queda el polvo que se mezcla con el pasado. Ella no ha llegado y el problema, parece, se va a solucionar solo. El porqué de las ansias se acaba lentamente, como el vino de la copa, como la arena del otro lado del reloj y la memoria persistente de Dalí. Ya no quedan ganas de pensar o sentir, sólo de ser, igual que siempre.

Ahora depiértame, dice mi voz, clamando por el insomnio del que la mente escapa, que la imaginación añora y que el nuevo año despide. Ella no ha llegado, pero yo ya me fui, para siempre, para nunca regresar.

martes, 20 de diciembre de 2011

Yo no estoy aquí

Yo no estoy aquí, y no es porque no quiera, sino porque nadie me ve. Cada mañana es una tortura; salgo a caminar y la gente que pasa a mi lado hace como si no estuviera ahí, quizá es que realmente no lo estoy, no tienen problema en atropellarme sin pronunciar palabra, en pisarme o pasar por encima mío, como si de algún objeto inanimado se tratara.

No estoy en algún lugar ni aún cuando grito, aun cuando me despedace contra el concreto de los postes de luz y las manchas de sangre adornen el piso con ese color rojo que me recuerda la época en que puedo decir que vivía. Acá no hay nada, nada lo vale, quizá por eso es que no estoy para ellos, porque este no es mi lugar.

Sucede que me canso de ser hombre, como diría Neruda, porque mi mundo no es el de los humanos, no es el de la gente que camina sin verme, que grita bajo la lluvia la maldición de no llevar una sombrilla. Mi mundo es la fantasía de morir con cada gota que cae para nacer en otros mundos, donde el cemento no es tan gris, ni la vida una rutina.

 Por eso, cuando las nubes se juntan para azotar la monotonía de esta vida, mi corazón se alegra y ya no importa si me pasan por encima, si me ignoran, porque en ese momento soy realmente yo quien está parado sobre mis pupilas, caminando entre las nubes y las gotas, que son clepsidras que miden mi imaginación.

La sangre que derramo sobre el suelo se limpia y las penas agonizan en los charcos, mientras en mi ropa mojada nacen sueños que regalo en cada escrito, en cada pensamiento, que dejo en todo lugar. Cada hombre, entonces, es un mundo al que quiero llegar, aunque sea hostil y no me acepte, aunque no me vea y me pisotee.

Cuando llueve, soy yo, pienso, luego existo, como diría Descartes.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El ave en tu mirada.

Nos perdimos en las alas del ave que llegaba, escapando, por la ventana. Entonces jugábamos a amarnos y tu decías que ya no me querías, yo soñaba.

Soñaba con tu sonrisa y tus ojos verde miel, esos ojos con los que me mirabas indiferente, a veces, otras tiernamente, como si en tu mirada no fuese más que un juguete con el que engañas al tiempo que te miente, mientras mil lágrimas caen al agua, al centro de mis ojos mientras llueve.

Te extraña que no te escriba, dices, porque piensas que mi amor por ti no piensa, no vive: no sólo de la palabra vive el hombre y menos el cariño que siento.

Tu sigues jugando a que te llevo rosas,no ves que las rosas son hermosas por ser rosas, por no saberlo; y tu serás hermosa y amada aunque no te las lleve, aunque llegue mojado y llorando, evitando tu mirada. Eres hermosa porque te sueño y eso es lo que importa, aunque no comprendas, aunque te quedes en aquellas pequeñas cosas, como el aspecto de mi cara, de mi existencia triste y pura.

Yo, sigo pensándote y esperando a que comprendas que el amor es como el ave, vuela libre, se expresa de acuerdo con su naturaleza y no siempre es hermoso, no como lo esperas, no como lo entiendo... Es incomprensible, y tu te quejas, yo me siento y las lágrimas escapan con el rocío de la mañana, el recuerdo se queda y duele, como el frío en los dedos de tus pies cada mañana.

El ave baja y sigo perdido en sus alas, te pierdes en mi mirada, me pierdo en tu sonrisa, hermosa, blanca. El ave baja y la miras, y yo trato de encontrar el momento que buscabas, cuando nos perdimos en sus alas.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Belleza inalcanzable

Sabes?, quería dedicarte una canción, la más bonita del mundo, entonces lo valías. Quería contigo construir ese mundo que soñábamos mientras despertábamos de tantas amarguras que juntos pasamos. Esperaba escribirte largas horas y contarte las historias más hermosas, luego de hacer el amor, aspiraba a que fueses mía y yo tuyo, mientras leíamos alrededor del mágico fuego que habitaba en la chimenea; te amaba.

Te fuiste, y contigo desapareció toda mi esperanza, se fueron los libros, las hojas y las palabras. La casa se llenó de sombras y brotaron amargas lágrimas y crudos pensamientos; volaron los acordes y el silencio reinó. Mi mirada no fue la misma y de mi corazón no volví a saber. El tiempo se detuvo en el instante en que mi razón se perdió y Vesta se alejó de la chimenea, enfriando lo que alguna vez fue tu hogar. Fui consumiendo todo aquello que quedaba, caí en la bebida y dejé entrar las alimañas, para que alguien me esperara, en caso de volver.

Salí, sin ánimos de volver y, cada noche, a la luz de los bombillos en las calles, te recordé, con tu mirada cristalina y sincera, con tu cabello negro, como mi alma, y acompañado del más inmundo licor. Recuerdo que alguna vez te vi, lucías radiante, como una estrella que jamás alcanzaré... Y entonces lo entendí: no eras para mi. Caminé despacio y, con el frío citadino, calmando el ímpetu, pensé: sólo vivo por ti.

Espero que alguna vez leas esta carta, pues de mi no sabrás más.

miércoles, 27 de julio de 2011

Libertad I

Me despido de ti y vuelvo, a la citadina realidad para decir que soy libre.

Y no libre con la libertad del esclavo, del poeta que escapa a los modelos, a los esquemas y las reglas. Mi libertad es de alas de mariposa negra y azul,  de alucinaciones de psilocibina y medicina espiritual, de carpas y paseos y de eternas caminatas entre los potreros en que los gigantes duermen cual filósofas piedras silenciosas que adornan las montañas.

Mi libertad, es de fuerza hídrica, de río salvaje que se lleva los problemas y los deja desaparecer. Es ella de fuego que fortalece y cura las heridas de la vida, de la trágica realidad en que te sueles ver. De aire que te eleva, dándote ímpetu, y de tierra que te enseña la forma de renacer, de salir del fondo que has cavado con tus manos y tus actos, con tu forma de ser y tus culpas reprimidas. Mi libertad es mito y rito, es historia griega y romana, literatura sufí y naturaleza. Es papel quemado de emociones vanas, pero verdaderas que se queman, tras decepcionarte, para fortalecerte...

Me despido de ti, antiguo yo, para decirte que regreso, a citadina realidad gritando en lo alto de la montaña, con el más puro sentimiento: ¡LIBERTAD!

miércoles, 27 de abril de 2011

Amor de colegio

¿Lo recuerdas? Tu mirada me dice lo contrario, parece que te olvidaste de todo lo que hizo para que tu dijeras "tal vez" y sus ojos se encendieran como el bombillo tras el impulso que envía la mano al interruptor. Me parece verlo alcanzarte cada libro, cada caja, cada papel... Su vida gira en torno a ti, mientras tu disfrutas que él te cargue la maleta y te haga las tareas. Te sientas y lo ves ahí, tan esmerado por complacerte, esperando el brillo de una cálida mirada, tierna como nunca, que no sale de tus ojos, que sólo lo ven sentado, con una mala postura y un lápiz que va de un lado para otro, escribiendo garabatos que no te interesa entender, total, tu belleza te lleva a donde quieres, sus acciones a donde necesitas. Quizá sea por eso que los veo y siento lástima por él, en realidad es brillante y se desperdicia a tu lado, a tus pies arrodillado cuando le haces un desplante diciendo que lo sientes, que no recuerdas que hubiesen acordado una cita esa tarde, o cuando le llamas en medio de la noche para que te ayude con alguna investigación, alguna consulta. Veo su mirada triste cuando me dice que te olvidaste de su cumpleaños, pero que ya te acordarás y entonces será el mejor día de su vida; su forma de actuar que sigue enredándose con cada paso de esos rojos zapatos tuyos y la jardinera desarreglada con que siempre vas vestida, menos los viernes, en que llevamos la sudadera de color azul y blanco de algodón.

Apuesto a que no recuerdas que fue él quien te defendió, cuando eras abiertamente culpable porque habías dañado la chapa de la puerta del salón, para que nadie entrara y te viera con ese tipejo de once. Dijo que había sido quien rompió la llave dentro y se llevó una suspensión; todo por tu causa, mientras tu reías con tus mechones de cabello rubio oxigenado, abrazada al tipejo de once que decía que te amaba sólo cuando otros estaban, igual, no importaba porque para ti no era más que otro que siempre se reemplazaba. ¡Pero es que ella lo vale loco!, siempre decía, aunque todos nos juntáramos para decirle que no, que no lo vales, que no eras para él, que dejara de ser iluso... Nunca entendió.

Recuerdo que te escribía cartas que nunca te entregó, en ellas siempre escogía una vida diferente para los dos, unos días espías, otros astronautas, otros desempleados. Mencionaba lo mucho que se amarían, la casa en la que vivirían, las tardes de domingo que gastarían en caminar de la mano por el parque, bajo el arrullo del tierno sol de la una de la tarde. Hablaba de los hijos, tus hijos, los que llevarías por nueve meses y que serían la mayor de las alegrías. No se animó nunca a entregártelas, aunque intentamos hacer que lo lograra, para matar de una vez por todas la falsa ilusión. Por entonces ya no lo usabas para tus planes académicos, tu cuerpo se había formado y tus ojos claros atraían las miradas de otros genios, o estudiosos, que lograban mejores resultados para ti. No habiendo nada que los acercara, su mirada fue aún más triste y distante, su vida se desvaneció.

Y ahora que te encuentro, años después, quizá diez, o quince, veo que no me equivoqué la noche aquella en que le dije, con los ánimos exaltados por la absurda obsesión suya por ti, que terminarías mal, que no habría un real futuro tuyo, que tu cuerpo no te llevaría lejos, como siempre pretendiste. Estoy seguro de que él hubiese desistido de esa idea si te viera como hoy te veo a ti, si hubiese esperado un tiempo, quizá seguiría aquí y no hubiese tomado esa bala vieja que estaba en el fondo del cajón en el que escondíamos todo aquello que nos era importante. No hubiese buscado el viejo revólver que su padre y hubiese jugado a la ruleta rusa, mientras dejaba una nota esperando que nunca la leyeras, otra de esas cartas locas que siempre te escribió. Quizá estuviese acá, conmigo, riéndose de tu dolor... Te estoy viendo allí, en medio de la calle, con tu cuerpo consumido, desgastado por el trajín de tu burdo presente, de tu pronto porvenir; tus piernas amoratadas, tus labios excesivamente pintados, tu cabello dañado por el uso de químicos y cosméticos y tu mirada triste, ida, disfrazada por lo obscuro de la noche y el traje de lentejuelas y brillantes que no se acomoda a tu figura natural. Ahí está el fruto de tus acciones, mujer, la vida te pasó la cuenta de cobro por todo aquello que hiciste. Y, sin embargo, puedo apostar que no recuerdas al niño aquel que siempre estuvo tras de ti, esperando una mirada compasiva, para poder vivir.

martes, 5 de abril de 2011

Pensamientos de día gris

Días grises como calles de cemento, 
como infiernos congelados en tiempo siniestro,
increíblemente ajenos, lentos,
como el pasar del tiempo 
ante los sufrimientos
que derrama tu alma en un etéreo invento...

Juegan días grises con tu genio,
con tu inocencia de espejo
argento, de silencios desesperados
que huyen sin un destino
en medio del mundo devastador.

El paisaje se ve apagado
y te preguntas por qué razón
te sientes solo en esa habitación,
en esa casa, en ese mundo sin pasión,
de sinrazón y televisión
que te idiotiza y te toca con imágenes de amor,
de sentimiento y pudor, sufrimientos
infinitos y ánimas llorando, grande maldición.

Luego horas y minutos,
tiempo perdido en esa situación
de estar mientras no estás, solo
y perdido en vidas sin razón,
en lecturas de principios
que no sirven para nada y no dan la solución...
Como si todo fuese nada te levantas y no hay aceptación,
sólo un vacío inmenso
como el del corredor
de la iglesia, de la casa de Dios,
para el hombre que ya perdió la fé,
que en vida ya murió.

Finalmente te acuestas y allí está la depresión,
sigues estando solo en la habitación,
con multitudes abucheándote porque no tenés razón,
porque no eres más libre que el sol
porque todo ha de acabarse, incluso tu ilusión
ahora depresión, melancolía y desamor
por esa vida insulsa que te tocó,
vida de ser un libre encadenado
al arbitrio de señores ya no divinos, mas humanos
que te obligan a quedarte siendo una imagen del dolor.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Gris

Saliste en la mañana y viste que el cielo estaba de color gris. Hacía frío e ibas tarde a ninguna parte, siempre caminando rápidamente, con la chaqueta abrigándote y pensando que días como los de hoy no son aptos para la existencia.

Caminaste a través del andén, gris también, y escuchaste el ruido de los autos, de los buses y las personas, mientras veías la pálida luz del sol posarse sobre las tejas y las esquinas de las cornisas de los edificios, dando un viso de aburrimiento a los pájaros, copetones y palomas, haciendo que el gris-óleo de sus alas se hiciese más evidente. Te diste cuenta de que tenías un dejo de tristeza que se acrecentaba a medida que pasabas en medio de gente que trabaja o estudia, o no hace nada y que toma café, mucho café, que es calentado en olletas y en grecas que también son de color gris; de que tu melancolía se tornaba insoportable a medida que veías el blanco y negro, componentes esenciales de ese odioso color gris, de tu reloj, cuyas grises manecillas que brillan con la luz hedionda del sol, van pasando lentamente en un continuo tic-tac que se alarga y se acorta con la profundidad de tu mirada posada sobre el gris de las plazas y los parques, de los cementerios y, en general, la ciudad, todo ese mundo que has estado recogiendo desde que saliste de tu casa, tomaste las blancas sábanas y tendiste tu cama, viendo que el cielo se teñía de gris, junto con tu ánimo y tus ganas de vivir. Después te diste un baño, mirando el pálido color de la pintura, de las losetas y las baldosas, y fuiste sintiendo cómo tu ánimo se transmutaba en una mirada fría y distante, como el día que empezaba; saliste y tomaste un té, recuerda que el café te recuerda la rutina, que, curiosidades de la vida, asocias siempre con el color gris en que se tornan las miradas de la gente que no te ve al caminar, que te ignora y que, incluso, te insulta cuando tropiezan contra ti.

Entraste después a la iglesia, buscando algo de paz mental, de tranquilidad, o de emoción, te sentaste en la banca de madera de color café y escuchaste, a la luz de las pocas bombillas blancas, como las del hospital, lo que decía la homilía, sin embargo, no obtuviste nada, no tenía sentido repetir con otras palabras lo que dice el evangelio; y así se hizo evidente que todo se tornaba gris a medida que avanzabas por el centro de la nave en que se ubican las bancas, con ansias de salir.

Estando, una vez más en la calle, oíste las tristes notas del hombre del saxofón, plateado y gastado y viste en su estuche las grises monedas; caminaste hasta la plaza por la calle gris y, mientras avanzaste hacia tu destino inmediato, viste a la gente tornarse gris. Así, viste que también tu eras gris, de forma que sólo dejaste de vivir.

lunes, 14 de marzo de 2011

Instante de miseria emocional

¿Lo recuerdas? Estábamos allí los dos, tomábas un café, yo prendía un cigarrillo. Hablábamos del mundo y sus histerias, del reencuentro tan esperado, de tus manos y tus pies, dignos de ser tocados, de ser instrumento para llegar al alma del desesperado con música de jazz, con cisnes y cascanueces y otros tantos ritmos que acostumbras a bailar.

Recuerdo también que pensaba en versos de Benedetti, "mi estrategia es, en cambio, más simple y más profunda. Mi estrategia es que un día, no sé cuándo, ni sé con qué pretexto, por fin me necesites", mientras me contabas que estabas triste, que te había dejado, que le extrañabas. Yo sentía que era falso, que me necesitabas, si no no hubiese habido razón para tu llamada. Mi emoción se perdía en las miles de líneas con que el humo perdía su forma, siempre tranquilo, siempre atento, vigilando cada uno de tus movimientos.

Me despierto en las noches con ese, tu recuerdo de ojos de ébano triste, ausente, con la mirada tan tuya, perdida en el horizonte de los sufrimientos y las decepciones que debes pasar; a mi no me interesa eso, importas tu y que yo ya no te tenga, aunque nunca te haya tenido. El amor, el amor explota amada mía y se pierde en la eterna noche de mis pensamientos, como una gota que cae al mar, como la hoja que cae en las tardes de otoño, un otoño infernal del que tu haces parte, al que quiero regresar.

Me dijiste que esperara, que cerrara los ojos un instante, luego me besaste y entonces sentí tus labios càlidos, luego tibios, después fríos, como el viento que soplaba haciendo volar mi cabello, llevándolo con él... Era el viento, tu lo saludabas y las lágrimas perdidas en tu cara se volvían hacia tus labios, esbozando una sonrisa que fue más una burla que tu me preparabas; mi corazón se rompía, el amor explotaba en el vuelo de mil cuervos que, silentes, esperaron en mi cama, allí, en la cabecera, diciendo "nunca más, nunca más".

Cada vez que lo pienso más te odio, describo tu mirada y me doy cuenta de cada una de las cosas graves que pasaron esa vez con ese café. La ciudad se desdibuja para revelarme esa mirada ausente, que se fija en él, siempre presente, siempre atento, cruzásdose en tu camino y en el mío; una risa inesperada que despierta tus sentidos y a los míos, adormecidos, se les pasa y les esconde ocultando la verdad. Allí está él, ahí lo veo, nunca te dejó, jugaron los dos conmigo.

Mujer, eres perversa, de movimientos fríos, calculados, de señales escondidas y de inventos inesperados. Tu lo hiciste, lo planeaste, mi tristeza es regocijo para toda tu alegría. Te odio, adiós. Tu estrategia fue más simple y más profunda, yo si te necesito.

martes, 1 de marzo de 2011

La decepción del escritor

Libros y letras, letras y libros, palabras, escrituras extrañas, garabatos, curvas, líneas, frases, enunciados, oraciones sin sentido, o de sentido confuso, apartado de la realidad. Cuentos, novelas, fábulas e historias que pierden tu tiempo y el mío, que pierden la vida y la sumen en la peor de las realidades: el sueño, sueño de ti y de mi debajo de un árbol, besándonos, diciéndonos cosas tiernas, hermosas...

Carboncillo, tinta china, tinta ordinaria y pergamino, papel, periódicos en que dibujo y desdibujo mi realidad, mi yo y mi otro yo, el alter ego que aparece venciendo sus temores, confrontando sus decisiones, olvidando sus sentimientos, logrando sus metas. Frases de otros que mencionan tu vida y la mía, y la de otros miles y millones que leen a los inmortales, a los perdidos en las bibliotecas y a los que aparecen en las noticias. Opiniones y discursos que a nada llevan porque cada quien pretende imponer su criterio y no escucha, o escucha para sentirse bien, para satisfacer esa razón instrumental con que suelen moverse los individuos por los caminos de la vida, tan difíciles de andar.

Principios, nudos y desenlaces de reales historias que plasmas en papel para complacerla y recibir una bofetada, o, peor aún, la indiferencia de ser leído y no expresar nada, no generar nada más que verte pasar en la calle y que ni siquiera saludes.

jueves, 17 de febrero de 2011

Memoria de tarde gris.

El tiempo nos dejó encontrar siempre en el mismo lugar, en la mismas tardes grises y lluviosas, despaciosas como caracoles que luchan, ingrávidos, con la pendiente cerca de las casas con jardines, ya inexistentes. Miraste mi presencia, era absurda, pero te gustaba, quizá porque no importaba a nadie más que a mi, más que al destino que me obligaba a estar así frente a ti.

Las casas y los edificios pasaban ante nuestros ojos a velocidades que no podemos correr, sólo experimentar en cajas de latón y aluminio, de fibra de vidrio o carbono, las veías mientras mi mirada iba concentrada en un camino a ninguna parte que recorríamos con ansias, añorando una recta infinita que nunca llegaría, entre tanto yo te preguntaba sobre tus sueños, tus logros, tus aspiraciones... No contestabas, no contestabas porque a lo mejor sabías que no saldría de este agujero de rostros igualados por leyes de papel y manos invisibles reguladoras del mercado, no respondías porque, de pronto, estábamos cruzando la puerta del sitio aquél que sugeriste y pedías café con pan francés, que comías ausente de ganas de conversar, concentrada en la mancha que se expandía en tu pantalón blanco que presentaba señas de haber pisado charcos. Pienso que no contestabas porque no valía la pena contestar, porque todo siempre paraba, en tu vida, en el mismo lugar.

Quizá fuese por eso que, al llegar a la casa esa con el matorral en la entrada, ahí donde te saludaban como si lo habituaras, luego de decirme que pasara, que diera el dinero por la entrada y pidiera una habitación sencilla, y que yo me negase a acompañarte, simplemente dejaste de hablar. Te pregunté qué pasaba y vi en tus ojos de cristal pulido cómo tu corazón lloraba, porque, un instante siquiera, pensaste en otra posibilidad y se apoderaba el arrepentimiento de tu razón. Llorabas desnuda sobre la cama, eso me contaron, por mi roto corazón y yo entonces renunciaba a estar a tu lado en una cama, porque, a fin de cuentas, jugaba a que era el caballero y a que tu eras mi princesa inmaculada, ésa era la razón de no haberte acompañado en esa tarde acompasada por las gotas de café que caían sobre tu pantalón.

El tiempo dejó de encontrarnos en ese horrible lugar, porque otros tendrán tu beldad, tu bondad, tu cuerpo flexible e inanimado, cansado de llorar.

viernes, 11 de febrero de 2011

Descripción de un instante de desesperación.

Una llamada, una carta, un aviso, un mensaje, cualquier cosa, te avisa que va, que viene, que esperes y tu le crees porque su tiempo es valioso, porque el tuyo no es nada si no estás a su lado siquiera un instante, siquiera un momento que será gratificante.

La mente te mata, te obsesiona con remordimientos, con cosas por contar, con soledades infinitas entre ríos de personas. El pensamiento te acobarda, te consume, te vuelve loco con esa sensación de vacío, de eterno desvarío y falta de coherencia, de ganas de escapar y no quedarse con eso adentro; una necesidad. Pero una necesidad que no es física, que es mental o, quizá, espiritual, que es de ti y para ti, sin que tengas en cuenta algo más que sentirte bien, que estar bien contigo y salir de la miseria en que sumes tu propia existencia cuando te sientes así, necesitado, esperando la llamada, la carta, el mensaje, o lo que sea que te haga sentir mejor. Mientras esperas sentado que venga, que llegue, que esté, que espere; que te brinde un poco de su tiempo fingiendo interés, o realmente prestando atención a tus palabras... palabras que se llevará el viento y no tendrán más que una temporal acogida, que no llegarán más allá de tus labios, de un intercambio de palabras y un largo silencio, silencio de sonidos de ciudad y de bares, de cafés o restaurantes que nunca frecuentas porque no conoces; silencio enorme que se lleva el sentimiento de soledad en que te encuentras, de melancolías arrítmicas y canciones desesperadas, silencio de calma que precede a futuras tormentas...

Y es entonces que te sientas a esperar y ella nunca llegará. Sigues allí esperando, guardando falsas esperanzas de visos de cordura en su alma, un viso de locura en su cuerpo, una mirada lujuriosa o una sonrisa brillante... que siempre esperarás y nunca tendrás, jamás.

martes, 8 de febrero de 2011

Concierto para un amor

Si, aquí está, eso es. Saca tinta y papel, después toma la hermosa pluma que estaba sobre su escritorio y la moja en el tintero, que de color azul y tinta negra. Se agacha, tomando una postura para escribir y piensa lo que allí aparecerá.

Un inicio pianísimo, eso es, si, ya lo oigo sonar, el sonido del clavicordio haciendo que la música dé la impresión de que estás mirando, con esos ojos que son cafés, con un extraño toque dorado, dorado de trompetas brillantes y trombones que empezarán a tocar a destiempo para que los escuchas estén oyendo la pureza de tu cuerpo, de tu piel canela, como los violines y las violas que harán trinar sus cuerdas fortísimo, imitando tu aspecto dulce pero serio, tierno pero duro. Seguirá la tuba tocando en octavas altas algunas notas sueltas que serán como tu cabello al viento de un arpa que imitará la textura de tu piel, con la suavidad de sus sonidos. Un solo de violín imitará tu caminar y con ello el primer movimiento terminará, haciendo que todos se pregunten quién es la deidad.

El segundo movimiento empezará con una fantasía impulsada por el oboe y la flauta que harán que tu voz parezca, ante los oídos de todos, de verdad, imitándote tan perfecto, que pensarás que allí estás, entre la gente que en el teatro se encuentra, por la gracia de contrabajos que tus pasos serán y por la obra de clarinetes que serán las miradas que en la calle a veces te dan. Una armonía de cuerdas con el cello a la cabeza harán que la gente se pregunte en qué parte de la ciudad estás, mientras un par de cornos franceses que imaginan tu pensar se quedan en el silencio, silencio absoluto, silencio total...

El sonido de timbales llenando el espacio con su sonido sublime hará que aparezca yo en la escena, acompañado de flautas que cantan como canto yo cuando te voy a visitar. Violines y contrabajos que imitan mi voz temblorosa, con el piano acompañado de fagots y piccolos hacen que el público sienta lo que yo, una sinfonía de sensaciones, de trompetas revoltosas y trombones delatores de lo que es el amor. El redoblante remata la pieza con el sonido de mi corazón y trompetas, otra vez, y violines, nuevamente, cantan al sentimiento sublime del fondo de mi corazón, así será el tercer movimiento.

Percusión absoluta, un crescendo inmarcesible que dure algo de tiempo hará que la impresión de los que escuchan exhorten a la orquesta a continuar, porque calla lentamente y las cuerdas vuelven a tocar un ritmo, ritmo de vals que nos lleva a los palacios daneses, franceses o austríacos, dando impresión de inmoralidad, de baile lento pero ardiente, fruto del trémolo del piano que, agresivamente insiste en continuar un llamado a todos los bronces de la orquesta, que contestan con el poder y el brillo de sus campanas, campanas tubulares que incitan a pensamientos de vidas felices y felices recuerdos, como los que tengo al pensar en ti, al evocar... 

El músico termina, su partitura debe entregar al mecenas, para luego estrenar. Sin embargo, guarda la esperanza de que ella entienda el mensaje que acaba de mandar.

jueves, 3 de febrero de 2011

Terquedad de campesino

Me dices que estudie, te contesto, ¿que estudie qué?, si de todas formas me cambiarás por algún ingeniero, jurista, o pordiosero. Me dices que no pasa nada con eso, que no me cambias, que me amas como soy; pero... Si tanto me amas, ¿entonces por qué quieres hacerme eso?, por mi talento, les cuentas a tus amigas, hijas de ricos de la capital, ricas de pueblo y pobres de ciudad, pobres de espíritu y pobres de moral. Quieres que estudie para que escriba y no me limite a garabatear la hoja de papel blanco que me acabas de regalar, no es más...

Me pides que te contente, que deje mis tierras y vaya a la ciudad, como si allí estuviese el futuro, como el campo no fuese nada y no fuera más que excusa para amar la capital, la metrópoli llena de angustias y pesares, de desmanes y de esmog, de polución.Te digo que olvidar mi tierra no puedo, porque, a fin de cuentas ¿Qué es de un pueblo sin alimento?, te quedas callada, dices lo siento, como si tu ignorancia no fuese un pecado que sobre ti recayera, como si tuvieses la culpa de vivir tu vida aislada, como si algún doctor de allá, de la ciudad, pudiese entender y explicarte, o siquiera aprehender el hecho básico: el campo es necesario, hay que recordarlo, nunca abandonarlo y aprovechar, porque el sustento ha de ser propio y no extranjero, porque la base del gobierno es propio alimento y ejército, si no ¿Qué ha de ser del gobierno? Nada me dices, estás callada, brillan tus ojos negros y me dices que por eso es que pides que yo estudie, pero yo no quiero eso. Ahora déjame seguir leyendo...

martes, 18 de enero de 2011

Recuerdo imaginado (Balada en prosa)

Recuerdo cuánto te amaba, ¿sabes?, siempre fuiste un sueño mío. Recuerdo que en aquel entonces no era tu cuerpo escultural y usabas pantalones viejos. Viene a mi mente ese día en que dije que ese tipo estaba ebrio y me preguntaste si el ebrio no sería yo, a lo cual repuse que no bebía entre semana. Me acuerdo de tu cabello marrón oscuro, casi negro, corto, que llegaba como al cuello y ese brillo que alguna vez quedara en la chaqueta que te presté, porque tenías mucho frío esa noche y yo me creía un caballero. Recuerdo que era incapaz de mirar más abajo de tu cinturón; me conformaba con la línea que formaba el pantalón sobre tu vientre, no muy plano, pero siempre hermoso. Me acuerdo también de tus ojos negros y tu voz, con un ceceo raro que daba a tu aspecto de niña, de estudiante de colegio, un toque de ternura y simpleza, de sutil delicadeza en tus formas, al hablar, al moverte, al cantar o al calentar con tu violín...

Regresa a mi mente la imagen de aquel que no quería que tocaras, aunque nunca lo conocí lo odiaba, porque era antinatural que no tocaras, que no expresaras en tu arte la música que corre por tus venas. Recuerdo el camino por el que me acompañabas en las noches de martes y jueves, si mal no recuerdo, de regreso a casa, tu forma graciosa entre mi chaqueta y los ridículos del profesor, que hacía que cantásemos al viento; tus cuerdas sonando al aire y al compás de cuatro cuartos cuando tu maestra mandaba ir a los ensayos.

Y luego la noche de Soda Stereo y la educación musical, ¿te acuerdas?, salimos temprano porque había fiesta en esa casa y nos quedamos hablando hasta que tu mamá te mandó entrar...Quizá allí nació todo esto, un sentimiento raro de amistad sobrepasada o de amor escondido entre acordes de Vivaldi y Fito Páez. Después de conté de mi amor imposible de semana santa, el que me persigue en sueños y en rotas ilusiones de sueños de papel y ceniza gris de miércoles en cuaresma... Me escuchaste y apoyaste, mientras sufrías por el tal Felipe que jugaba contigo y decía que no sabías besar... Y luego estábamos todos cantando porque así tocaba, y tu tocabas violín y yo flauta y xilófonos, y metalófonos mientras cantábamos a Silvio esperando al mágico Abril...

Luego mostraste tu talento y te perdiste, porque estabas en la orquesta y yo empezaba con las cuerdas, cantando a Tito Puentes y Charly García en un loco arreglo de salsa y rock sin baterías o guitarras, o percusiones latinas, sólo flautas y maderas percutivas...

Y luego yo me perdí y te mandé a preguntar con mi amiga loca, y contestaste y me diste tu teléfono y hablamos, largo y tendido, de lo que era el desamor, y te hice la broma de doble intención y casi me golpeas, pero estabas comprometida... Y después creciste y fuiste más hermosa y mejoraste en todo aspecto. Y yo me estanqué y aquí estoy, pensando en el pasado y recordándote, sin alguna vez poder tenerte...

O, quizá, sólo seas un sueño y nada de esto sea real, quizá me encuentre despierto en algún lugar y te confunda con otra persona, o estés tu soñándome, mirándome en tu mirar.

domingo, 12 de diciembre de 2010

De noches de verano

De noches de verano me acuerdo con odio,
odio de amarte tanto que explotó el amor.

De noches estrelladas evito el recuerdo,
de verte con otro y brillantes tus ojos
vida dándole a su faz; perfecto tu rostro
perdido en su abrigo, en su gabán
de blanco color.

Estrellas malditas como tu silueta,
y yo extrañando tu mirada, en la que me reflejo, 
mientras disfrutas tu vida, 
viviendo tus sueños sin mi.

Odio sólo queda, de noches de verano
en que te recuerdo a ti.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Fantasmagoría

Te siento, y en tu aire de mujer altiva, veo la mirada del fuego que derrite el hielo de corazones inusitados en el arte del amar. Te veo y siento el escalofrío de la muerte enamorada que atiborra mi memoria de pasión desenfrenada y de amores imposibles, de lujuria poderosa y de sensibilidad artísticamente deficiente. Te recuerdo y sólo veo, entonces, una blanca tez de gris atuendo, levitando por la alcoba, caminando por el aposento en que se sentara el crepúsculo a mirar la noche alzarse. Te describo y miento, en la cara de la suerte y su rueda, trágica en su fin, acuño mi destino, mi horizonte se devela en una nube de comedias y epopeyas, y me siento poderoso mientras la tarde revela que regresas, en ese momento la verdad releva la fantasía de comedia y todo llega a su final... Final de tragedia romana, fútil, sin esperanza y de bajo talle: que me lleve la muerte mientras sigas caminando.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El pueblo y la mujer.

Pueblo indemne e impasible,
que, tras años de dejarte,
me persigues, lentamente,
suplicando no dejarte.

Pueblo blanco, pueblo viejo,
que tras horas de sosiego
despiertas melancolía,
en mi alma imperturbable.

Te recuerdo como antaño,
con tu iglesia destruida
y tu clínica a medio hacer,
con tu falta de progreso.

Evoco tu cielo azul,
tus caminos de herradura
y el reflejo de sus ojos
bajo el blanco de la luna.

Tu sonrisa imperdonable
y tu silueta tan sensual
de sueños colman mi alma
y de tristeza mi vida.

y al fin logro comprender:
en tu mirada, siempre vil,
como bien lo decía Wilde,
reflejado en ti me vi.