sábado, 8 de mayo de 2010

Walking Around, de Neruda

Walking Around
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.
El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.
Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.
No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.
Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.
Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.


Pablo Neruda

domingo, 2 de mayo de 2010

Desesperación

Me encuentro en la misma esquina, queriendo morir; Creo que con eso se resume todo, la música ha hablado. La verdad es que me encuentro llorando por un problema que es mío, sólo mío y que sabía que en algún momento debía enfrentar: la Libertad.

Desde el momento en que decidimos iniciar sabíamos que podría pasar; ése era el miedo mutuo, el eterno enigma sobre el cual se fundaba la posibilidad de dar fin a nuestro minuto de eternidad...
La cobardía que me asalta siempre en las decisiones, en el control de mis emociones han desatado el caos en que se encuentra hoy mi mundo: sufro porque las amo, pero tengo que arriesgar demasiado, de un lado, terminar con todo e ir, una vez más, sin miedo al dolor, solitario, con un final quizá peor que el de la última vez... Por otro lado, quedarme en mi minuto de eternidad, negándome a enfrentar una realidad, sintiendo que le fallo por no ser capaz de enfrentar mis miedos; aunque, ya para este momento se aproxima un final digno de un personaje como Hamlet: tenemos que hablar, porque te siento extraño... Esto está marcando mi vida en este momento, el resto son banalidades, idioteces que no hacen nada por ni con mi vida.... El problema es que el Tiempo ha hablado y caerá sobre mi la sonrisa cínica de la Soledad, porque no creo que una vez terminada una relación, la otra vaya a empezar...

sábado, 1 de mayo de 2010

La encrucujada

Despierta el día menos pensado,
el más pesado de todos los días, el "día",
presentimientos, citas y citas,
unas de personas, otras con personas;
el paisaje iluminado por gris luz de cielo,
por rumores de llovizna y brizna de tristeza,
de nostalgias disfrazadas de alegrías,
de tristeza y valentía,
melancolías,
me alejo,
pienso las historias, falsas alegrías,
camino solo en el mar de gente y entro, tarde fría
el centro abarrotado de enanos vestidos de galleta,
recibo el paquete y divago:
estoy solo hoy... qué porquería.

La música se pierde en el ambiente,
la guitarra sueña al pasodoble compás,
suena la cumbia amarrada al redoblante,
a la traversa flauta que, sin más
suena libremente.
Luego el Coro, se presenta en medio,
Haendel, suenas y me das miedo
percibo mi historia y solo me encuentro...

Camino,
hago camino en mis pasos perdidos
y pierdo la imagen, sigo al destino;
paro un segundo y descubro, escribo,
dibujo el camino del museo,
subo la escalera y pregunto al abismo,
¿padres de la Patria, cuál es mi recorrido?
pero no me responden y siento el vacío,
me pierdo en mi alma y ahí, ahí está el hastío.
Vagos pensamientos de lúgubre abrigo,
de posibilidades imposibles,
de hábiles ríos,
de sueños rotos y amores perdidos.

Las estatuas calladas y los ojos extraviados
hacen que la calma se espante y la impaciencia, ataviada,
se sienta importante,
se apodere del ser, no tan pensante,
que pregunta a la luna menguante,
que más bien será llena,
cómo no ser un cobarde.

Camino sin sentido,
sin alguna orientación,
llegar al centro, a la exposición
y aparece la gente, como distante,
como amorosa, quizá amistosa,
que no pensaba verme, que no imaginó verme, porque no hay explicación,
sólo un "caminante no hay camino" que insta en saludar...

y luego está el encuentro,
¡oh melancolía!,
qué eterna ironía, nada pasa,
sólo la conversación, sólo el café,
sólo la historia,
esa historia de tu vida y de la mía,
que te encuentra intacta
y me encuentra sin cambiar,
sólo esperando el impacto,
que no sucede, pero deja la cuerda,
anzuelo de ilusiones, decisiones,
que, después de la tarde,
no perdieron su sentido,
antes bien, allí han salido,
sin respuesta alguna,
sin un acto decisivo.


Poema tristísimo, de Gonzalo Arango

Poema tristísimo

Si muero
te invito al sol
alma mía
y no olvides
llevar tu cuerpo
Sufriremos felices
y juntos seremos
carne de luz
en la memoria de Dios
Y si no hay Dios
lo mismo da
Recordaremos el sol
que tanto nos gustaba
allá en Cali Colombia
Nuevo Mundo ¿Recuerdas?
¿O era en la luna?
¡Lo olvidé!

miércoles, 28 de abril de 2010

Puntos suspensivos...

El problema está en que la paradoja permanece latente, permeando la vida. Cuando se piensa en abandonar y dar la batalla por perdida, siempre aparecerá un "General salve usted la patria" y las cosas cambian, y cuando se está en la cima de la montaña, el vértigo invade al ser y cae...

Un pleonasmo de cínica adversidad acompañando al pensamiento en momentos determinantes, en amores rotos y amistades perdidas, olvidadas... siempre, a la espera de caer, pero...haciéndolo de tal modo que quede una posibilidad que siempre sucede, que de respuesta a la pregunta y cure la enfermedad... El mundo acaba con nosotros, nos desgasta infinitamente, jugando con nuestra suerte, haciéndonos caer después de tocar las nubes, de sentir la euforia de la victoria a último minuto, en el último movimiento...

Puntos suspensivos en la vida, en cada acto, pensamiento, jugada, sentimiento; puntos suspensivos que nos acaban la vida en una sonrisa, un abrazo, un beso, un amor, una vida... Puntos suspensivos que pintan la puerta roja cuando la quieres ver negra, que te abren los ojos cuando quieres cerrarlos... y que se presentan como dilemas que recuerdan antiguas situaciones y antiguos temores... puntos suspensivos que...en la vida... pueden llegar a romper...

lunes, 12 de abril de 2010

Deconstrucción de un momento de oscuridad sensacional

Se encuentra ojeando las páginas de su diario y encuentra una foto que trae recuerdos, algunos vagos, otros, infortunadamente claros, tanto, que puede evocar a la persona que habitaba su cuerpo en ese entonces. Reacciona su corazón a pasadas sensaciones que a veces reaparecen, que tratan de apoderarse de él, pero la vida le ha dado duro y por esa razón trata de evadirlos, aunque, en algún momento no pueda más que enfrentarlos, darles la cara y, quizá, perderse en el abismo de las sensaciones, de la nostalgia, la tristeza y la melancolía, como pasare algún tiempo atrás. Es por eso que, hoy, cuando mira la foto y siente sobre sí el peso de los recuerdos, se decide a salir, sin miedo al dolor, a combatirlos. Pero ya se han ido y sólo dejaron un mensaje de disculpas por no llamar, así, que vuelve a su vida y recuerda que, otrora, su miedo escapó sin siquiera mirarle.

miércoles, 7 de abril de 2010

Romance de una tarde de lluvia

La lluvia bajaba por las canales y se veían los chorros caer hacia el andén... llovía por primera vez en mucho tiempo. El sol había desaparecido a medio día y lo despidió una nube gris, casi negra que avanzaba lentamente sobre la ciudad; mientras tanto, un personaje de apariencia común: jeans azules, buzo negro, converse rojas, miraba a una muchacha pasar, la más hermosa del mundo, pensaba. Y lo era, lo era tanto, que la nube gris había estado siguiendo su aroma y por eso ahora se encontraba sobre ella, lo era tanto, que la tarde había pasado desapercibida para todos, exceptuando a nuestro personaje, lo era tanto... que él permaneció en silencio y sus pensamientos cesaron, y sólo podía mirarla.

La muchacha siguió su camino, ignorando, quizá, o quizá no, porque con las mujeres uno nunca sabe, que la miraban, que alguien había detenido su vida por un momento y había vuelto a vivir en su caminar, sin saber que el amor había nacido por una mirada a sus ojos, grandes, con un color entre café y negro, que cambia de acuerdo con su estado de ánimo; sin saber, que alguien cayó perdidamente enamorado por ser ella, y no otra persona, porque quién se enamoró de ella fue un soñador. Y él, que ese día se había levantado con una corazonada extraña, de esas que le dan sólo cuando algo va a pasar, se levantó de la banca, cerró su libro y avanzó hacia ella, sin que ella se percatara, o quizá si lo hiciera, pero lo disimuló, de que la seguía; todo esto, mientras la lluvia caía suave y lentamente sobre la ciudad, que lavaba y purificaba el amor que había nacido y descansaba, porque sabía que ella estaría con la persona indicada.

La muchacha, que pensaba en cualquier cosa, como, por ejemplo, el porqué había llovido ese día y no otro, o... qué libro empezaría a leer, avanzó por la calle hasta entrar en un café, de esos a los que van los poetas de los libros de Kundera, o esos en lo que se ve aún una greca y atiende una señora de avanzada edad, se sentó en una banca, pidió un café, capuccino, por cierto, y sacó un libro, era de Benedetti; segundos después, entró él, se sentó a su lado y empezó a escribir en una pequeña libreta que tenía en su mano al entrar. Pensaba y escribía lo que le diría, la miraba y escribía para ella, sólo para ella, olvidando que allí estaba el rincón al cual nadie accedía, donde guardaba todo aquello que le era importante, toda su historia, escrita de una forma tan bella y tan sutil, que nadie entendería sus palabras, a menos que le conociera; escribía la vida que tendrían juntos, los proyectos que tendrían, los viajes que harían, las sensaciones que sentirían sus cuerpos al tocarse desnudos, se imaginó abrazándola al mirar las estrellas, porque las estrellas siempre habían sido su guía, se pensó feliz, por primera vez en su vida, y se pensó feliz al lado de la mujer que iluminó su mundo en una tarde de lluvia, y así, con la idea de ser feliz, se levantó, avanzó hacia ella y le dijo: ¡Te amo!

Ella lo miró de arriba a abajo, volvió al libro un momento, tomó un poco de café y soltó una carcajada, tan sonora y tan contagiosa, que la señora de avanzada edad, dejó caer la bandeja, los poetas dejaron la discusión, que se empezaba a tornar violenta, los músicos que improvisaban pararon la música y todos, todos los clientes, dejaron sus actividades para reir con ella, para reir con el mundo sin tener una razón, todos, menos ella, que se burlaba del hombre extraño e idiota que le había dicho que la amaba sin conocerla, sin saber que ella es una princesa para quien el amor no existe, que piensa en lo ridículo que resulta el romance, aún más si es con ese sujeto despeinado y vestido humildemente, que a lo mejor todavía es virgen y no sabe de placer... y, simultáneamente, ese muchacho despeinado y vestido humildemente escuchaba, detrás de las risas del café, la voz de Silvio Rodríguez cantando ojalá, y con la mente enviaba su mensaje, el de Silvio, deseando que esa no fuera la verdad; y sintiendo las lágrimas, puras, tibias y saladas caer sobre sus mejillas, salió corriendo, dejando sus cosas en el café, todas, menos su pequeña libreta, y corrió, corrió con todas sus fuerzas, sin pensar, y se sentó bajo el puente, que recibía las gotas, ahora agresivas que caían y ennegrecían el firmamento, y leyó entonces su vida, mientras pensaba en Goethe y se imaginaba como Werther, y se dio cuenta, de que su libro, su vida, eran simplemente una carta de suicidio que se auguraba para una tarde de lluvia torrencial, y decidió entonces seguir su destino: se levantó y corrió al puente, rodeándolo, llegó a la cima de éste y, abrazando su libreta, se lanzó al vacío, que realmente no lo era tanto, porque lo recibió el piso y luego fue aplastado por un auto.

Esa noche, como a eso de las siete, el noticiero hablaba de la muerte de un joven que, desesperado, saltó de un puente y fue arrollado por un auto, y que llevaba una libreta que terminaba con la frase al fin seré feliz.