domingo, 16 de octubre de 2011

El trompetista de Deyá



De rato en rato, oigo desafinar una trompeta.

(Mario Vargas Llosa)

Janis Joplin



Su voz de hierro mutilado nos ponía los pelos de punta,
y aunque no entendiéramos lo que decía sabíamos que era cierto
porque sólo alguien que dice la verdad puede cantar de esa manera.

(Rodrigo Soto)

viernes, 14 de octubre de 2011

Sabina



A ella misma le resultaba extraño llevar ya tantos años
 persiguiendo un instante perdido.

(Milan Kundera)

viernes, 7 de octubre de 2011

Quince minutos

Quince minutos son suficientes para que la vida dé un giro inesperado, para que todo cambie de forma que sea irreconocible una nueva realidad, en este lapso de tiempo sucede esta historia...

Hace quince minutos vi que un hombre se disponía a lanzarse desde el piso veinte del edificio más alto de la ciudad. Los medios, la fuerza pública, decenas de curiosos espectadores sedientos de sangre (me incluyo entre ellos) se agolpan alrededor del lugar en el cual habrá de caer si se lanza. Los abogados del dueño del edificio ya estarán pensando en lo que se dirá para no perder credibilidad y dejar de recibir ganancias por este suceso, en caso de terminar mal. Imagino que ya se estarán buscando pruebas de demencia entre los expertos; algunas personas gritan por medio de megáfonos, o procuran acercarse con cautela al hombre amenazante de terminar con su existencia.

Un hombre camina en medio del tumulto y, sin inmutarse por lo que sucede, sigue caminando mientras en sus oídos retumba la melodía de un grupo musical poco conocido, de esos que a nadie importa y por eso el encontrarlo es una aventura, y un gran premio disfrutar sus canciones; y es insultado por uno de los asistentes al que podrá ser el titular del periódico del día de mañana. El hombre sigue caminando, sin percatarse de que quien le grita es, quizá, alguien que tiene una necesidad enferma de ver la sangre correr (tal vez una de las personas que va a las manifestaciones por hacer vandalismo, y todos los días observa a las mujeres en la calle de forma que se sientan invadidas en su intimidad, o compra el periódico amarillista para ver las fotos de los cadáveres y reir, mientras disfruta de su café...). Prosigue, y entonces siente su caminar detenido por la fuerza de un brazo. 

Voltea y ve la sonrisa macabra del hombre que le grita lo inhumano de su paseo y falta de curiosidad (morbosa, por supuesto) y se limita a contestar que va abrazado a la tristeza, expresión que, como es de entenderse, no es comprendida y es respondida con un golpe en su mejilla. Lo que sigue es un silencio por parte del caminante y la gritería inmensa por el hombre que pretendió restar importancia a lo que podría ser la muerte de un hombre. El tumulto se une a una sola voz y exige que se explique; el caminante contesta que no pretende hacer mal, sólo ser indiferente ante una situación que no llega a los extremos de la anormalidad. Pero la gente que ve, vive en soledad, así que no es escuchado y, en su sed de encabezados y cámaras fotográficas, repotajes y saludos a todo el país, el hombre es forzado a recibir el justo castigo por su omisión.

De un momento a otro, vi cómo traían a un hombre y, a pesar de todo lo que hice para salir en los medios y dar mi versión sobre los problemas que incumben al país, no puedo evitar sentir una tristeza gigantesca por el hombre al que traen. He visto que no tiene nada que ver, ni malas intenciones, simplemente pasaba por allí y no se detuvo. Pero acá lo traen y al unísono se escuchan las voces que gritan que debe caer. De haberlo sabido, hubiese esperado a un real suicida y hubiese hecho lo que él, simplemente seguir caminando, en paz y sin la intención de ganarme un problema. Pero no valen las palabras, y siento cómo me alejan de la corniza para poner allí al tipo ese, que nada tiene que ver con mi intención, ni con mi problema. 

"Traidor indiferente es muerto a manos del pueblo: Vox populi, Vox dei

En la mañana de hoy el pueblo ha expresado su rechazo contra la intolerancia arrojando a un joven traidor de los valores de la república igualitaria, por no haber cumplido con su deber de rescatar a un compatriota en apuros. Se sospecha que la víctima deseaba morir por falta de ayuda psiquiátrica."

En medio de la conmoción que genera el hecho de que hayan tomado al muchado que va caminando, trato de mantenerme en pie, a pesar de lso empujones y subo, acompañando a la turba iracunda. Algo no me huele bien, la gente pide a gritos que sea lanzado, ¡por el hecho de no estar interesado en una muerte! No acabo de comprender, pero, si me detengo, quizá sea yo quien reulte arrojado desde arriba.

El piso veinte no tiene muchas cosas, por eso será que el hombre que se quiere lanzar lo eligió, pero ahora veo cómo la fuerza pública se abalanza sobre él y lo saca, a golpes. Piero de vista a la turba, me concentro en los uniformados que se alejan. Me escondo, camino despacio y, al llegar a las escaleras, corro, voy por un pasillo, dos pisos abajo y tomo el ascensor. Veo cómo suben al muchacho a una patrulla, que arranca intempestivamente y los pierdo de vista.... No sé qué pensar.

Siento el bolillo en mi cabeza y veo a dos hombres que se acercan a mi, y que me llevan fuera del edificio, hacia un lugar alejado de todo. Una vez allí, sin sentencia o proceso, escuchó el sonido de las armas que se disparan contra otros jóvenes: son estudiantes. Han pasado quince minutos desde que intenté llamar la atención en la corniza, ahora el tipo con el arma se acerca hacia mi...

miércoles, 5 de octubre de 2011

Del entusiasmo

Todo exceso es vicioso...




El siguiente no es un texto propio, es una reproducción de un fragmento de la novela "La Insoportable levedad del Ser" de Milan Kundera, extraído de la Edición séptima de la colección Fábula de Tusquets Editores, que se encuentra en la página 180, al iniciar el capítulo segundo de la quinta parte de la novela.

Como todo lo que se escribe, también este fragmento tiene una significación particular que, muy a pesar del autor, no podrá llegar a conocimiento de lector, puesto que la interpretación estará dada dependiendo de las circunstancias específicas en que se encuentre, tal como sucede especialmente con la literatura de Milan Kundera, en quien, desde mi subjetividad, he encontrado siempre un significado distinto a las palabras. La idea de esto es, por tanto, incluir un pasaje que para la situación vivida en estos momentos, pero también dejar al lector esa sensación de estar leyendo un texto que va más allá de una opinión, sino, manteniendo el espíritu utópico que se ha pretendido plasmar en el blog, dejar una breve historia, un pensamiento y, para el caso concreto, un homenaje a este gran escritor.


"A los que creen que los regímenes comunistas de Europa Central son exclusivamente producto de seres criminales, se les escapa una cuestión esencial: los que crearon estos regímenes criminales no fueron los criminales, sino los entusiastas, convencidos de que habían descubierto el único camino que conduce al paraíso. Lo defendieron valerosamente y para ello ejecutaron a mucha gente. Más tarde se llegó a la conclusión generalizada de que no existía paraíso alguno, de modo que los entusiastas resultaron ser asesinos.

En aquel momento todos empezaron a gritarles a los comunistas: ¡Sois los responsables de la desgracia del país (empobrecido y despoblado) de la pérdida de su independencia [...], de los asesinatos judiciales!

Los acusados respondían: ¡No sabíamos! ¡Hemos sido engañados! ¡Creíamos de buena fe! ¡En lo más profundo de nuestra alma, somos inocentes!

La polémica se redujo, por lo tanto, a la siguiente cuestión: ¿En verdad no sabían? ¿O sólo aparentaban no saber?"

domingo, 25 de septiembre de 2011

Sueños





Puede decirse que los sueños expresan la más honda profundidad del alma, aunque por otra parte sean extravagantes.

G. W. F. Hegel

sábado, 24 de septiembre de 2011

Relato

Había pasado mucho tiempo ya, más de una década, para ser algo más precisos, dejando, empero, la intriga desenvolviéndose en el estómago de aquel que esté leyendo. A pesar de todo lo que había sucedido, que, para este momento ya no importa, la alegría y la ilusión estaban como el primer día, fulgurantes.

Recién había vuelto a la ciudad, de la que estuvo alejado por motivos que no necesitan ser expuestos, no por sabidos, pero por indiferentes al desarrollo del episodio a narrar. Se había hospedado en la antigua casa familiar, en la que alguna vez pasó los días eternos de sus vacaciones, siendo niño. Por supuesto que no era ya la misma, de su familia no quedaban más que algunos amigos en ese lugar, que se habrían ido por razones que no tiene caso explicar y que siempre puede deducir el lector. Allí, había visto el pasar de las hojas y escuchado el ruido del riachuelo, como antaño; se había sentado bajo el árbol viejo, de tanto significado para él, por razones que no entenderían los lectores más juiciosos, y sintió lo mismo que la última vez en que estuvo allí: el inmenso dolor de tener que partir sin poder decir esas cosas, que no se explicarán aquí porque le quitarían la emoción al relato, que habrían cambiado su historia de forma definitiva.

Recordó el momento de su triste partida y la vida no concedida que había llevado desde entonces. Por cuestiones que no precisan, ni deben resolverse, estuvo en la vieja casona tomando café, conversando acerca de nimiedades, cosas poco interesantes y que no merecen contarse. Allí supo de la persona que, por razones presupuestas para el lector, había hecho de su vida un caos, un desorden incontrolable que engañaba hasta al destino, volvía, regocijándose de alegría por los éxitos, que no se exponen por ignorancia, conseguidos.

Vagó por las calles, tan iguales, por su significado, que no se expone porque ya debe conocerse, y tan diferentes, por los cambios propios en los tiempos, de los cuales ya ha de tener el lector una idea, pensando en cosas que no pueden contarse, porque cada quien, como debe saberse, tiene locuras distintas dentro de su mente. Así, llegó a uno de esos predios que por causas desconocidas siguen siendo como fincas, allí, vio cómo un par de niños jugaban y, aguzando la vista, observó ese brillo de ojos marrones y, como ya debe suponerse, supo lo que pasaría. De todas formas, quizá porque no necesita explicarse, no hizo lo pertinente y continuó en su rumbo a ninguna parte, con esa sensación de culpa, que ya se mencionó, y que le persigue a cada instante.

Habiendo llegado, nuevamente, a la que fuese su casa, vio el vestido negro y los tacones, las piernas torneadas y la tez blanca, que ya debe estar imaginándose el lector a quién pertenecen, y entonces sintió el corazón tan acelerado que se le iba a salir,  el nudo en la garganta y su consecuente imposibilidad para articular palabra, las mariposas en el estómago y el sudor frío. Ella se acercó e intentó besarlo, él, sin saber qué hacer, sólo guardó silencio y se quedó quieto, como es normal en esos casos, teniendo en cuenta que ya debe saber el lector qué clase de persona es, ella, se queda esperando, él se mueve, ella baja su mirada, él también.

Y el final es un eterno retorno de lo idéntico, el hombre que no conoce su historia se condena a repetirla, y no importa qué es lo que sucede, porque se entiende que quien lee estas líneas ya sabe quién escribe.