miércoles, 27 de julio de 2011

Libertad I

Me despido de ti y vuelvo, a la citadina realidad para decir que soy libre.

Y no libre con la libertad del esclavo, del poeta que escapa a los modelos, a los esquemas y las reglas. Mi libertad es de alas de mariposa negra y azul,  de alucinaciones de psilocibina y medicina espiritual, de carpas y paseos y de eternas caminatas entre los potreros en que los gigantes duermen cual filósofas piedras silenciosas que adornan las montañas.

Mi libertad, es de fuerza hídrica, de río salvaje que se lleva los problemas y los deja desaparecer. Es ella de fuego que fortalece y cura las heridas de la vida, de la trágica realidad en que te sueles ver. De aire que te eleva, dándote ímpetu, y de tierra que te enseña la forma de renacer, de salir del fondo que has cavado con tus manos y tus actos, con tu forma de ser y tus culpas reprimidas. Mi libertad es mito y rito, es historia griega y romana, literatura sufí y naturaleza. Es papel quemado de emociones vanas, pero verdaderas que se queman, tras decepcionarte, para fortalecerte...

Me despido de ti, antiguo yo, para decirte que regreso, a citadina realidad gritando en lo alto de la montaña, con el más puro sentimiento: ¡LIBERTAD!

viernes, 3 de junio de 2011

Sueños literarios

El salón estaba lleno y sentíase en el ambiente un aura de fiesta y de alegría, característica de las reuniones del caserón antiguo y reconstruido del que era dueña Asunción. En medio de la fiesta movíanse siluetas al son de la música, del sonido de trompetas y de cuerdas que formaban valses tan hermosos como los versos recitados por el célebre poeta que en la esquina se encontraba, rodeado de personas que, más que interesadas en sus letras, se sentaban a su lado para simular interés, para lograr prendar a alguna señorita descuidada con falso conocimiento. Del otro lado, Asunción recibía a los invitados de honor, entre quienes estaba un tal Harry Haller, hombre de bastón, ceño fruncido, algo viejo, que hablaba ampliamente sobre mitología oriental; también entró, momentos después, un médico apuesto, de nombre Tomás, acompañado de su esposa, que llevaba un libro bajo el brazo, Ana Karenina de Tolstoi, su nombre, Teresa. Otros tantos entraron, personajes conocidos, Óscar, el enano percusionista, con su banda de jazz; el ciclista de San Juan, el memorioso Funes; todos ilustres personajes que fueron acomodándose en el salón, deslumbrando a los asistentes con su sapiencia, su experiencia, su humor.

Un hombre de traje negro se sentó al lado del gran Borges, que veía como ausente a la gente del salón, el hombre lo saludó como cuando se encuentra a un viejo amigo, a un gran amigo, y él le devolvió el saludo con mágico gesto; después le dio una carta y se acercaron al bufé. Mientras todos hablaban, bailaban, reían, yo estaba sentado mirando al gran maestro con el hombre extraño, pensando en su identidad y en la hermosa Asunción, que ahora tomaba un bocadillo de la bandeja que el hombre de negro le ofrecía. Vi a Tomás coquetear con la pintora Sabina, que danzaba como en un teatro, mientras la mirada de Teresa se perdía en sueños de inmóviles amores desesperados e infieles; sentí su dolor un instante, sintiendo la pesadez gigante de la vida sin amor, del amor no correspondido y de la mirada de Asunción, que estiraba su mano para despedir a Haller, quien, al compás del tambor de hojalata de Óscar, se alejaba; su rostro me dio impresión de lobo de las estepas, de naturaleza doble y gran dolor, como el que se siente al sentirse excluido.

Empecé a notar que la gente se alejaba y no se sentaba a mi lado, cosa comprensible si se tiene en cuenta que quienes allí estaban serán siempre los maestros, inmortales tan livianos que no importa ya su ser. Empero, aun cuando allí estuviesen ellos, sólo yo estaba solo, cabizbajo, en silencioso sufrir. Asunción pasaba de un salón al otro, de una esquina al medio, siempre hablando, siempre hermosa, perfecta. Sentí el vacío de no querer estar donde se debe y comprendí a Herman Hesse, entendí al hombre solitario y reprimido que envió la carta días antes para no obligarse a ir. A medida que el tiempo pasaba y el péndulo iba de un lado a otro, en eterno vaivén, me di cuenta de que sobraba, no me sentía bien; un calor sofocante llegó hasta el fondo de mis entrañas, mientras en mi mente se formaban imágenes de golpes y martillos, de insultos y discusiones en tonos altos en las que salía vapuleado, humillado. Mi paciencia se iba agotando y no resistía otro segundo intentando entablar conversaciones que no llevaban a algún lado, que yo mismo terminaba por ser demasiado preciso, como se me ha enseñado. Decidí entonces partir, volver a la soledad que me caracteriza, a pensar largamente en amores deseados, a mirar hacia el techo en noches de insomnio. Me levanté de la silla y fui por mi paraguas, que estaba en el cuarto cercano a la puerta de entrada, mientras pedía el favor al hombre de la puerta de alcanzarlo, pero, cuando iba a recibirlo, el hombre del traje negro me pidió el favor de quedarme un rato más, mientras extendía su mano y recibía el paraguas por mi, para devolverlo.

Avanzamos hacia la mesa del bufé, él tomó dos platos y me preguntó si alguna vez había comido algunos de los platos allí servidos, esperó mi respuesta y me hizo algunas recomendaciones, mientras tomaba un par de copas de vino tinto y se sentaba, invitándome a seguir. Al presentarse simplemente me dijo que su nombre era Adolfo, que a veces escribía y que, en efecto, conocía a Borges hace mucho. Me dijo que no me preocupara, que me veía tenso, que leía mi mirada, que me veía sufrir, teniéndome a mi por causa. Un frío se apoderó de mi cuerpo, mi corazón vibraba por salirse de mi cuerpo y mi mirada se perdía en el rostro del hombre de negro, de Adolfo, el amigo de Borges. Vimos a Asunción salir con un hombre de mala fama, con la sonrisa tan tierna como el algodón norteamericano, se perdió entre las parejas que danzan y luego... se escuchó la puerta del segundo piso cerrándose y la risa cómplice de la mucama, mi mirada ennegreció atormentada por la imaginación, las miradas de Teresa y el sonido del tambor acompañaban mi dolor...

Me miró en silencio y sentí, como suele sucederme, esa sensación horrible de no saber qué decir, de rehuir la conversación mientras quiero iniciarla, el temor de decir algo que no guste, o de decirlo con la intención de hacerme echar, de morir fusilado por palabras que hacen sangrar; sentí el miedo de estar solo entre la multitud y, tal vez, Borges se dio cuenta, porque se acercó y le dijo algo, en voz muy baja, a Adolfo porque se acercó y le dijo algo, en voz muy baja, a Adolfo, que empezó a comentar acerca de un nuevo libro en que estaba trabajando. Me dijo que la historia iba a ser de un fotógrafo que encuentra una familia con la que tiene unas aventuras bastante extrañas, pero que no era eso lo importante. Que con el tiempo la hija y el hombre se enamoraban, pero que no sabía el final, que en eso estaba; en el punto en el que él no sabía qué hacer, así como me veía a mi en ese momento, identificaba a su personaje conmigo y esperaba mi respuesta. Mil cosas se me pasaron por la cabeza, desde el idílico final en que todos son felices, hasta aquel en que nada importa, el hombre se olvida de ella y la vida continúa. Empero, propuse que el hombre no fuese capaz de decir las cosas a tiempo y por eso perdiera al amor de su vida. El hombre pensó sus palabras y dijo que así sería, que ese sería el final para su historia.

Borges escuchaba atentamente y entonces me dijo que Adolfo era un gran escritor, admirable en todo aspecto y con un libro muy interesante sobre lo que sucedía en un manicomio, de título "Dormir al Sol". Recordé entonces ese título, vi al relojero Lucio Bordenave convertido en perro y llegando con un manuscrito a casa del hombre aquel que desconcertado las recoge y las lee, para descubrir, quizá, que las hojas tienen razón.

En ese momento desperté, me di cuenta de que todo había sido un sueño y yo no soy más que un par de líneas que escribe un tonto soñador.

sábado, 21 de mayo de 2011

Onírica realidad

Bastó una breve conversación para descubrir el secreto tras tus ojos, tu miedo a mi avanzada, tu postura defensiva, mis preguntas sin respuesta y tus retóricas salidas. Tres palabras cambiaron mi visión de ti y abrieron mis ojos a la cruda realidad: "ella me dijo". Dos años de evasivas quedaron entonces justificadas desde todo punto de vista, la virtud idealizada fue entonces una mera ilusión, todo entonces fue claro.

Esa tarde nos vimos en un café. Recuerdo que mi alma estaba preocupada por el negro de tu cabello ondeando al viento, mi mirada se perdía entre tus ojos azules, como cielo de verano, y mi mente divagaba entre memorias inexistentes y duermevelas quiméricas que protagonizabas. En ellas te besaba con labios que no eran míos, luego despertaba para darme cuenta de que me ignorabas, de que nunca estabas... Y lloraba.

Ella llegó un poco tarde, como es costumbre. Saludó de beso en la mejilla y pidió capuchino, mientras se sentaba en la silla forrada de verde oscuro, prendía un cigarrillo y abría un libro, recitando un verso del Ideario de Francisco Ortega: 

"Me angustia el cruce de miradas, 
la doble dirección de las palabras
y el obsceno mirar de los semáforos"

Me sorprendí de sus palabras, aunque no le fuesen propias, definían el estado de mi vida en ese instante y anteriores. Como siempre y como nunca leía de mi mente cada movimiento, cada sensación le era conocida y no era más mi vida que un libro abierto ante sus ojos, de mirada fría y distante. Observó mi silencio, analizando, quizá, mis movimientos, mis pensamientos, mi mirada fija en el vidrio empañado y con gotas sobre su superficie, y sólo mencionó que había estado hablando contigo, que tomaron un café, de ese desabrido que sueles preparar; estabas con un hombre que no tuvo problema en salir como si nada, sin seguir regla alguna de cortesía o etiqueta, sin saludar o despedirse; mencionó que le dijiste que no tenías nada con él, más que placer, momentánea lujuria saturnal, felicidad bacanal. Mi estómago estremeció con sus palabras, volvieron a mi las frases de amor que dedicabas en aquel no tan lejano tiempo, pasado tristemente alegre en que soñaba con tus besos y tus labios esbozando una sonrisa tan hermosa como un amanecer; de mis ojos brotó una lágrima que rompió las fronteras del odio y el amor, lágrima que ella notó, como suele suceder, y que apresuró a desaparecer con la hermosa sonrisa que le acompaña... Tomó entonces un pañuelo y me lo ofreció, limpié mi lágrima y, luego de un lapso de segundos eternos, prosiguió comentando que afirmaste que siempre has sido así, indemne ante el temor, incólume ante el remordimiento de engañar al ser supuestamente amado.

Sentí entonces el peso del dolor, la amargura de amar sin ser amado. Un torrente de sal y de agua de color cristal, tan puro como un diamante, brotó de mis ojos, que se hundían en la miseria del desengaño; su mirada se tornó entonces distante y en ese momento la frasecilla salió de sus labios, reafirmando la verdad. Lo dijiste y yo le creo, sin embargo ello me duele.

Ahora despierto y te veo aquí, a mi lado, diciendo "Amor, tranquilo, no pasa nada". Pero veo la sombra que sale de la sala de espera y el gabán negro de aquel que ella mencionó en mi sueño...

viernes, 13 de mayo de 2011

Ensueño

De pronto despertamos en un mundo de ensueño. Tu con el cabello pintado y los pies descalzos, yo con taquicardia y una sensación de cristales en la garganta. El día se mostró brillante, dorado al reflejo de los rayos de sol sobre las gotas de rocío que fueron cubriendo nuestros cuerpos, absorbiéndonos, convirtiéndonos en agua que recorre distancias interminables, en el río que no cambia su aguas. 

Recorrimos las montañas y los prados, ahora verdes, luego amarillos y finalmente nos encontramos en el desierto. Allí vimos dos cuerpos reposando sobre dunas, en tranquila quietud. Los rodeamos y notaste que sus labios eran de color morado. Murieron, pensaste; pero no notaste que allí estábamos los dos.

martes, 3 de mayo de 2011

Esperanza y Soledad

Entonces sonaron un par de notas... tan suaves como el aire de la primavera en la mañana, y tan hermosas como el espectro de la luz blanca. Sentiste la triste canción que cantaba aquel hombre hasta el fondo del corazón y de tus ojos manó el sentimiento desesperado de estar sin estar, de amar sin ser amado y el despertar a una realidad no idílica, distópica, que se asomaba a tus deseos en una lágrima de sal. Tus ojos se apagaron un momento y... Silencio... Sólo hubo silencio por espacio de un tiempo, en el que tus ojos se fueron a otro mundo, otro universo aún más real que este en que estás viviendo; te perdiste en el silencio y... al despertar, el hombre te habló y te dijo que la canción se llamaba Soledad y Esperanza, la canción de tu vida.

miércoles, 27 de abril de 2011

Amor de colegio

¿Lo recuerdas? Tu mirada me dice lo contrario, parece que te olvidaste de todo lo que hizo para que tu dijeras "tal vez" y sus ojos se encendieran como el bombillo tras el impulso que envía la mano al interruptor. Me parece verlo alcanzarte cada libro, cada caja, cada papel... Su vida gira en torno a ti, mientras tu disfrutas que él te cargue la maleta y te haga las tareas. Te sientas y lo ves ahí, tan esmerado por complacerte, esperando el brillo de una cálida mirada, tierna como nunca, que no sale de tus ojos, que sólo lo ven sentado, con una mala postura y un lápiz que va de un lado para otro, escribiendo garabatos que no te interesa entender, total, tu belleza te lleva a donde quieres, sus acciones a donde necesitas. Quizá sea por eso que los veo y siento lástima por él, en realidad es brillante y se desperdicia a tu lado, a tus pies arrodillado cuando le haces un desplante diciendo que lo sientes, que no recuerdas que hubiesen acordado una cita esa tarde, o cuando le llamas en medio de la noche para que te ayude con alguna investigación, alguna consulta. Veo su mirada triste cuando me dice que te olvidaste de su cumpleaños, pero que ya te acordarás y entonces será el mejor día de su vida; su forma de actuar que sigue enredándose con cada paso de esos rojos zapatos tuyos y la jardinera desarreglada con que siempre vas vestida, menos los viernes, en que llevamos la sudadera de color azul y blanco de algodón.

Apuesto a que no recuerdas que fue él quien te defendió, cuando eras abiertamente culpable porque habías dañado la chapa de la puerta del salón, para que nadie entrara y te viera con ese tipejo de once. Dijo que había sido quien rompió la llave dentro y se llevó una suspensión; todo por tu causa, mientras tu reías con tus mechones de cabello rubio oxigenado, abrazada al tipejo de once que decía que te amaba sólo cuando otros estaban, igual, no importaba porque para ti no era más que otro que siempre se reemplazaba. ¡Pero es que ella lo vale loco!, siempre decía, aunque todos nos juntáramos para decirle que no, que no lo vales, que no eras para él, que dejara de ser iluso... Nunca entendió.

Recuerdo que te escribía cartas que nunca te entregó, en ellas siempre escogía una vida diferente para los dos, unos días espías, otros astronautas, otros desempleados. Mencionaba lo mucho que se amarían, la casa en la que vivirían, las tardes de domingo que gastarían en caminar de la mano por el parque, bajo el arrullo del tierno sol de la una de la tarde. Hablaba de los hijos, tus hijos, los que llevarías por nueve meses y que serían la mayor de las alegrías. No se animó nunca a entregártelas, aunque intentamos hacer que lo lograra, para matar de una vez por todas la falsa ilusión. Por entonces ya no lo usabas para tus planes académicos, tu cuerpo se había formado y tus ojos claros atraían las miradas de otros genios, o estudiosos, que lograban mejores resultados para ti. No habiendo nada que los acercara, su mirada fue aún más triste y distante, su vida se desvaneció.

Y ahora que te encuentro, años después, quizá diez, o quince, veo que no me equivoqué la noche aquella en que le dije, con los ánimos exaltados por la absurda obsesión suya por ti, que terminarías mal, que no habría un real futuro tuyo, que tu cuerpo no te llevaría lejos, como siempre pretendiste. Estoy seguro de que él hubiese desistido de esa idea si te viera como hoy te veo a ti, si hubiese esperado un tiempo, quizá seguiría aquí y no hubiese tomado esa bala vieja que estaba en el fondo del cajón en el que escondíamos todo aquello que nos era importante. No hubiese buscado el viejo revólver que su padre y hubiese jugado a la ruleta rusa, mientras dejaba una nota esperando que nunca la leyeras, otra de esas cartas locas que siempre te escribió. Quizá estuviese acá, conmigo, riéndose de tu dolor... Te estoy viendo allí, en medio de la calle, con tu cuerpo consumido, desgastado por el trajín de tu burdo presente, de tu pronto porvenir; tus piernas amoratadas, tus labios excesivamente pintados, tu cabello dañado por el uso de químicos y cosméticos y tu mirada triste, ida, disfrazada por lo obscuro de la noche y el traje de lentejuelas y brillantes que no se acomoda a tu figura natural. Ahí está el fruto de tus acciones, mujer, la vida te pasó la cuenta de cobro por todo aquello que hiciste. Y, sin embargo, puedo apostar que no recuerdas al niño aquel que siempre estuvo tras de ti, esperando una mirada compasiva, para poder vivir.

viernes, 15 de abril de 2011

El último caballero

-Recuerda, el tiempo se te acaba, la vida se va en un abrir y cerrar de ojos. Miras al cielo un día y, de repente, te encuentras en la oscuridad de la noche, solo, con miedo.

Esas fueron sus palabras últimas, luego vino un gran suspiro, sus ojos se abrieron y su vista se perdió, nublada, en el horizonte.

-Aquí se acabó su tiempo, vámonos, no podemos cargar con él.

Fuimos andando, haciendo un camino a cada paso, lentamente, algunos llorando. Allí se quedaba el último de los caballeros.