martes, 12 de febrero de 2013

Poema estancado.

Hoy no estoy para escribir
es uno de esos días en que
las palabras no fluyen, se estancan...
pero...
cuando se estancan
algo pasa
allá, muy adentro
en el fondo de mi estómago
surgen imágenes
surreales
sobre cosas que no pasarán
cosas que ya pasaron
aquellas sobre las que no quiero volver a pensar.

Puede que no esté para escribir
pero siempre estoy para imaginar,
para llenar mil páginas
de falsos recuerdos
de pútridas fantasías
en las que pasamos brindando
por caminos oscuros
con vino barato.
Tú tomándome la mano
arrastrándome a la felicidad,
yo resistiéndome con una sonrisa,
pero dejándome llevar.

Quizás no sea más que un sueño
pero siento que salgo a volar
me libero de la presión
de tener que soportarme
otro momento,
que no necesito nada
nada más que esa maldita sensación
de mariposas en el estómago
y tus ojos mirándome ciegamente
hasta que sienta que vayan a explotar
de tanto mirarme
de calarme tan hondo tus pupilas
que no quede
sino esa parte de mí que eres tú
que es una luz reflejada
sobre tus ojos, pintados de azul.

 Mil palabras sin sentido
convertidas en estrellas,
en amores divididos
por el sexo y la traición,
tradiciones encontradas
en besos muertos,
una canción desesperada
y veinte poemas de amor.
El insomnio de mis noches
reflejado en las páginas
de tus noches de pasión,
en la soledad de un libro
olvidado en los estantes
del sexo de una noche
y una botella de ron.

Hoy no estoy para escritura
que se mueran mis palabras
si hay dos besos tuyos
con lengua y efusión.

jueves, 24 de enero de 2013

El fin de la inspiración

¿Sabes?, en esa época escribíamos impulsados por el temor de que descubrieran lo que significaba aquello que expresaban nuestras palabras, no por dinero o fama, lo hacíamos por ese impulso secreto y atractivo que tiene el misterio, lo prohibido... Nadie debía saber lo que sentíamos y nuestra lucha era por llegar a los que se sintieran como nosotros, pasando desapercibidos. En aquel entonces escribíamos por necesidad, no por placer.

Es una lástima que de repente todo se acabe, ella volvió, tras tanto tiempo en el extranjero y con ella los besos y las caricias, las noches alocadas, los bares caros y los tragos baratos de una barra libre en la mitad de la noche. Las conversaciones perdieron su significado y... bueno, ya no tuve que pensar en escribir, no lo necesitaba. Tristemente fue la época más feliz de mi vida, aunque también la más deprimente: no podía hilar una miserable frase porque vivía a plenitud, pero eso me causaba descontento. A lo sumo hice un par de sonetos que han de estar en algún lugar de su cuarto.

Recuerdo bien que no eran así las cosas cuando se fue. En aquel entonces estábamos aún soñando, jurándonos lealtad eterna y amor romántico, leyendo versos de Goethe y Benedetti; ella era Laura y yo Santomé. No importaba nada, todo era hermoso, hasta la distancia, que se mostraba como una prueba del destino para lo que sería un amor de novela. Nos dolía saber que nos alejábamos. Su mirada triste me conmovía hasta las lágrimas. Pero habríamos de salir avantes y era lo más importante.

Allá iba Laura, la que admiraba mi simple coraje de quererla...

Cada noche, abríamos el chat para contarnos las historias cotidianas y las estúpidas observaciones que teníamos durante el día, jugábamos a armar juegos de palabras con lo que el otro decía y también nos enviábamos fotos de alguna reunión, de alguien nuevo en la familia, de lo que pasaba y de lo que no... siempre jugando a mostrar una sonrisa disfrazada de las palabras más hermosas de nuestros diccionarios... o eso creía...

Cada noche iba a dormir dejándole un poema, una carta, un cuento, un par de palabras que salían de lo más profundo de mi corazón-cerebro para hacerla feliz. Pero la distancia empezaba a matarme, extrañaba sus besos, su mirada brillante, su mano sobre mi cabello. No era lo mismo sentir el viento si no estaba a mi lado.

Intenté comentarlo con mis padres, pero decían que al sentirme así actuaba con egoísmo, que debía dejar que las cosas corrieran por su cauce natural y que lo mejor era que esperara; reprochaban mi actitud, despreciaban mi soledad. Entonces empecé a escribir, no sólo a escribirte, sino a hacerlo para mí, para calmar mi necesidad: para desahogarme y lograr algo de tranquilidad. Para poder dormir sin ti.

Veía que cada cosa que escribía era bella y lo empecé a mostrar. Mis amigos me alentaban a crear más, sentía que las palabras salían como si una voz me las dictara. Aparecían como imágenes, o como susurros en mi oído derecho; mis manos se deslizaban solas por el teclado y era yo el instrumento de alguna divina voluntad, de la que salían cuentos, poesías, escenas o frases ligeramente ingeniosas. De repente no importaba nada más... por eso comencé a mostrarme.

Aunque la seguía extrañando, había hallado alegría en mi soledad. Había hecho de mi tristeza un remedio eficaz, una forma de vida, una artimaña contra la soledad, contra la desdicha de saber que pasaría tiempo antes de volvernos a encontrar. Publicaron algunas de mis cosas en revistas de estudiantes, en periódicos culturales y en un par de publicaciones especializadas, las personas empezaban a reconocerme...

Luego ella volvió. Nos vimos en el aeropuerto. Había tanta gente que apenas vi lo cambiada que estaba: llevaba un peinado nuevo. Tras una semana de silencio me escribió, me invitó a verle. Nos encontramos en un bar. Había cambiado tanto que apenas recordaba cómo era; me costaba pensar que era la misma persona que se había despedido llorando, jurando que jamás me dejaría de amar...

Terminamos, dijo que la relación a distancia había sido un completo fracaso, que había conocido a otros, que quería explorar y explorarse, conocer sus límites, tener nuevas experiencias, pero que jamás me iba a olvidar (claro que no lo dijo con esas palabras, como muchas, ocultó su verdad y dejó lo nuestro diciendo que seguiríamos siendo amigos, que si necesitaba algo no dudara en avisar...). A esto siguió un nuevo período de melancolía, nostalgia  y soledad. Era tal mi tristeza que quería dejar de soñar, dejé de vivir por un tiempo, me alejé de la ciudad y comencé a divagar. Cada noche me sentaba en la escalera de la casa a pensar en lo que había hecho mal y de cada reproche una historia empezaba a estructurar. Así fue como llegué a escribir todos los días, sin parar. Había noches en que pasaba en vela, días en que no comía, en que dejaba de trabajar por exorcizar todo el dolor que sentía. Fueron historias que perdurarán.

Después de un tiempo volvimos, aún no sé cómo y a veces me pregunto el por qué. Evidentemente no fue lo que yo esperaba. Todavía soñaba con esas tardes saliendo a pasear, con las películas en casa y con las cartas bajo la puerta contándonos los sueños. Pero para ella no había más que fiestas, comidas caras y desabridas, y un sexo tan malo que dejaba sin ganas de más. Se notaba que ya no existía un ambiente propicio entre los dos. No hubo más poesía para ella, ni palabras dulces... 

Mi mediocre felicidad fue el desencadenante de la más profunda depresión en que había estado sumido a lo largo de tanto tiempo: dejé de escribir y moría por ello. Luego de volver a terminar, intenté regresar a ese inicio, a tomarla de inspiración para mis personajes, a sacar de mí todo lo peor para hacer lo mejor de mi escritura, pero no funcionó, era como si con ella se hubiese ido todo el deseo o la inspiración. Como si no hubiese algo para contar... Cabe añadir que, tras todo ese tiempo, logré darme a conocer entre algunas personas, sabían lo que escribía y les gustaba; incluso a mis padres les terminó por agradar. Así que tampoco tenía algo para ocultar.

Tras estos acontecimiento mi prosa decayó, empecé a vagar buscando el aroma prohibido de la inspiración; que pensé encontrar en mi miseria y buscándola dejé atrás todo lo que me rodeaba. Pensando en que me veía influido por los autores que leía dejé de leer, creyendo encontrar en la naturaleza las palabras para describir y describirme... grave error.

Después me encontraron, pero estoy seguro de que los busqué y me dejaron acá, en medio de estos jardines con gente que grita y que sabe más de la vida que yo. Trato de aprender de lo que escucho. Lo único malo son tantos antidepresivos y esas pastillas recubiertas de plástico duro y con líquido por dentro, ácido valproico, que por su tamaño se hacen difíciles de tragar...

¿Sabes?, cuando no sufro del dolor en el estómago, o el causado por el estreñimiento, temblor en las manos o una forzada y anestesiada indiferencia frente a todo, completamente racional, trato de volverme a encontrar, quizás así logre escribir, una vez más.

sábado, 19 de enero de 2013

Te vas

Te vas
Te vas y yo me quedo
con un puñado de sentimientos
atorados en la tráquea,
formando un nudo gordiano
que tergiversa mis palabras.

Sigo tus pasos con la mirada
conservo el sabor de tus labios en el alma
y me entrego al sinsabor de la vida cotidiana:
gente paseando perros
preguntas vanas
y una lágrima que se esconde en el silencio,
que yace bajo las sábanas.

Mil dríades inmortales
que hieren con sus espinas,
que taponan y desgarran
lo que resta de mis días.
Un sueño eterno y roto
¡Oh!, sutil melancolía,
nostalgia inmunda
herejía de sentimientos
que, contradictorios, se terminan...
Unos pasos que se alejan
una eternidad vencida.

Te vas
Te vas y... sin remedio
me quedo en el comienzo
de un camino sin andar.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Encuentro


Después de tanto tiempo se habían reencontrado. Al parecer seguían siendo los niños tímidos y orgullosos que se vieron muchos años antes en aquel hermoso y recóndito lugar. Estaba en las afueras de un café del centro de la ciudad, lugar preferido por él para los encuentros; vestía un gabán marrón, zapatos negros, algo desgastados, pantalón negro sin planchar y con el cabello sucio, fumaba un cigarrillo; ella, corriendo para no perder la cita, de jeans, chaqueta de cuero y tenis blancos, algo sucios.

Hacía un sol de cuatro de la tarde, la luna se asomaba por entre las nubes. El cielo, azul, estaba calmo, para perderse mirando hacia arriba. Ella se acercó algo agitada, a duras penas saludó y permaneció en silencio, tomó aire y simplemente se quedó allí, sin decir palabra, mientras él terminaba el cigarrillo. Él, sin saber qué hacer, pensaba en las palabras precisas, aprovechando el lapso de tiempo en el que cae la colilla al suelo y la apaga con el pie. Pasados unos segundos la saludó. Ella devolvió el saludo y, más calmada, le preguntó cómo estaba, a lo cual él respondió que se encontraba bien, para después devolver la pregunta. Bien, respondió. Hubo otro silencio, que fue interrumpido por su invitación a entrar al café.

Una vez adentro tomaron cappuccino, él porque gustaba de la costumbre, ella porque gustaba de su sabor. Hubo otro silencio, él intentaba acercarse a su mirada, mientras ella la bajaba y se ruborizaba. Intentaron mantener algún tipo de conversación, los temas no afloraban, las palabras quedaban como suspendidas en el aire y el viento las llevaba a otro lugar. La conversación se tornaba agonizante, cuando ella preguntó si tenía algo para contar. Él respondió: "hay tantas cosas y tan poco tiempo...". Algo ocurrió, pareciera que en la memoria un fantasma despertara y viajara hasta sus ojos para limpiar el polvo de sus iris y estos empezaran a brillar. En la mente de ella aparecían esos recuerdos de la conversaciones y las cartas que le mandaba, esa forma tan particular para expresarse, tan precisa y anacrónica, esa en la que nunca dejó de pensar. Cuéntame, dijo. Él, sin prisa, pero sin pausa, eligió como inicio algunas de sus anécdotas más recientes, sin escatimar en detalles, refirió todo su recorrido desde la última vez que habían hablado hasta el momento en que notó que ella bajaba la mirada y tornaba el ambiente melancólico y nostálgico de la ciudad en un silencio hermoso, como de campo, cosa que le recordaba, mencionó, el día en que se conocieron, hacía más de media vida.

Sus ojos no paraban de brillar y sus oídos estaban encantados de escucharle, él terminó preguntándole qué había sido de su vida. Ella comentó algunas cosas, algunas historias. Sus palabras parecían insinuaciones sutiles, casi imperceptibles, que él consideraba como fantasías derivadas de la tergiversación de su realidad, de su historia y de esas mariposas que volvía a sentir en su estómago, restaurando la ilusión rota años atrás. Cuando ella terminó y las palabras volvieron a esconderse detrás de los silencios, él le preguntó, de nuevo, cómo estaba.

Ella bajó la mirada, se ruborizó y la alzó un momento, tímidamente, como si fuera una bandera blanca, llena de ese brillo tan propio, que recuerda al ónix. En medio del silencio, él lentamente se acercó, con su índice levantó ese rostro hermoso, que no pudo alejar su mirada, pero que los acercó hasta el fondo de los ojos. Aspiró su aroma, ese perfume tan dulce y suave, sintió su piel de durazno y se perdió en sus labios rojos, tan tiernos, tan cálidos... Mientras la besaba llegó a él una reminiscencia que no le pertenecía. Se veía con traje negro, con jeans y camiseta roja, con abrigos, bufandas, sombreros, gorras, paraguas, con la escena repitiéndose y terminando de la misma forma, un beso largo y tiernamente apasionado.

Después ella lo abrazó y le dijo que lo amaba, más que a ningún otro. Él se perdió en su propia mirada, que se tornó lejana, vacía y también dijo que la amaba. Pero las historias deben terminar de alguna forma y fue con una pregunta como él terminó la suya, "¿En realidad me amas?", dijo agonizante, viendo llegar al hombre con el que, se rumoraba, había estado ella toda su vida, que se acercaba, mientras él caía de rodillas al piso, sintiendo como la vida se escapaba en el olor de almendras amargas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Quimera de un caminante

La mañana es gris:
llovera.

Me sentaré en una
banca del parque
y esperaré,
para ver a la gente
correr desesperada.

Observaré el momento
en que sacan los paraguas
y se arropan la cabeza
para evitar que la lluvia
los vaya a enfermar.

Yo seguiré esperando
sintiendo el golpear del agua
sobre mi ropa
llevándose consigo
mi memoria:
invitándome a soñar.

Y... cuando esté empapada,
empezaré a caminar
acompañado del agua
por las calles vacías
de la gran ciudad.

Veré los autos
con vidrios empañados,
vagabundos buscando
calor de hogar,
niños, saltando
en los charcos,
que me sonreirán,
que se burlarán.

No importa,
me gusta caminar,
estar mojado
al andar;
despertar del mundo
abyecto,
del cruel lugar
del que escapa
la felicidad.

Me gusta ir solo,
acompañado
de la lluvia...
pero está despejando
el cielo.

¡Es hora de trabajar!

viernes, 30 de noviembre de 2012

Agonía de las gotas de lluvia sobre mi ventana

Caen las gotas de agua
sobre la ventana...
las escucho
y quiero tocarlas,
pero está cerrada
y afuera... el frío
tal vez me mate:
no tengo abrigo.

¿Sentirán frío?
¿O será miedo?
porque las oigo
arrastrarse
y escucho su quejido.

Quiero tocarlas,
sentirlas, amarlas
pero son inalcanzables
y se acaban,
se acaban
se acaban...

Seguro tendrán miedo
y sus manos temblarán
o... ¿por qué vendrían
a esta realidad?

Aquí no hay nada,
es un pésimo lugar.

Pobres, pobres gotas
escapando hacia acá,
al mundo
de miseria y catástrofe
¡Destino fatal!
¡Nunca vivirán!

Nacieron muertas,
consumidas
por la idea de gustar,
por querer encajar.

Se aferran a la ventana
sin quererse resbalar...
y las veo, las siento
son mías, mi pensamiento.

Pero están podridas
como este lugar,
como mis sueños

sábado, 24 de noviembre de 2012

Al río

¿Por qué
te gusta tanto el río?

Porque el río
escribe cuentos,
porque el agua
trae historias
que hay que saber
escuchar.

Y... ¿cómo
se aprende
a escuchar?

No es sencillo,
debo precisar,
siempre...
se debe esperar,
tener paciencia,
respirar...
eso lleva tiempo...

También,
hay que buscar un lugar
en el cual
pasar el tiempo
y disfrutar
del sonido de las aguas
golpeando las rocas
al pasar.

Mientras,
puedes jugar:
lanzar algunas piedras,
mirar al cielo...
dejarte llevar.

¿Y luego?

Después
viene lo sencillo:
te cambias,
caminas con sigilo,
pides permiso para entrar
(nunca te lo negarán)
Y te adentras
apoyándote en las rocas;
sientes la corriente,
puedes dejarte arrastrar,
pero no muy lejos
o te extraviarás.

Ya estando en el agua,
empiezas a evocar
todos los momentos
que le quieras contar:
versos, poemas, canciones,
también recuerdos,
preocupaciones, presentimientos;
se los das
para que
el agua del río
se los regale al mar.

¿Por qué me gusta tanto el río?, preguntas

Porque...
en sus aguas
mis pensamientos
vuelven
a la libertad